
Hace años, una amiga que vive en Europa se burlaba del concepto “sensación térmica”; según ella, un invento argentino. No sé qué pensaría ahora de sitios web como “Pronóstico de piquetes”, con sus anuncios de cortes de tránsito, manifestaciones, zonas en obra e incidentes viales en CABA y el Gran Buenos Aires. No es la única página preventiva, pero merecería ser un ícono porteño más. Me permito hacerles una sugerencia a sus autores: que incluyan los paros de subte; en el subsuelo del centro hipertenso se gesta parte de la presión urbana. La procesión va por dentro. Y por abajo.
Soy un novato, casi un extranjero, en días de furia producidas por el transporte. Durante casi toda mi vida adulta trabajé a doscientos metros de mi casa de Barracas, en la redacción del diario Clarín, e hice radio los fines de semana, cuando se impone una tregua. Después vino la pandemia: encierro y home office. Ahora cambié mis trabajos y al fin me encontré con mi destino sudamericano o, para ser justo, argentino o, para serlo aun más, porteño. Ahora entiendo la empatía masiva que provocó Relatos salvajes. La térmica que salta aun en los que tienen fortaleza espiritual. Sin lugar para los débiles.
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Entre mis contactos telefónicos se destaca Kike Ferrari, un gran tipo, gran escritor de novelas policiales, trabajador del subte y luchador gremial. Antes de salir, miro sus estados de WhatsApp para informarme sobre los reclamos y medidas de fuerza de los metrodelegados. Un complemento de “Pronóstico de piquetes”. Ideal para bajar -tratar de bajar- la incertidumbre y calcular -tratar de calcular- el tiempo que me demandará, por ejemplo, llegar a Radio Ciudad, en Sarmiento y Paraná, una zona brava, de conflicto. En general, llego al programa tras haber corrido varias cuadras, igual que mis compañeros. Empezamos jadeantes. Finalmente, darwinismo porteño, los mejores trabajadores serán los que tengan mayor capacidad aeróbica.
A mis amigos de otras provincias -nótese que evito escribir “del interior” para atenuar los enconos antiporteños- los viajes en subte les resultan pintorescos. A la distancia. La realidad no está a la altura de la idealización. Al efecto sardina enlatada que, debo admitir, vi en videos de lugares muy civilizados como Tokio, hay que sumarle la atención anticarteristas, el calor, la pesadez del encierro y, claro, el problema por el que reclaman los trabajadores del subte: el asbesto.
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Soy bastante toc. Aferrarme a los pasamanos me provoca la necesidad imperiosa de frotarme las manos con alcohol en gel. Sigo usando barbijo en el transporte público y lanzo miradas recriminatorias a los que tosen inescrupulosamente. Lo del asbesto, un peligro que supera el área neurótica, se sumó a mi lista de paranoias. No sólo en el subte. Hace poco, en un reunión de consorcio -esa otra forma del infierno- me enteré de que en el sótano de mi edificio hay una vieja caldera en desuso construida con asbesto. Desde entonces siento que, aun en los momentos de ocio, corro el riesgo de un corresponsal de guerra involuntario.

Los que experimentamos a diario el infierno del tránsito/transporte público porteño conocemos la bronca creciente de la incertidumbre y de los vehículos estancados o avanzando a paso de oruga. Los discursos de trabajadores contra trabajadores, de perjudicados contra perjudicados, que a veces se limitan a los agravios -presenciales o a través de las redes sociales- y otras, a agresiones físicas. Un caos ideal para arrebatadores de celulares y billeteras, cada día más hábiles para saltar como felinos y pegar zarpazos a través ventanillas semicerradas, y fabricantes de clonazepam, entre otras tribus urbanas.
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Si las vuvuzelas nos aturdieron durante el Mundial de Sudáfrica, como pude comprobarlo en Johannesburgo, donde casi no existe el transporte público, qué decir de los bocinazos estériles en el centro porteño, en medio de escenas tipo La autopista del sur, de Cortázar. La polución sonora hace su gran aporte al entorno urbano embrutecedor. Se entienden la demanda creciente de las clases de yoga y el auge de las reediciones de Henry David Thoreau, filósofo estadounidense del siglo XIX que se volcó de lleno a la naturaleza y publicó obras como Walden y La desobediencia civil.
Pero la crispación urbana no solo provoca estallidos violentos. La contracara es la docilidad pasmosa. La semana pasada, la línea de colectivo que tomo a diario se desvió cerca del Departamento Central de Policía, por un corte planificado por obras. La hoja de ruta del colectivero fue, desde entonces, incierta e inexplicable. La reacción de los pasajeros -yo incluido- no fue exigirle que nos revelera el camino que tenía en mente. Se optó, en casi todos los casos, por consultas interpasajeros, inútiles, por supuesto, porque nadie tenía el GPS de la línea de colectivos ni tampoco, hasta donde supe, capacidades adivinitorias.
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Hoy temprano intenté aprenderme la grilla del paro escalonado de subtes: un álgebra imposible. Opté por el razonamiento más elemental: el que no va por abajo va por arriba. Los colectivos explotaron, una vez más, de pasajeros, quejas y lamentos. Mañana, pienso, con mi inocencia de novato en cruces del centro en horas pico, todo puede ser distinto. Tal vez se complique por arriba y tengamos que buscar por abajo. Sólo estoy seguro de que la sensación térmica existe y de que estamos más cerca de un verano infernal que de un otoño apacible, y no sólo en el tema transporte.
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