
“QEPD Happy Hostel. Aquí yacen los restos de una pyme Argentina. No resistió 90 días de proscripción. Gracias políticos por haber hecho esto”, dice el pasacalles colgado en la entrada del Happy Hostel en la capital de la provincia de Córdoba.
En el medio de la crisis social y económica generada por la pandemia, en un drástica decisión Gabriel González, dueño del espacio, decidió cerrar de manera definitiva. “Colgué el cartel a modo de despedida de los vecinos de la zona en una especie de agradecimiento por tantos años”, le cuenta a Infobae.

Happy Hostel - que tenía como principal misión funcionar como un alojamiento “amigo y feliz”, abrió sus puertas hace ocho años, el 1 de abril de 2012. “Un día estaba caminando por la calle Independencia y ví el cartel de alquiler de la propiedad como quería estudiar solventar mi carrera decidí emprender. Gracias a este negocio prospero pude recibir de Ingeniero Civil en la Universidad Nacional de Córdoba, en mi último año gané una beca y obtuve una doble titulación en Italia”.
El proyecto afrontó las reiteradas fluctuaciones económicas del país, sin embargo no resistió a los tres meses de inactividad como consecuencia de la cuarentena obligatoria, social y preventiva dictada el 19 de marzo de 2020.


Happy hostel llegó a tener 75 camas con desayuno incluido, y logró posicionarse como un lugar de referencia para los visitantes de todo el país y el mundo. “Somos uno de los tres hoteles más grandes de la provincia reconocidos por ser buenos anfitriones, perdón,...(hace una pausa y retoma) fuimos, me tengo que acostumbrar a hablar en pasado. Este sueño se esfumó por errores de los dirigentes”, dice enojado.
La extensión del aislamiento y la falta de previsiones por la reapertura empujaron a Gabriel a bajar las persianas. El emprendedor dice no estar en contra de la cuarentena, pero propone una modalidad inteligente, con protocolos claros para cada rubro, que garanticen la seguridad de empleados y sus clientes. “Nos tenemos que comer el error de una manga de inoperantes que nos han empujado a estar 100 días en una cuarentena. Si se hubieran hecho las cosas bien al principio, no estaríamos como ahora, de rodillas”.

Para iniciar su emprendimiento invirtió 12 mil pesos, con un dólar a 6, 7, hoy acumula una deuda medio millón de pesos. “Salirse de un negocio es muy caro, debo impuestos municipales, facturas de luz, gas y la indemnización de mis cuatro empleados, que es lo que más me preocupa”.
Sin el capital para saldar lo que debe, aún no sabe cómo lo resolverá. “Los intereses de refinanciación son abismales, prefiero pagarle a un usurero”.

A diferencia de otros rubros. Gabriel admite que en el sector de hotelería y servicios les fue imposible reinventarse, como hicieron otras pymes. “¿Qué íbamos a hacer? ¿comida para que sigan cerrando las rotiserías? ¿Una verdulería cuando tengo una al lado? ¿Para qué, para matarlos a ellos?”.
Tampoco pudo renegociar el alquiler con la dueña del edificio. “La inmobiliaria me dijo que lo mejor era rescindir el contrato, claro que se quedó con el depósito”.
Hace una semanas juntó a los empleados y empezaron a desmantelar el espacio. “Le regalé la cocina a Rosa, que pasó de ser gerente a ponerse una pollería en su casa, algunas camas para los otros empleados y a vender el jardín de colchones que me quedaron al menudeo. Me da bronca y tristeza”.

Gabriel sabe que no es el único que luchó para sobrevivir a esta fuerte crisis social. “Soy una representación de las miles de pymes que están así. Charlando con los colegas, todos me comentan que están en la misma situación”.
De cara al futuro
Gabriel trabaja desde que tiene 10 años. Nacido en La Pampa, por primera vez en su vida dice no saber qué hará. “Mi parte racional dice que hasta acá llegué, la Argentina no está lista para los emprendedores”. Yo fui un capitán que quiso llevar un barco a puerto. Vino la tormenta, y se estroló. Me quedo con un sabor amargo por toda la gente que fue parte de esto”.
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