De playboy millonario a morir en la pobreza con sus tres gatas: el peligroso derrotero de Macoco Álzaga Unzué

Este hombre nació en la Mar del Plata opulenta de principios del siglo pasado y fue educado en los mejores colegios de Europa. Hijo de una familia patricia y millonaria, se dedicó a dilapidar su fortuna entre París y Nueva York, fue amante de las mujeres más bellas y acuñó la frase “tirar manteca al techo” mientras se divertía apuntando con su cuchillo cargado a los senos de las valquirias de los frescos del clásico restaurante Maxim’s

Martín de Álzaga Unzué, conocido como “Macoco” fue el último gran playboy argentino

Fue el rey de París, el primer gran playboy porteño, el argentino que se codeaba con Howard Hughes, fue socio de Al Capone y tuvo amores con Rita Hayworth, Marlene Dietrich, Greta Garbo, Claudette Colbert, Olivia de Havilland, Gina Lollobrigida y Ginger Rogers. Fue el hombre en quien, se dice, se inspiró nada menos que Scott Fitzgerald para escribir El gran Gatsby, y basta con recordar alguna de sus citas más célebres para encontrar el hilo entre Martín Máximo Pablo de Álzaga Unzué –Macoco, como lo bautizó su padre cuando era apenas un niño educado por las mejores institutrices francesas y británicas– y el inefable Jay Gatz. La primera: “Sólo hay una cosa más difícil que hacerse rico: mantenerse rico”.

De esto supo Macoco en su vejez solitaria, pero antes, mucho antes, aquel joven de ojos claros nacido en la Mar del Plata gloriosa y opulenta de principios del siglo pasado, estudió como pupilo en el tradicional Internado Eton y volvió a Buenos Aires con 18 años y convertido más en un tiro al aire que un señorito inglés: lo echaron antes de recibirse.

Intentaron casarlo con su prima Bebita Anchorena, pero no hubo caso. En vez tuvieron que mandarlo de regreso a Europa custodiado por sus tías Cochonga Unzué de Casares y Manita Unzué de Alvear, a cargo de cuidarle la billetera que, en rigor, era la de ellas. En París y con sus amigos patricios comenzó el despilfarro y una imagen poderosa para graficarlo: sentado en un salón del clásico restaurante Maxim’s que tenía frescos de valquirias en el techo, a Macoco se le ocurrió esperar la comida apuntándole con manteca a los enormes pechos de las valquirias. Así nació la expresión “tirar manteca al techo”, y una costumbre que Macoco repitió desde entonces hasta que se agotaron la metáfora, la manteca y la plata.

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Eran los años 20 y Macoco era joven, guapo y millonario –rubio, engominado al uso de la época y de imponente metro ochenta–, así que no había mujer que se le resistiera. Su biógrafo, Roberto Alífano (Tirando manteca al techo: Vida y andanzas de Macoco Álzaga Unzué, Proa, 2011), sostiene que también fue por él que el actor y director Sacha Guitry llegó a decir que “a las francesas se les había dado por dos berretines, tener un perrito pekinés y un amante argentino”.

En Buenos Aires, Macoco hacía cerrar los cabarets para él y sus amigos y no se portaba distinto que en París. Cuenta también Alifano que una noche llegó con todo el grupo al boliche –entre ellos el famoso Negro Raúl, un hijo de esclavos o libertos al que adoptó como bufón y paseaba con él– y le pidió al mozo una gaseosa. “No tenemos, niño, le traigo champagne”, respondió el mozo. “Dale, traete dos cajas y dos baldes de esos para enfriarlo”, pareció aceptar Macoco. Pero una vez que tuvo todo en la mesa, le ordenó al mozo que llenara los dos baldes con el champagne: “Hoy con champagne me voy a lavar los pies, ahora salí a buscarme una gaseosa donde sea”, se río. El mozo, como la mayoría por entonces, tuvo que cumplir con su deseo: sabía que después iba a pagar todo y que nadie se metía con uno de esos nenes bien sin sufrir las consecuencias.

“Nada me gusta tanto como los sueños, excepto cuando se vuelven realidad”, dice otra cita del Gran Gatsby, y Macoco, claro, era un soñador inquieto, un niño eterno. En su juventud había visto los grandes cambios de la posguerra y conocido su gran pasión. No era una mujer en particular –y ni siquiera todas, con lo que le gustaban–: “Los autos fueron mi locura. Sin un volante en las manos me sentía muerto. Era parte de mi cuerpo”, le dijo al gran Alfredo Serra a fines de los setenta, ya viejo, cuando el maestro de periodistas lo encontró en su casa de la calle Peña. “¿Qué descubrió primero, las mujeres o los autos?”, quiso saber entonces el recordado Pingüino. “Corrieron parejos”, respondió la leyenda, que había participado varias veces de las competencias de Monza, competido en 1923 en las 500 Millas de Indianápolis y ganado el Grand Prix de Marsella un año después, lo que lo convirtió en el primer argentino en obtener un título mundial.

Serra enumeró entonces la dimensión del mito que llevaba su nombre: que había entrado a Harrods en auto y por la vidriera, y que había tenido que pagar –como siempre– los destrozos, que le había regalado un yate a Errol Flynn, y también aquello de la manteca tirada con un cuchillo que hacía las veces de catapulta directo a las tetas de las valquirias de los frescos de Maxim’s. “¿Cuánto es cierto y cuánto es puro cuento?”, preguntó con la picardía que lo caracterizaba. “Algo cierto, mucho puro cuento. Pero lo muy-muy-muy cierto es que heredé de mi padre cinco mil hectáreas, y la fortuna de dos tías millonarias…¡dueñas de tres estancias! Lo de mis tías lo perdí en tres segundos: lo que tardó el escribano en firmar el nuevo testamento”, admitió.

