La comediante boliviana Nata Calpurnia habla desde una verdulería porteña. Detrás suyo, cajones de verdura. En la mano, nada. Solo el micrófono invisible del stand up filmado con el teléfono.
“Soy Nata, su verdulera boliviana. A mí no me van a contar sobre racismo porque estuve en ambos países. ¿Y saben qué? En ambos me decían peruana.”
El video llegó a más de 100.000 likes en Instagram. La humorista resumió en dos minutos lo que el debate post Mundial llevaba días sin poder articular.
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La boliviana que aprendió a defenderse con humor
Nata Calpurnia mide 1,78 metro. En el colegio, eso era un problema. También sus rasgos, que sus compañeros describían como masculinos. El bullying fue el primer escenario donde aprendió que el humor podía ser un escudo.
“Yo siempre usé el humor para defenderme de las ofensas”, le dijo a Infobae en diálogo telefónico.
Nació y estudió en La Paz, en el barrio de los mercados, una zona que de noche se volvía peligrosa. Se recibió de abogada, ejerció la profesión, pero siempre gravitó hacia lo artístico. Tomó cursos de actuación. Hasta que encontró el stand up y se enamoró.
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El primer chiste que recuerda haber hecho en un escenario paceño fue sobre su padre, que la había abandonado.
El chiste sobre Milei que llegó primero
Antes del video de la verdulería, hubo otro. Uno que también circuló, aunque con menos alcance.
“Primero se viralizó un chiste que hice sobre Javier Milei. Dije que yo apoyaba al presidente argentino porque ahora las políticas laborales de Bolivia ya no eran las peores del continente.”
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Calpurnia no llegó a Buenos Aires como turista. Llegó como comediante, a subirse a escenarios de lunes a domingos, todos los días, durante un mes. Y lo que encontró la sorprendió. “La verdad está muy extendido el stand up. Si funcionás te dejan subir de nuevo al escenario y no te preguntan si sos boliviana o argentina.”
En Bolivia, dice, el arte es un privilegio. No está tan extendido. Buenos Aires le mostró otra escala. Espectáculos todas las noches, bares llenos, pizzerías con gente hasta tarde, una vida cultural que no se detiene ni en medio de la crisis económica. “Pese a la crisis, la gente apuesta a la cultura”, observó.
Su estadía porteña fue, en sus palabras, “el momento más feliz de este año”.
El chiste que no era solo un chiste
El contexto del video de la comediante boliviana se insertó en un debate global en redes. Argentina acababa de perder la final del Mundial 2026 ante España 1 a 0 en tiempo suplementario, con gol de Ferran Torres en el minuto 106. Antes del pitazo final, el actor Samuel L. Jackson ya había reposteado en su historia de Instagram un mensaje de la SEC Black Alumni Network que comparaba a cualquier persona negra que apoyara a la selección con Stephen, el personaje servil de Django Unchained, y calificaba a Argentina como “uno de los países más racistas del mundo, si no el más racista”.
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Fue entonces cuando apareció Nata Calpurnia, parada frente a los cajones de verdura, con el tono exacto que el momento pedía.
“La gente como yo tiene que escoger qué tipo de racismo quiere”
La frase más dura del video no es un insulto. Es una descripción.
“La gente como yo tiene que escoger qué tipo de racismo quiere. Yo escojo el argentino porque somos bolitas, pero somos sus bolitas.”
El dato que dispara la reflexión es casi cómico en su precisión. En Bolivia y en Argentina, a ella le decían peruana. “Todo bien con los peruanos, pero basta de decir que todos los morenos somos de Puno. Saludos a mi tía Juanita de Arequipa”, ironiza Nata.
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En Buenos Aires, el material que llevó a los escenarios fue exactamente ese: “Hice chistes sobre los bolivianos en Buenos Aires. Desde el clásico de quién atiende la verdulería, o ‘vengo de Liniers, algo que ustedes no conocen’.” La verdulería del video no es una metáfora decorativa. Es el lugar donde la comunidad boliviana en Argentina existe y trabaja.
Sobre la discriminación que vivió en carne propia durante su mes porteño, Calpurnia es medida: “Casi no tuve problemas en Buenos Aires. Solo en dos tiendas no me atendieron, no sé si por mi aspecto o bueno, porque eran malas vendedoras.”
Lo que el tango, el mate y el Diego tienen en común
El núcleo argumental del video es la demostración de que la Argentina que existe es inseparable de las comunidades que discriminó y discrimina.
