Natalia Litvinova nació hace 40 años en un territorio atravesado por una tragedia invisible. Su llegada al mundo no fue solamente un hecho íntimo y familiar, sino también histórico: nació en Bielorrusia, cinco meses después del desastre nuclear de Chernóbyl, en un país que había quedado marcado no solo por la radiación, sino también por el silencio y la desinformación.
“No había noticias de lo ocurrido. Encendías la radio y todo era normal”, recordó Natalia, en diálogo con Infobae, sobre el primer gran engaño soviético, que intentó negar las terribles consecuencias del peor accidente nuclear de la historia en tiempos de paz, ocurrido el 26 de abril de 1986.
Esa madrugada, el Reactor 4 de la Central Nuclear de Chernobyl estalló tras una prueba de seguridad mal ejecutada. Lo que siguió no fue sólo la liberación de una cantidad de radiación equivalente a unas 400 bombas como la de Hiroshima, fue también el comienzo de una cadena de mentiras y sufrimientos que marcaron a generaciones enteras, entre las que se encuentran Natalia y su familia.
“Antes de que la explosión se volviera un hecho reconocido, hubo algunas señales y los campesinos lo sintieron primero”, señaló Natalia, al recordar las conversaciones que mantuvo con su madre. “Las abejas se habían esfumado y los gatos habían desaparecido de las casas. La naturaleza estaba inquieta”, agregó.
A esa alteración de la fauna se sumaron fenómenos ópticos perturbadores, como la aparición de una nube violeta, que algunos confundieron con un fenómeno astronómico, y atardeceres de un naranja y rojo sobrenatural. “Mi tía pensó que se trataba de una aurora boreal y salió de su casa, vivía a unas pocas cuadras de la central nuclear, a mirar el cielo”, contó Natalia.
Y fue esa misma tía la que, meses después, dio a luz un bebé con una malformación genética grave. “Nadie le dijo que fue por la radiación. Le hicieron creer que su hijo nació con el cráneo abierto porque tuvo mala suerte”, se lamentó.
A pesar de que su madre transitó los últimos meses de embarazo con un presentimiento constante de que algo andaba mal, “fue parte de esa manada” que confió en lo que decía el Estado. “Mi mamá transitó su embarazo con normalidad, pero nadie podía decirle si yo iba a nacer bien”, explicó Natalia. “No existía la posibilidad de que fuera a un hospital a preguntar: ‘¿Estoy contaminada?’”, añadió.
Su nacimiento, tal como ella misma lo reconstruyó, estuvo rodeado de precariedad y violencia institucional. Su madre, considerada “vieja” para parir dentro de los parámetros de la entonces Unión Soviética, fue sometida a una cesárea, en un contexto donde su cuerpo ya estaba debilitado por la falta de nutrientes y por la contaminación ambiental que atravesaba la región.
Una infancia marcada por el miedo y la incertidumbre
La infancia de Natalia transcurrió en Gomel, a unos 130 kilómetros de Chernobyl, bajo una estructura de precauciones extremas: “Mi mamá se preocupaba por nuestra salud. Tenía un hermano mayor y su plan era engordarnos para que tuviéramos una reserva de grasa. Temía que las cosas empeoraran en el país y que no hubiera comida suficiente. Nos hacía tomar vitaminas y nos prohibía tomar sol. Yo era blanca como una hoja”, recordó Natalia.
En aquella época, los adultos hablaban en voz baja sobre lo ocurrido en Chernóbyl, y cuando los niños aparecían, las conversaciones se interrumpían. “Esa falta de información se llenaba con rumores y creencias, y en la escuela los niños se burlaban entre ellos diciendo que eran ‘radiactivos’ y que algún día brillarían en la oscuridad”, contó.
“Un día, un chico llevó una manzana enorme al colegio y dijo que era radiactiva”, contó Natalia. “Yo pregunté qué significaba eso y me dijeron: ‘Hay animales con dos cabezas, cosas raras’. La imaginación infantil era la que llenaba los vacíos de información. Nos daba miedo, pero también curiosidad. Muchos querían probar la manzana para ver qué pasaba”, precisó Natalia sobre lo lúdico que había en ese peligro incomprensible.
