Es un martes cualquiera de septiembre de 2016 en Coronel Moldes, una localidad de la región suroeste de la provincia de Córdoba ubicada a 75 kilómetros de la ciudad de Río Cuarto. Liliana se dirige a tomar mate a la casa de Romina, que se recupera de una intervención quirúrgica en la espalda. Cuando llega, su vecina no se encuentra sola: en el patio trasero está Augusto, hijo de Romina, jugando con su amigo Felipe. Las mujeres se embargan a una charla aleatoria y quedan inmersas en el diálogo. Se abstraen del entorno hasta que un fenómeno las despabila: no las alerta un ruido o un grito. Tampoco es algo que advierten con la vista. Es una situación aún más extraña: un silencio atronador domina la tarde.
No escuchan a los chicos y se desesperan. Cuando irrumpen en el patio, el susto es sorpresa. Están los dos sentados en la hamaca, felices. Recién ahí, las mujeres, con el espanto curado, empiezan a oír el rechinar de los hierros. El asombro les despierta, a su vez, un interrogante. “¿Cómo llegaste ahí?”, le pregunta absorta Romina a su hijo. Él atina a responder: “Me subió Felipe”. Hay cierta lógica en la resolución pero no deja de ser arriesgada. Augusto estuvo insistiendo desde temprano en subirse pero como su mamá no puede hacer fuerza por la operación reciente, tenía que esperar a que volviera su padre de la ferretería donde trabaja. Las mujeres quieren comprobar lo que aseguran los nenes y les piden que lo vuelvan a hacer. Esta vez con una salvedad: todo quedará registrado en el celular de Liliana.
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Augusto se vuelve a parar, apoyado en su andador, frente a la hamaca doble por la entrada lateral. El trabajo lo hacen juntos. Felipe sirve de sostén: le levanta un pie, lo sujeta, lo agarra de la cintura, le dice “yo te tengo”, le despeja el andador, le quiere levantar el otro pie, no puede, acerca el andador, insiste con el pie, vuelve a corregirle el otro, lo guía, lo mete dentro de la estructura, lo acompaña, lo respalda, le vuelve a decir que él lo tiene, le acomoda las piernas. Finalmente lo logran. Las mujeres festejan y los nenes se ríen. Liliana, antes de volver a su casa, le pregunta a su amiga si puede subir el video a las redes sociales de Radio Ciudad, el medio del que por entonces era dueño su esposo. “Pero sí, sin ningún problema”, habilita Romina.
Lo que pasó después es lo que sigue pasando ahora: gente hablando de Felipe y Augusto y de lo que enseñaron. Hace unos días volvió a circular el video por Twitter. “Si yo puedo, vos también”, decía el comentario. Simulaba un contenido nuevo pero era el mismo video que cinco años atrás había tenido como protagonista a dos amigos de primer grado del Centro Educativo Nicolás Avellaneda, el mismo video que se difundió a nivel internacional y que fue subtitulado hasta en idioma árabe.
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La mañana del miércoles 21 de septiembre de 2016, el día después de la publicación del video en una cuenta de Facebook, le llegó un mensaje a Germán Barbieri, papá de Felipe. Le dicen que en Canal 9 de Buenos Aires estaban hablando de ellos. “Ese día fue una revolución -cuenta-. Nos cayó una alegría inesperada. Tuvimos contacto de gente que nos preguntaba si necesitábamos algo. Me ofrecieron un andador especial que yo ya había encargado. Fue una locura lo que se generó”.
A Luis Wendel, el papá de Felipe, lo entrevistaron desde México y España. “Me llamó gente que quería comprarnos el video. Me ofrecían un dólar por cada reproducción. Me parecía una locura. Hablé con los padres de Augusto y tampoco aceptaron. No queríamos currar con eso”, revela. Le organizaron un emotivo acto en el Club Belgrano, donde jugaba al fútbol. Fue candidato al ciudadano destacado de Río Cuarto. Solo tenía seis años y no entendía por qué los adultos se sorprendían tanto.
