Fernando Cwilich Gil (49) no recuerda la fecha exacta. Solo que era enero de 2011 y el vuelo que había tomado en Río de Janeiro ya estaba por aterrizar en Nueva York. Primero escuchó gritos. Después vio pasar la espalda de “un grandote” que corría hacia la cabina del piloto.
Un auxiliar de vuelo había intentado frenarlo interponiendo el carrito de bebidas, pero no pudo. El hombre estaba desencajado. Fernando miró a su amigo Ramiro Silos y avanzó: “Le metí un tacle y me tiré encima”, recuerda.
El impacto los hizo caer al piso. Hubo un forcejeo y el grandote le mordió el brazo. Gritaba muy fuerte y tenía sangre en la cabeza. Cuando lograron reducirlo, varios pasajeros quisieron golpearlo. “Después nos enteramos de que era un veterano de Vietnam”, cuenta.
Una década antes, a pocas cuadras de su casa en Manhattan, Fernando presenció el atentado contra las Torres Gemelas. “A partir de ahí empecé a tener unas pesadillas muy locas de que se caían aviones, pero igual seguí viajando”, asegura.
Entre dos ciudades
Fernando nació en Buenos Aires, pero creció en Nueva York. Hijo de militantes, su familia se exilió cuando él tenía 5 años. “Primero viajó mi papá; después mi mamá con mi hermano y conmigo. Fue en el ’82, justo antes de que volviera la democracia. No sabíamos, pero se dio así”, dice.
A pesar de haberse criado en el exterior, su vínculo con el país jamás se cortó. “Siempre fui y volví de Argentina”, cuenta.
En 2001, en una de sus vueltas, fundó una ONG llamada Proyectarte con la idea de formar y apoyar a jóvenes artistas de bajos recursos. El arte no era nuevo en su vida. De chico había accedido a una beca en el Art Students League, aunque durante años convivió con otra actividad: se graduó como periodista en la Universidad de Nueva York (NYU) y trabajó como editor de la revista Black Book, donde escribía sobre vida nocturna. “Mi laburo era salir. Me invitaban a todos lados. Hacía un poco medios y un poco arte. Para mí eran complementarios”, suma.
Con el tiempo, Fernando se convirtió en “gestor, curador y galerista”: organizaba eventos y muestras en museos de todo el mundo. El viaje relámpago que hizo a Río de Janeiro, a principios de 2011, tenía ese objetivo. Fue a reunirse con un coleccionista brasileño y con el director de la escuela de samba Grande Río para mostrar el trabajo de Proyectarte. Todo en compañía de su amigo que, en ese momento, era su representante.
Llegaron por la mañana, fueron a la playa, tuvieron las reuniones y, esa misma noche, tomaron el vuelo de regreso a Nueva York.
El día que se convirtió en “héroe”
A diferencia de “Chiquito” Romero en el Mundial 2014, a Fernando Cwilich Gil nadie le anticipó que se iba a convertir en un héroe. Así lo bautizaron después, cuando el vuelo de American Airlines aterrizó en el aeropuerto John F. Kennedy y la noticia trascendió a la prensa.
Aquel día, él y Ramiro iban sentados en business, en la parte delantera del avión. Primero escucharon gritos y, segundos después, vieron pasar a un hombre —luego identificado como Michael Isabelle— corriendo por el pasillo hacia la cabina del piloto. Inquietos, se buscaron con la mirada: Fernando esperaba que alguien interviniera.
Acostumbrado a los controles migratorios cada vez que entraba a Estados Unidos, pensó que en un vuelo internacional debía haber agentes encubiertos listos para actuar. Pero nadie se levantó. “Después del 11-S se habían reforzado las medidas de seguridad y yo esperaba que aparecieran los Air Marshals. Mi miedo era que empezaran a los tiros y después nos culparan a nosotros, que no éramos gringos”, dice.
Fernando se le tiró encima a Isabelle y lo inmovilizó como pudo. Ramiro en tanto le sujetaba las piernas. En medio del forcejeo las azafatas les alcanzaron unos precintos plásticos para atarle las manos. “Ramiro se los puso y el tipo los rompió. Tenía mucha fuerza”, recuerda. Tuvieron que usar varios hasta que lograron reducirlo. Finalmente lo arrastraron hasta un asiento detrás de ellos y lo sujetaron con cinturones de seguridad. “El hombre gritaba y tenía sangre en la cabeza”, dice.
Pero la tensión no terminó ahí: “Cuando quedó inmovilizado, muchos pasajeros que no habían hecho nada más que observar vinieron a hacerse los guapos y a tratar de golpearlo. A mí ganas no me faltaban, me había mordido muy fuerte, pero me dio lástima. ‘No sé su historia’, pensé. Entonces lo protegimos un poco. Ramiro incluso le agarró la pierna a uno que vino corriendo desde el fondo para patearlo. Querían lincharlo porque el tipo quiso abrir la puerta del avión”.
—¿Qué pasó cuando aterrizaron?
