La célebre frase que encabeza esta nota es un dicho muy popular que resume el orgullo nacional y la capacidad del país para integrar y abrazar a personas de todo el mundo. Es un intento para graficar que la identidad argentina no se limita al lugar de nacimiento, sino al amor por la cultura, la pasión y la forma de vivir el día a día. Pero conocer a alguien que reúne pasión y costumbres de un lugar que visitó varias veces, pero que no es su cuna, mientras te convida un mate, escuchando a La Mona Giménez o Sergio Denis y viviendo el fútbol con locura, te hace sentir que esas cinco palabras se quedan cortas para explicar una pasión.
Se trata de Isamu Kato. Nació en Yokohama, una ciudad portuaria al sur de Tokio. A los dos años, su familia se mudó a Kobe, otro puerto abierto al mundo, célebre por su carne y su historia de reconstrucción.
Creció entre trenes, templos y la rutina japonesa, hasta que a los diecisiete años se mudó a Tokio para estudiar. Tokio era el horizonte de los jóvenes que buscaban algo más: una ciudad de millones, ruido y oportunidades.
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Allí, en 2003, su vida giró de manera inesperada. La Copa Intercontinental puso en su camino una camiseta azul y amarilla: la de Boca Juniors. El flechazo fue inmediato.
Boca encendió en ese adolescente una pasión que ya no se apagaría más pero no solo por el fútbol; fue una revelación sobre su forma de vida en un país que no lo vio nacer pero que él mismo adoptó como propio. Buscó videos, aprendió nombres y canciones, se hizo de amigos e hizo propias costumbres argentinas.
El primer viaje a la Argentina llegó pronto. Quiso ver de cerca esa locura de tribunas, el color y el estruendo de la Bombonera.
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Después de ese primer desembarco, no hubo marcha atrás. Isamu se volvió un visitante serial: catorce viajes en total, cada uno más intenso que el anterior.
En uno de esos viajes, alentó a Los Murciélagos, la selección argentina de fútbol para ciegos, y ganaron. “Les di suerte, me adoran”, cuenta con emoción.
En cada visita, sumó costumbres y sabores. Descubrió la manera de cebar mate, la diferencia entre folklore, rock nacional y cumbia, y las discusiones sobre fútbol que se extienden hasta que abandonás el local. “Un loco no quiso comer mis empanadas porque soy de Boca”, recuerda. No aclara que en la puerta del local tiene colgada una gallina de plástico con la B escrita con marcador negro. Maneja muy bien la ironía todo el tiempo.
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La primera invención: el “Isamito”
Isamu quería unir sus dos mundos. Su primer emprendimiento fue el Isamito, una golosina japonesa inspirada en el reconocido alfajor Jorgito, uno de los emblemas de la repostería argentina.
Pero “Isamito” no era solo una copia: era una fusión, una reinterpretación del sabor argentino con un toque nipón. La pasión lo llevó a contactar a los creadores del alfajor original.
En octubre de 2022, viajó una vez más a Buenos Aires y se presentó en las oficinas de la histórica marca. Fue recibido con entusiasmo: “La gente de Jorgito estaba muy contenta con nuestra idea y con nuestro producto”, relató feliz.
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Hace dos años, Isamu se mudó a Kioto, la antigua capital imperial de Japón, a 400 kilómetros de Tokio. Allí decidió apostar por una vida distinta: hace un año abrió un pequeño local donde produce, cocina y vende empanadas argentinas.
El local se llama Muchachos, en homenaje a la canción que acompañó a la selección nacional de fútbol en su último título mundial. El nombre es un guiño que los argentinos reconocen al instante. Pero no es fácil llegar ni queda de paso. Solo se lo conoce por redes sociales (@isamilanga) o de boca en boca. “¿Quién te contó de este lugar?“, indaga. ”Una amiga", le explico. “Ah si, así se llega acá”, remata sin mucho más.
En Japón no venden las tapas para hacer las empanadas, así que amasa todo a mano. Se las ingenia para conseguir condimentos en cada uno de sus viajes a la Argentina. Lleva la cuenta exacta: catorce viajes y una valija dedicada solo a especias, yerba y alfajores.
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En su local la bebida cola con Fernet es la estrella, junto con la cerveza de etiqueta celeste y blanca. “Argentina me cambió la vida”, repite sin cansarse.
A Isamu se lo encuentra atendiendo con la camiseta de la selección argentina bien puesta, el termo de mate al lado —siempre con la típica yerba de paquete amarillo y el mate bien cebado, sin mojar toda la yerba— y una sonrisa cuando alguien pide alfajores marplatenses porque al abrir la caja en verdad hay dulces japoneses: “Es una trampa, se me terminaron”, dice mientras se ríe a carcajadas.
Atiende todos los días de 13 a 20 menos los lunes: “Cuando no estoy acá estoy haciendo algún asado por ahí”, cuenta.
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- ¿De dónde son?
- De Palermo
- Ah, son chetos...
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- ¿Siempre tomás mate?
- Sí, pero no soy un cabeza de termo.
El diálogo con Isamu suele comenzar frío, quizás por la barrera idiomática. Pero basta la tercera pregunta para descubrir que conoce cada una de las expresiones porteñas.
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“No hablo español, hablo en argento”, dice con orgullo. No titubea al usar las jergas, los diminutivos y las bromas locales. Entiende y disfruta los códigos, las ironías y los dobles sentidos.
En el local suenan canciones de La Mona Giménez y Sergio Denis. El fútbol se vive como en cualquier bar de Buenos Aires: emoción, gritos y la pregunta que nunca falta. “¿Van a ir al mundial?”, lanza entusiasmado, aunque agrega enseguida: “Yo no puedo porque es muy caro”.