Desde la provincia de Corrientes hasta un castillo medieval en el norte de Italia, la vida del chef Raúl Omar Geneyro Bragagnolo parece sacada de una novela. No por golpes de suerte aislados, sino por una sucesión de decisiones valientes y una perseverancia que lo llevó a cocinar para presidentes, príncipes, estrellas del deporte y, hoy, para la nobleza italiana. Su historia es la de un argentino que empezó en la cocina por necesidad y terminó convirtiendo ese oficio en un pasaporte al mundo.
Tras permanecer sus últimos cinco años en Mónaco, a cargo de la cocina de Bella Vita, el mejor restaurante de la ciudad, Raúl se mudó el mes pasado al Valcastello Chateau & Polo Club, una elegante mansión del siglo XIX situada entre San Candido y Dobbiaco, con vistas a la cadena montañosa Las Dolomitas.
Desde las cuatro suites señoriales del castillo Valcastello se pueden contemplar sus 18 picos, que se destacan por sus paredes verticales, cimas afiladas, sistemas kársticos y restos fósiles del Mesozoico. Con alturas que superan los 3.000 metros, las Dolomitas fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2009 por su belleza estética excepcional y su valor geológico único.
El imponente y lujoso lugar donde hoy vive Raúl no es solo una residencia aristocrática perdida entre las montañas del norte de Italia. Sus muros de piedra también guardan una historia marcada por la guerra, el poder político y decisiones que cambiaron el rumbo del país.
Ubicado a 10 kilómetros de la frontera con Austria, Valcastello fue escenario directo de uno de los períodos más oscuros de Europa y está íntimamente ligado a la figura de Pietro D’Aquarone, uno de los ministros más influyentes del siglo XX italiano que fue el primer dueño del castillo.
“A mí me contrató Chantal D’Aquarone, que es su dueña y única heredera. Su abuelo fue clave en la caída del régimen fascista de Benito Mussolini. Era un caballero, miembro de una aristocrática familia de Verona, que llegó a ser ministro del rey Víctor Manuel III y consejero de la casa de Saboya . En 1943 su nombre entró a formar parte de la historia de Italia puesto que él fue el encargado de dar orden de aprehensión contra Mussolini”, contó el chef argentino, quien quedó fascinado por la historia familiar de quien ahora es su nueva jefa.
Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando las tropas nazis avanzaron sobre el norte italiano, el castillo fue tomado y ocupado por el ejército alemán. “Cuando los nazis invadieron, tomaron Valcastello y lo usaron como base militar”, explicó. “En aquel entonces, la familia no se encontraba en el lugar. Los trabajadores que vivían y cumplían funciones allí fueron expulsados y obligados a abandonar el predio”, agregó Raúl.
Tras la liberación de Italia, la recuperación del castillo no fue automática, y como muchas propiedades vinculadas a familias influyentes, el castillo cargó durante años con las marcas simbólicas y materiales del conflicto.
“Uno de los espacios más inquietantes es el sótano, donde dicen que se escondían italianos que tenían miedo de que los nazis los mataran”, describió Raúl sobre ese refugio improvisado que hoy forma parte del relato oral de la propiedad y de su memoria más dolorosa.
Hoy, lejos de ser un museo o un sitio turístico, Valcastello es una residencia privada. Funciona bajo un estricto código de privacidad: solo acceden amigos cercanos y personas recomendadas. Allí se combinan tradición, deporte de élite —como el polo y la equitación— y una vida cotidiana sorprendentemente sencilla para los estándares de la nobleza europea.
Para Raúl, cocinar en ese contexto tiene un peso especial: “Acá se tomaron decisiones que cambiaron la historia de Italia”. Entre muros medievales, recuerdos de guerra y escudos centenarios, el chef argentino es parte viva de esa historia. No como protagonista político, sino como testigo contemporáneo de un castillo que sobrevivió al fascismo, a la ocupación nazi y al paso del tiempo, y que sigue en pie, cargado de memoria.