En algunas escuelas, por ejemplo, se intentaron implementar controles. “Había como una especie de sillones que medían la radiación en el cuerpo. Pero eran muy pocos”, explicó. Y aun cuando detectaban niveles altos en los niños, las recomendaciones eran impracticables. “Las maestras decían: ‘No comas lo que viene del campo’. Pero todo venía del campo. ¿Qué íbamos a comer?”, planteó.
De hecho, sus abuelos maternos y paternos eran campesinos, trabajaban la tierra y vendían frutas y verduras. “Era su única manera de vivir, con la cosecha se ganaban su sustento”, señaló Natalia. “¿Cómo iban a dejar de hacerlo? Tenían ochenta años, eran veteranos de guerra. Nadie les daba otra opción. La radiación estaba en la tierra, pero dejar de cultivar implicaba dejar de existir”, reflexionó sobre la contradicción que los rodeaba.
“Mi abuela decía: ‘A mí no me mató la guerra. Mirá si me va a matar esto que no se ve’. La invisibilidad de la radiación la hacía menos real”, se lamentó. Pero hubo un momento en que ese fantasma se hizo visible y así fue como lo recordó Natalia: “Una tarde estaba con mi mamá en la plaza y el cielo se puso muy naranja. Hermoso, pero demasiado”, relató. “Empezó a llover y las mamás corrieron, nos abrazaron y nos metieron debajo de los techos. Ese abrazo no era habitual, Yo pensé: ‘¿Por qué me está abrazando así?’. Y después entendí que no era cariño. Era miedo a que fuera lluvia radiactiva”, describió.
Emigrar, una cuestión de vida o muerte
Ese momento marcó un antes y un después en la vida de su familia. Y fue su madre la que tomó una decisión radical. “No podemos seguir viviendo acá. No pueden crecer en este lugar”, les dijo. “La migración fue una respuesta al miedo y a la falta de respuestas oficiales”, explicó Natalia.
Sin embargo, ese deseo no fue del todo compartido por su padre. “Él no quería. Tenía a sus padres vivos, y le encantaba hacer vida de campo junto a ellos los fines de semana. Para él, eso era todo su mundo”, contó.
Pero su madre desoyó esos motivos e insistió. “Nos dijo: ‘En cuatro meses nos vamos’. Y no sabíamos ni adónde”, recordó Natalia, quien admitió que el destino fue tan inesperado como el viaje.
“Cuando habló de irnos a la Argentina no teníamos idea qué era eso ni dónde quedaba”, admitió Natalia, que para esa época tenía 10 años. La sorpresa mayor llegó cuando su mamá les dio las razones de instalarse en ese destino. Todo parecía como salido de un libro de ciencia ficción.
“Jugó al juego del plato con unas amigas (hoy se lo conoce como juego Ouija) y preguntó: ‘¿Dónde tenemos que irnos?’ Y salió ‘Argentina’”, relató. A partir de ahí, todo se puso en marcha.
“Fue a una biblioteca e investigó. Luego viajó a Moscú para asesorarse en la Embajada de Argentina. Le dijeron que era un país cálido, fácil para entrar. Y decidió que ese era el lugar. Vendimos todo y nos fuimos para Sudamérica”, recordó sobre su llegada al país en 1996.
El exilio en Buenos Aires
La llegada a Buenos Aires, lejos de cualquier idea de salvación, fue un nuevo comienzo atravesado por la precariedad y el desconcierto. Para Natalia, ese momento no estuvo marcado por la promesa de una vida mejor, sino por la pérdida de todo lo conocido: “No entendíamos idioma, no teníamos plata. Nos habían estafado unos rusos en quienes confiamos para que nos ayudaran a buscar un lugar donde vivir”, recordó sobre ese brusco aterrizaje en el centro porteño.
El contraste con la vida anterior era radical. En Bielorrusia, sus padres habían sido ingenieros; en Argentina, debieron reinventarse desde cero. “Mi papá trabajaba de masajista. Mi mamá, de peluquera”, contó. Esa transformación no sólo implicó un cambio laboral, sino también una pérdida de identidad, de reconocimiento social, de pertenencia.