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“Los chicos eran conscientes de lo que pasaba. Estaban contentos, se reían. No les afectó en nada la divulgación del video. Ellos siguieron siendo de la misma forma”, relata Germán. “Felipe siempre la tuvo muy clara. Cuando salió el videito y le preguntaban por su amigo, él respondía que Augusto tiene problemas en la columna y en las piernas”, narra Luis. Dice, también, que su hijo tiene “esa forma de ser” y que no responde a una enseñanza orientada. “Es un chico que hace renegar como cualquier otro, pero tiene un corazoncito especial. No es algo que se lo hayamos inculcado, nunca le dijimos que tiene que ayudarlo a Augusto. A él le sale natural”.
Augusto recuerda que ese cariño natural que le manifestaba Felipe era, tal vez, demasiado. Lo cuenta a través de su papá: “Siempre me buscaba para jugar, me abrazaba todo el tiempo”. Germán coincide: “Era medio pegote, lo vivía abrazando, le daba besos, lo cargoseaba”. Se habían conocido en el jardín María Frenchia de Coronel Moldes. Iban al turno tarde. Cuando egresaron, a los papás de Augusto le recomendaron que se pasara a la mañana para que tuviera el resto del día disponible a efectos de organizar los turnos médicos de kinesiología y rehabilitación.
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Felipe no quería despertarse temprano ni dejar de verlo a Augusto. Estaba en una encrucijada: su familia lo dejó elegir. Priorizó lo segundo: pidió también cambiarse a la mañana. Se distribuyeron los cursos porque los inscriptos en el primer grado de la escuela primaria eran cerca de cuarenta. Volvieron a quedar juntos y el lazo se afianzó. Se hicieron mejores amigos. Viven a pocas cuadras de diferencia: Felipe lo pasa a buscar para pasear juntos por el barrio. Él anda en bici y Augusto en un triciclo adaptado.
Augusto nació el 8 de abril de 2010, un día después que su amigo Felipe y dos meses antes de lo recomendado. Nació prematuro en la semana 29 de gestación. Nació con parálisis cerebral con un saldo de secuelas motrices: le cuesta mover el tronco, no mueve bien las manos y no puede caminar sin asistencia. Por eso necesitaba las tardes disponibles: dos veces por semana viajaba a Río Cuarto para rehabilitación y en su ciudad hacía los ejercicios de motricidad. Por la mañana iba al colegio y se sentaba en el mismo banco con su amigo Felipe. En las tardes libres jugaban y hacían los deberes juntos.
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Con los años, las actividades extracurriculares los distanciaron. “El curso normal de las cosas”, comprendieron los padres de los chicos. Felipe entrena casi todos los días en una escuelita de fútbol y también va a prácticas especiales de arquero. Desde los nueve años asiste en el cuartel de bomberos voluntarios con tareas básicas. Le gusta correr y hace motocross. Augusto también es fanático de los deportes: consume desde fútbol hasta béisbol. “Me habla de futbolistas de Europa que ni yo conozco: sabe de memoria todas las formaciones de los equipos”, detalla Germán. Y juega: ajedrez por legado paterno en un taller municipal de la ciudad y básquet adaptado en el equipo Los Halcones de la Universidad de Río Cuarto.

Pero la pandemia. El coronavirus atravesó el vínculo y lo adulteró. Los dos ya tienen 11 años y sus cosas. El esquema educativo de presencialidad parcial los dividió: están en burbujas separadas. El contacto se restringe a las plazas los fines de semana. Después cada uno mantiene sus actividades y sus proyectos: Augusto ya no quiere ser veterinario y ahora añora convertirse en relator o periodista deportivo; Felipe entrena y sueña, además de bombero, con ser arquero de fútbol como Franco Armani, su ídolo.
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Augusto es hincha de Boca y Felipe de River. La última foto que tienen juntos data del año pasado. Están en la cocina de la casa de Augusto. Se habían encontrado para ver un Superclásico juntos. Los dos llevan puestas las camisetas de sus equipos, están sentados y riéndose. En el patio del fondo de la casa, la hamaca -algo más oxidada- espera que alguien se vuelva a subir.
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