Junto a él vive su esposa, Patricia Cabral, y otros tres argentinos que se desempeñan en distintas áreas: Ana Clara Gennero, maestra de sala; Manuel Rodríguez Zurro, mozo; y Mateo Gasparini, cuidador y adiestrador de caballos.
Su esposa es pastelera y lo ayuda de manera directa en la cocina: mientras él se ocupa principalmente de los platos salados y del diseño general del menú, ella se ocupa de la mesa dulce y también colabora cuando hace falta. Además, es quien prepara los postres y dulces “sorpresa”, muchos de ellos con impronta argentina, como panqueques con dulce de leche, tortas y otras elaboraciones caseras que entusiasman a la familia noble y a sus invitados.
“La gastronomía es de altísimo nivel, basada en productos regionales, sin industrializados, bajo la estricta filosofía ‘de la huerta a la mesa’. De hecho, hay una persona que se encarga exclusivamente de las compras”, señaló Raúl.
El menú diseñado para los D’Aquarone combina clásicos italianos con platos argentinos que despiertan verdadera pasión. “Las empanadas fritas de carne cortada a cuchillo, son las favoritas de la familia. También hay asados y humitas. Tanto la condesa como su marido aman a la Argentina. Visitaron nuestro país en varias ocasiones y son fanáticos del polo”, contó. Para Raúl, la nobleza italiana, lejos del estereotipo distante, se muestra sencilla y cercana. “Te tratan de igual a igual”, aseguró.
Para Raúl Geneyro Bragagnolo, el trabajo actual en el castillo no solo representa un logro profesional, sino también un punto de llegada. A diferencia de la vorágine que vivió durante años en restaurantes de alta exigencia, hoy su rutina transcurre a otro ritmo. “Esto es re tranquilo”, resume con sencillez, casi como si necesitara convencerse de que, después de tanto camino recorrido, finalmente puede bajar un cambio.
El contrato que firmó con la familia noble no tiene fecha de vencimiento. No es temporal ni por temporada: es indeterminado, prácticamente de por vida, una modalidad habitual en este tipo de residencias privadas. Mientras su trabajo siga siendo valorado, Raúl y su esposa tienen garantizados no solo el salario, sino también la vivienda y la comida dentro del castillo. “Una vez que entrás y les gusta cómo trabajás, te quedás”, explicó. Todo lo que gana le queda limpio, sin gastos fijos, una estabilidad impensada para alguien que pasó años saltando de cocina en cocina.
La diferencia con su pasado es abismal. Durante su etapa en restaurantes y eventos internacionales, Raúl llegó a cocinar para 200 o más comensales, en jornadas maratónicas, con tiempos ajustados y una presión constante. En Mónaco, por ejemplo, durante el Gran Premio de Fórmula 1, debía sostener durante días menús sofisticados para cientos de invitados de primer nivel. “Después de cocinar para doscientas personas, cocinar para diez es otra historia”, afirmó sin dudar.
En el castillo, el número de comensales rara vez supera las doce o catorce personas. No hay comandas infinitas ni platos saliendo a contrarreloj. El desafío pasa por otro lado: la perfección, la presentación y el detalle. Cada comida es pensada casi de manera artesanal, con productos locales y un menú que él mismo diseña. “No es más sofisticado, pero sí más cuidado”, aclaró.
Ese cambio de ritmo también impactó en su calidad de vida. Vive en el mismo lugar donde trabaja, en una habitación totalmente equipada, rodeado de montañas y pueblos pequeños. No hay traslados eternos ni jornadas partidas por el estrés del servicio. El trabajo sigue siendo intenso, pero ordenado, previsible y humano.
Después de años de alta presión, cocinando para multitudes, figuras internacionales y eventos gigantescos, Raúl encontró en el castillo algo que no esperaba: paz. Un cierre de ciclo donde la experiencia pesa más que la velocidad y donde su cocina, finalmente, puede disfrutarse sin apuro.