Países, ciudades, museos, palacios, torres, monumentos son los más difíciles de conseguir. También tiene de iglesias, teatros, universidades, hoteles, acuarios, zoológicos, personales, publicitarios, filosóficos -los que llevan mensaje-, de fútbol, básquet, golf -todas las canchas de golf dan un lápiz pequeño para anotar los puntos-, cine, cómics, televisión, fantasía, de diseño, de carpintero. "Los lápices son un gran mundo", dice Vicente Viola, entusiasmado.
Es su mundo. Arquitecto por oficio y fotógrafo urbano por vocación, reside y administra su propio museo de lápices en La Plata. Conserva, en carpetas y debidamente clasificados, 14.374 lápices de grafito negro hasta el momento en que se publicó la nota. "Ayer estaba en 14.373, me llegó uno nuevo y lo sumé", explica a Infobae. Solo dos veces se sentó a contarlo: la última vez publicó un contador en su página web donde lleva el registro meticuloso y detallado de su colección.
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Lo sintetiza como un hobby de viejo. Es, sin embargo, una causa que lo persiguió toda su infancia: "Siempre tuve espíritu de coleccionista. De chiquito juntaba figuritas como cualquier chico de esa edad, después empecé a coleccionar estampillas y me pareció un mundo infinito. Hasta llegué a juntar chapitas de las bebidas: me compraba botellas que no tomaba sólo porque me gustaba la chapita". La aventura de los lápices comenzó en 2011 para llenar un deseo primitivo: su vínculo con el lápiz proviene de sus tareas de arquitecto.
"Estaba con ganas de coleccionar lapiceras fuente (de pluma), pero eso significaba un costo muy grande. El lápiz y la lapicera me acompañaron toda la vida. Entonces dije 'pucha, me vuelco por el lápiz'. Tenía ya una buena cantidad de lápices hasta que la novia de mi hijo me dijo 'dejame que te busque en Internet dónde hay coleccionistas'. Y me abrió un mundo, literal. Me dio una lista de diez coleccionistas de lápices de todo el mundo, les escribí y me empezaron a responder. Fue como cambiar figuritas: 'yo tengo estos duplicados, esos no los tengo'". Vicente confesó que cada vez que recibe una encomienda con sobres con hasta cien lápices se enciende su ilusión.
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Sus primeros lápices eran los que de uso personal, de los tiempos en los que estudiaba. Tiene familia en Roma y la posibilidad de viajar por el mundo. Los más valiosos son los que consigue con los nombres de las ciudades, de los museos o de los monumentos, que demanda haberlos recorrido en persona.
"Todos los que me conocen ya lo tienen asumido: el que viaja me tiene que traer un lápiz, o más de uno. Y si va a un lugar muy exclusivo, le doy plata para que me compre. Esas son las perlas, las figuritas difíciles", asegura.
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La colección de Viola se alimenta del intercambio. No suele comprar, salvo casos excepcionales. En Argentina conoció a tres coleccionistas de lápices: cuando comprar, no compra uno, compra dos o tres para cambiarlos por otros. "A veces se me cae la baba por los lápices que tienen ellos", reconoce. Su vínculo no es de competencia, los define como colegas. A la mitad de los coleccionistas con los que intercambió piezas los conoció personalmente.
Una vez viajó a la Siberia profunda para tratar con dos rusos: "Vivían a 200 metros y no se conocían, los puse en contacto yo. Tienen lápices que acá no llegan nunca. Y ellos se morían a los lápices de fantasía que allá no llegan: los de Disney, de Kitty". Como curiosidad, también apunta que ninguno de sus amigos puede encontrar lápices en China cuando la mayoría de su producción son todos made in China: "Ellos fabrican para todo el mundo pero no usan lápices, solo los metálicos o las lapiceras".
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Le falta conocer a uno de Estonia que dice tener más de veinte mil lápices y muebles fabricados por su exposición. Critica al ganador del Libro de los Record Guinness por acopiar lápices y no coleccionarlos.
"Clasificarlos es el espíritu del coleccionista", precisa. Los tiene divididos en categorías, organizados por carpetas y escaneados para optimizar su intercambio. Su sistema de clasificación fue modelo para otros coleccionistas. Valora las ediciones limitadas, las tiradas especiales, aprecia los que están usados, los lápices ya estrenados y hasta los que están comidos ("a veces hasta le cambio lápices a los alumnos de primaria"), y reniega de los que tiene muñecos porque "los comerciantes buscan vender más el muñeco que el lápiz". La única condición es que el lápiz de grafito negro tenga su marca: los genéricos no clasifican.
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Clasifican los de países, ciudades, museos, palacios, torres, monumentos, iglesias, teatros, universidades, hoteles, acuarios, zoológicos, personales, publicitarios, filosóficos, de fútbol, básquet, golf, cine, cómics, televisión, fantasía, de diseño, de carpintero, y los fuera de serie: lápices de doble goma, lápiz con semilla, con escoba, portallaves, reciclables, texturados, aromatizados, doblados, con una honda en un extremo.
Su favorito es un lápiz de carpintero que data del siglo XIX. Lo compró por pocos euros a un librero en Bologna, Italia: "Es un lápiz tosco, grande, de color madera, una de las perlitas que más disfruto tener". Porque tener más de 14 mil lápices es para Vicente Viola un acto de goce y emoción, una causa para disfrutar.
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Video: Lihueel Althabe
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