“¿Qué sería del tango sin influencia negra? ¿Qué sería del mate sin sus raíces guaraníes? ¿Qué sería de la cumbia de los trapos sin el mestizaje marginal? ¿Qué sería del Diego, eterno cabecita negra?”
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La identidad argentina se construyó sobre aportes que la narrativa oficial tendió a invisibilizar. La historiadora Magdalena Candioti, autora de Una historia de la emancipación negra: esclavitud y abolición en la Argentina, lo confirmó en Infobae en vivo. “Tenemos decenas de periódicos negros en Buenos Aires en el siglo XX y no lo conocemos.”
Calpurnia llega al mismo lugar que la historiadora por un camino completamente distinto. Una lo hace con archivo. La otra, con preguntas desde una verdulería.
La historia que el relato oficial borró
Lo que Candioti aportó al debate es lo que faltaba en la mayoría de las reacciones argentinas.
Aunque ingresaron menos personas esclavizadas a Argentina que a Brasil o Estados Unidos, su presencia fue central en la vida cotidiana del virreinato y la República temprana. “No hubo esclavitud de plantación, pero la presencia fue central en casas, espacios rurales y urbanos”, explicó la historiadora. Los varones afrodescendientes estuvieron sobrerrepresentados en los batallones que pelearon en las guerras de independencia y en los conflictos civiles del siglo XIX, lo que agravó la fragmentación familiar y redujo drásticamente la población afrodescendiente visible en los registros posteriores.
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El resultado, décadas más tarde, es una paradoja. Muchos argentinos pueden ser afrodescendientes sin saberlo. En el último censo, cerca de 300.000 personas se identificaron como tales, aunque no todas presentan rasgos fenotípicos visibles. La mezcla y la invisibilización operaron en simultáneo durante generaciones.
La abolición formal de la esclavitud llegó en 1853, antes que en Brasil y que en Estados Unidos. Pero Candioti advierte que ese dato, usado frecuentemente como argumento defensivo, no cierra el debate. “La visibilidad negra está ligada a la segregación legal y a los obstáculos para la manumisión”, señaló. La discriminación no desapareció con la abolición. Cambió de forma.
La Constitución como política racial
El argumento más incómodo de Candioti apunta a un documento fundacional. La Constitución de 1853 promovió activamente la inmigración europea con el objetivo explícito de “civilizar” el país. Esa política profundizó la marginación de afrodescendientes, pueblos originarios y otras minorías al construir un modelo de nación que los excluía por diseño.
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La narrativa que Argentina construyó sobre sí misma de una sociedad abierta, plural, hecha de inmigrantes es real. Y convive con esos procesos de exclusión que la historia oficial tendió a ignorar. Candioti lo resume con una imagen concreta. “Personas cosificadas, comercializadas, vendidas como cosas.” Eso ocurrió acá. Y dejó marcas en la estructura social que no se borraron con un decreto.
España en el banquillo
Calpurnia no deja a España fuera del análisis. Y ahí el video da un giro que explica, en parte, por qué circuló tan rápido.
“Yo no sé si España puede decir lo mismo. Al menos no mientras sigan pidiendo visa a los países que colonizaron.”
Luego viene el remate sobre la celebración española. “Ustedes se emocionan más en la procesión de una virgen que en la Copa Mundial”. Pero la frase de la visa ya quedó flotando.
La comparación entre el racismo argentino y el de otros países fue uno de los movimientos más frecuentes en el debate post Mundial. Candioti advirtió que esas comparaciones pueden llevar a conclusiones erróneas, no porque el racismo argentino sea necesariamente peor, sino porque comparar para relativizar es una forma de no responder la pregunta.
“Sí, la Argentina discrimina, pero también abraza a sus morenos”, dice Calpurnia en el video. La frase no es una absolución. Es una descripción de la contradicción. Y es exactamente lo que Candioti documenta desde la historia. Una sociedad que construyó su identidad sobre aportes que luego invisibilizó, que abolió la esclavitud antes que sus vecinos y siguió discriminando de otras formas, que tiene 300.000 afrodescendientes registrados en el último censo y décadas de periódicos negros que casi nadie conoce.
Hacer reír, dice Calpurnia, la hace muy feliz. Buenos Aires, con sus escenarios abiertos todos los días de la semana, con su público que llena bares y pizzerías incluso en medio de la crisis, le dio esa felicidad durante un mes entero.