Macoco era fanáticos de los autos de carrera (www.retrovisiones.com)

En aquel encuentro mítico como sus protagonistas, Macoco también aseguró que no sólo había sido el primero sino el último playboy.

–¿Qué se necesita para serlo?– preguntó entonces el Pingüino.

–Tener mucha plata, cultura, amistades, simpatía, decencia y mundo. Y viajar: algo imprescindible– explicó Macoco con voz de sentencia.

–Pero los muchachos de hoy, los corredores de autos de doble apellido que terminan la noche en La Biela, ¿no lo son?– lo picanteó el periodista en busca del título.

–¡Qué van a ser playboys! Son garuferos, garuferos locales. Una carrera de autos cada tanto, y después a emborracharse en Cero Cinco (el boliche de moda sobre el entonces Pasaje Schiaffino, que todavía no llevaba el nombre de quien fue su habitante más ilustre, Adolfo Bioy Casares).

–¿Qué lo diferencia a usted de ellos?– otra repregunta del maestro.

–Un playboy no es tal hasta que participe de un safari africano y pegue una vuelta al mundo en el yate de un príncipe hindú.

Macoco, claro, había hecho todo eso. Ni Charlie Menditeguy, ni Enrique Drago Mitre, y ni siquiera su amigo Bioy, los nenes bien del momento que él se negaba a aceptar como sus sucesores, llegarían a tanto. Pero tampoco terminarían en la ruina. No quiso entonces hablar de sus conquistas –aún venido a menos era un caballero–, pero reconoció sus negocios non sanctos con Capone y que había dirigido un cabaret de lujo con otro famoso gángster –John Perona– en Manhattan: “El Bath Club, superlujo puro. Bar giratorio: de un lado, despacho de bebidas, y del otro, con sólo apretar un botón, espejos y bailarinas. Lo hicimos así para eludir la Ley Seca, y funcionó hasta 1928. Tuvimos que cerrar por problemas con los pistoleros locales”.

Entonces, le confió a Serra en la intimidad del piso prestado y en decadencia de la calle Peña, que después de aquello dio un golpe maestro: “En 1931 abrimos El Morocco. El cabaret más exclusivo del mundo. Todo tapizado con pieles de cebra cazadas por mí en un safari. ¡Qué noches! Llegaban Humphrey Bogart, Marilyn Monroe, Truman Capote, Carmen Miranda, Maurice Chevalier, Chaplin, la Mistinguette –las piernas más perfectas del mundo–, los Windsor, Ginger Rogers… Además, fue el negocio que más dólares nos hizo ganar”. Tal vez el único negocio de su vida.

El playboy corrió varias carreras en el circuito de Monza, Italia (www.retrovisiones.com)

Eran las mismas estrellas que recibía en las fiestas que daba en su mansión de Beverly Hills, a las que se sumaban Tyrone Power, Bing Crosby, Frank Sinatra, Alfred Hitchcock, Groucho Marx, Saint Exupéry, Luis Angel Firpo y Carlos Gardel. No fue el Zorzal criollo sino su admirado Enrique Cadícamo el que le dedicó el tango Shusheta (del lunfardo, elegante, pintón): “Pobre shusheta, tu triunfo de ayer / hoy es la causa de tu padecer… / Hoy la vejez el armazón te ha aflojao / y parecés un bandoneón desinflao”.

En pleno auge del Morocco, aquel Shusheta había cedido por primera vez al casamiento: pasó por el civil con “una norteamericana angelical” –Gwendolyn Robinson– con la que vivió ocho años y tuvo a su única hija, Sally (que murió en 2011, a los 84 años). Y la dejó por la modelo de Vogue Kay Williams, una de las más cotizadas del momento porque era la imagen de los cigarrillos Chesterfield. Más tarde ella lo dejaría a su vez por Clark Gable.

Había una razón para que Macoco desplegara sus aventuras y sus negocios en Europa y los Estados Unidos, y también se la confió a Serra aquella tarde: “Porque Buenos Aires era irremediablemente aldeana, primitiva, aburrida. Me asfixiaba…Después del glorioso Armenonville, todo se acható”.

Todavía tenía contactos en todo el mundo cuando el entonces presidente Juan Domingo Perón lo mandó a llamar. Quería que trajera a la Argentina a su amiga Ginger Rogers para conocerla. La actriz llegó a Buenos Aires gracias a los oficios de Macoco y como invitada de honor del General, que volvería a recurrir a Álzaga Unzué durante su segundo gobierno para pedirle que le trajera a Brigitte Bardot. Pero Macoco había perdido las habilidades sociales de otro tiempo, no la conocía, y no logró conseguir que viniera. De regreso a Buenos Aires, se dice que lo alegró saber que Perón había sido derrocado para no tener que desilusionarlo.

Para entonces, la estafa del administrador de sus estancias heredadas, las sucesivas crisis económicas y la costumbre incontrolable de tirar manteca al techo ya habían terminado con la fortuna que lo convirtió en el único gran playboy nacional. Pasó sus últimos años en la Buenos Aires primitiva que aborrecía, rodeado de sus tres gatas: Isabel, Alicia y Rayita. Las aventuras en París y Nueva York ya eran parte de la leyenda. Como dice otra cita de El Gran Gatsby: “La soledad había comenzado a reproducirse a sí misma, cada vez más ampliamente”.

Macoco, ya despojado hasta del mito, dejó este mundo el 15 de noviembre de 1982. Tenía 81 años y la muerte lo encontró con un whisky de varias batallas a medio servir y la única compañía de sus gatitas.

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