El Día Mundial del Sexo se festeja el 6 de septiembre, en alusión al sexo oral y a la pose denominada 69. No obstante, es una buena oportunidad para aclarar que el sexo está incluido en una experiencia mayor y más completa, que es la sexualidad.
Las poses sexuales y las demás prácticas se ven influidas por patrones sociales y culturales y no son meros modelos determinados por el acople y la biología. Los seres humanos somos sujetos que deseamos y contamos con capacidades emocionales para convertir el sexo en una experiencia más completa, con impacto en el área emocional.
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El mandato del rendimiento y la presión por complacer
Aun así, y con los cambios actuales que atraviesan los cuerpos y sus subjetividades, siguen imperando modelos de relación que responden a patrones de rendimiento y éxito. Cuesta considerar que el valor del encuentro y el disfrute está muy por encima de la genitalidad y de conseguir el orgasmo como objetivo.
Al hacer un balance de lo que viene ocurriendo en estos tiempos, podría decir que los cambios positivos responden a una mayor información sobre sexualidad y a una comunicación más abierta entre padres e hijos, entre los jóvenes y en las parejas.
La heterosexualidad se abre a nuevas prácticas que cuestionan la monogamia como condición imperante. Las mujeres defienden la autonomía y el derecho a decidir sobre sus cuerpos. Los colectivos LGTBIQ+ visibilizan sus diferentes modos de vivir y sentir la sexualidad. Las mujeres deciden congelar óvulos a la espera de un mejor momento para concretar la maternidad, y las parejas regulan la cantidad de hijos que desean tener, entre otras cuestiones.
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Sin embargo, todavía existe resistencia a los cambios, con intentos de sostener un modelo de sexualidad que solo favorece la represión, limita la comunicación e incentiva el rechazo a las diferencias.
La represión del deseo no es gratuita, como tampoco lo es sostener un modelo de corrección ante los ojos de los demás. Lo reprimido se convierte en síntoma. Basta ver el aumento de conflictos vinculares que aún persisten después de una separación, con resentimiento y diferentes formas de violencia; la confusión de los jóvenes frente a la hipersexualización en las redes sociales, que incita a adquirir rápidamente más habilidades de conquista, cuando en realidad este es un proceso que requiere tiempo y autoconocimiento.
El aumento de los problemas sexuales y las disfunciones sexuales, bajo la premisa de “Hay que complacer”, “hay que cumplir” o “tengo que ser atractivo”, indica que el modelo de rendimiento todavía está muy presente.
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El afuera actual incita y presiona para seguir sus propuestas de moda, con la idea de que hay que estar a la altura de lo que se muestra, dotadas de exigencias sobre el cuerpo y el rendimiento sexual. La construcción del mundo propio se ve dominada por pautas externas amplificadas por las redes y la IA. El aumento de los problemas en la conquista es una de las consecuencias, y el denominador común es la mentira, la falta de compromiso y la generación de una ilusión de continuidad del vínculo cuando ya se sabe que no será así.
El ghosting —comprometerse con el otro para luego desaparecer—, el orbiting —“orbitar” en la vida del otro para saber cómo sigue—, el breadcrumbing —“migajear” o “tirar migajas”, al demostrar un interés que nunca se consuma en una relación— y los incels, o “célibes involuntarios” —jóvenes que no se sienten atractivos y creen que las mujeres eligen otro tipo de hombres—, son algunas de esas expresiones, entre muchas otras.
Nuevas formas de vincularse y malestares contemporáneos
Los problemas sexuales más frecuentes aparecen por:
- 1) Información errónea, mitos, ignorancia, ideas rígidas, con respecto a la interacción sexual y social.
- 2) Culpa y ansiedad inconscientes relacionadas con el sexo.
- 3) Ansiedad o apuro por consumar el acto.
- 4) Escaso registro del cuerpo y las sensaciones que provienen de él.
- 5) Falta de comunicación en la pareja acerca de sus deseos, preferencias, fantasías, emociones.
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