—Entró el SWAT al avión. Afuera había ambulancias y policías por todos lados. Lo más loco fue migraciones: yo viajaba por todo el mundo y cada vez que volvía a Nueva York me hacían mil preguntas. Esa vez no me miraron ni el pasaporte ni la Green Card. “Espero que les den vuelos gratis de por vida”, escuché. Al día siguiente el tema estaba en la tapa del Daily News y del New York Post. Ahí apareció el apodo: “el héroe del avión”. En Estados Unidos aman los héroes. Después trascendió que en el vuelo había un argentino y me llamaron de todos lados.
—¿Tuviste que ir a declarar?
—No. La aerolínea no presentó una demanda contra Michael Isabelle: lo llevaron a un neuropsiquiátrico y quedó internado. Según trascendió era veterano de la guerra de Vietnam y seguidor del Tea Party. No supe más nada de él. Fue todo muy raro, como dicen allá, sweep it under the rug, lo barrieron debajo de la alfombra. Un mes después, me enteré de que la escuela de samba que íbamos a usar para la muestra se había incendiado.
—¿Después de este episodio seguiste viajando? ¿No te dio miedo volver a subir a un avión?
—No. Yo presencié el atentado del 11 de septiembre; en ese momento vivía cerca de las Torres. A partir de ahí, empecé a tener pesadillas muy locas de que se caían aviones, pero igual seguí viajando. Actualmente vivo en Lisboa pero, como siempre, voy y vengo.
—¿Qué recordás del 11-S?
—Fue un martes de 2001, un día maradoniano, de otoño despejado. Yo nunca me levantaba antes de las 14 porque trabajaba en la revista Black Book y mi laburo era salir de noche. Tenía todas las fichas para estar durmiendo, pero me desperté temprano. Me hice un mate y salí a caminar por el SoHo. Compré el New York Times y me senté en una plaza que estaba a tres cuadras de mi casa. Y ahí escuché un ruido que nunca había escuchado en mi vida. Era un avión volando muy bajo. Lo seguí con la mirada: venía desde Boston, bajó, bajó, bajó y de golpe se incrustó en la torre, como en los dibujitos animados. La explosión parecía de película.
—¿Qué hiciste en ese momento?
—Llamé a mi mamá. Le dije: “Un avión chocó contra las Torres Gemelas”. No me creyó. Ella estaba en un autobús camino a la ciudad desde Nueva Jersey. Después se cortó la comunicación porque empezaron a fallar las antenas. Agarré el diario y, así como estaba, lo tiré en un tacho: “Esto ya es irrelevante”, pensé. Enseguida la gente empezó a salir a la calle. Nos mirábamos, algunos decían que era un accidente, hasta que apareció otro avión y se estrelló contra la otra torre. Ahí quedó claro que era un atentado. “¿Qué hago?”, pensé. Caminé hacia las torres, pero cuando empecé a ver gente cayendo me fui. Tenía 24 años.
—¿Cómo siguió tu carrera artística después de todo eso?
—Con Proyectarte me fue muy bien (NdR.: en 2012 fue declarado de Interés Cultural y Educativo por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires). Cerramos un poco antes de la pandemia, pero duró muchos años. De hecho, una de las razones por las que ahora volví a Buenos Aires es que existe una colección de obras de chicos que pasaron por el proyecto y hoy son artistas consagrados. Con mi galerista estamos seleccionando material para montar muestras acá y en el exterior.
—En paralelo, mi obra fue cambiando y se volvió más conceptual. Empecé a trabajar con lo algorítmico. En 2013 me fui a vivir a una isla privada en Angra dos Reis, Brasil: pintaba, pescaba y sacaba fotos con mi iPhone. Ahí descubrí que, haciendo cierto movimiento, aparecía un efecto raro. Subí esas imágenes a Facebook y me contactaron del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Me invitaron a California para que les mostrara cómo lo hacía. Ellos querían convertirlo en una aplicación; yo insistía en tratarlo como una obra. Gané yo. En 2015, The Algorithm Auction llegó al Museo de Diseño Cooper Hewitt del Smithsonian y hasta salió en el Wall Street Journal. Ahí empezó toda mi etapa de arte algorítmico.
Según contó la revista San Francisco (mayo de 2016), el efecto que descubrió Fernando no era un filtro artístico sino una falla del sistema operativo iOS que le permitía tomar fotos donde los cuerpos aparecían movidos, duplicados o incluso borrados. Esto lo llevó a reflexionar sobre la relación entre el arte, la tecnología y el azar en la creación artística.
A fines de 2025, Fernando presentó en la AI Week, en Suiza, un nuevo proyecto al que llamó “Mimento”. Se trata de una herramienta que reconstruye la memoria personal a partir de archivos digitales.
La idea, explica, es que todos ya escribimos nuestra autobiografía sin darnos cuenta: en mensajes, fotos y publicaciones. El sistema que creó ordena ese material y permite convertirlo en relato.
Con esa herramienta ahora prepara una novela —The Losing Hand Band— que presentará a mediados de este año en la galería Pólvora, ubicada en el barrio porteño de Montserrat. “Es una roman à clef armada íntegramente con material propio: atraviesa el mundo del arte de Buenos Aires, viaja por Estados Unidos y desemboca en un caso judicial real en Silicon Valley. Aunque parezca una locura, es todo real”, le cuenta a Infobae.
En la historia también aparece un incidente “medio turbio” en un avión.