La adaptación fue especialmente difícil para su padre. Mientras el resto de la familia intentaba echar raíces, él permanecía en un estado de depresión constante. “Siempre pensaba que íbamos a volver. No lograba asentarse”, explicó Natalia.
Esa imposibilidad de habitar el presente, de aceptar el desarraigo, fue profundizando una tensión interna que con el tiempo se volvió insostenible. Frente a esa situación, la familia tomó una decisión dolorosa pero necesaria: que regresara a Bielorrusia.
“Necesitaba a sus padres”, dijo Natalia. Dos años después murió allá. La noticia llegó de la forma más distante posible: “Nos enteramos por carta”, recordó. Ella tenía entonces 15 años.
La adolescencia de Natalia no solo estuvo atravesada por la distancia sino también por el duelo profundo. En ese contexto, la necesidad de comprender todo lo ocurrido en su infancia empezó a tomar forma.
A los 18 años, cuando tuvo acceso a Internet por primera vez, decidió buscar respuestas. “Busqué qué había pasado en Chernobyl”, confesó, refiriéndose al desastre nuclear que había marcado su nacimiento.
Lo que encontró no solo la impactó, sino que también reforzó una sensación que arrastraba desde niña: la de haber crecido entre versiones incompletas. “Todos los documentales eran extranjeros. No había nada de nuestro lado”, reflexionó sobre su sospecha de que algo había sido deliberadamente ocultado.
Las imágenes y testimonios que descubrió abrieron una nueva dimensión del miedo. “Vi historias de chicos enfermos, de problemas en el corazón. Y pensé que yo podía tener eso”, admitió. Durante un tiempo, ese temor se volvió físico: “Me dolía el pecho. Fui al médico y me dijeron que era estrés”. La información no trajo alivio, sino una nueva herida: la de enfrentarse de golpe a una verdad que había sido postergada.
Escribir su propia historia
Con el paso del tiempo, Natalia encontró en la escritura una forma de procesar ese impacto. “Tenía recuerdos como fotografías. Necesitaba hacer algo con eso”, explicó. Su trabajo no se basó únicamente en la memoria personal, sino también en los relatos de su madre y en testimonios dispersos que fue reuniendo.
Sin embargo, su objetivo no era reconstruir un archivo histórico en términos estrictos. “Quería que fuera algo humano, sensible. No un informe”, afirmó. Porque, más allá de la catástrofe, lo que atraviesa su historia es el silencio que la rodeó.
Cuando volvió a Bielorrusia, en 2017, intentó hablar sobre el tema, pero se encontró con una resistencia generalizada. “Intenté conversar, pero nadie quería”, contó. La sensación era la de un cierre definitivo, como si el desastre hubiera sido encapsulado en el tiempo. “Es como un sarcófago. Se cerró y listo”, dijo sorprendida.
Frente a ese cierre, su escritura apareció como un gesto opuesto y se puso a estudiar Comunicación Social. “Me obsesioné con Chernobyl porque es casi mi nacimiento”, insistió. Y así fue como empezó a gestar lo que sería Luciérnaga, el libro que ganó el Premio Lumen en 2024. Eligió ese nombre porque “luciérnagas les decían a los radiactivos”.
La investigación para su obra fue extensa, pero también conflictiva. “No quería reproducir esa información y centrarme en hacer un documental. Preferí narrar la experiencia humana, las reacciones, los miedos cotidianos que teníamos”, afirmó.
Escribir su historia fue, también, una forma de liberar tensiones. “Fue como una descarga eléctrica”, admitió ya que durante años convivió con esos recuerdos y esas imágenes fragmentadas. La escritura le permitió organizarlos, darles sentido y construir una narrativa.
“Escribí este libro gracias a los relatos de mi madre, fundamentalmente. Ella era una verdadera poeta y me transmitió muchos detalles”, aseguró Natalia. En ese sentido, su obra no es solo autobiográfica, sino también un gesto de restitución. Un intento de devolverle a su madre —y a toda una generación— una voz, una historia, una dignidad. “Luciérnaga es un humilde regalo para ella”, concluyó.