El General Ramón Camps y Lidia Papaleo
El General Ramón Camps y Lidia Papaleo

En un sanatorio del centro de la ciudad, una mujer entra al despacho del director médico. Él está hablando por teléfono, y le hace un gesto para que se siente. Al mismo tiempo escucha lo que le dice su interlocutor:

-¡Hola doctor Tagle! ¡Tengo que verlo inmediatamente! ¿Puedo ir dentro de un ratito?

-Bueno Chicho, cómo no. ¿Con quién va a venir?

El doctor Julio César Tagle, eminente oncólogo, director del sanatorio de la calle Lavalle 1686 que atendía a los afiliados del Ministerio de Economía, no pudo advertir el gesto de alerta de la mujer que acababa de sentarse frente a él. Estaba escuchando a quien del otro lado de la línea le decía:

-¡Tengo en mis manos la última resonancia magnética de todo el esqueleto!… ¡Doctor, tengo que pegarle un abrazo que le voy a romper la espalda!… ¡Se me han borrado todas las metástasis, se han borrado, no se ven metástasis en el esqueleto, ninguna, ha sido chequeado el hígado, todo… y no tengo metástasis!…

-Bueno, Chicho está bien, lo espero… Véngase para acá… ¿Con quién viene, quién lo trae? Así le aviso a mi secretaria que lo vaya a buscar a la planta baja…

La mujer estaba cada vez más inquieta. Oía las palabras del doctor Tagle, pero no podía escuchar las respuestas del otro lado:

-¡¡¡Voy solo, manejando!!! ¡Cuando me vea no me va a reconocer!…

Tagle cortó. Bajo la impresión de lo que acababa de escuchar, miró a la mujer y ahora sí pudo decirle:

-Buenas tardes señora, disculpe, pero estaba hablando con un paciente… ¿En qué la puedo servir?…

Ella lo interrumpió, visiblemente conmovida:

-Disculpe doctor, usted no me conoce…

-No, no tengo el gusto, – Tagle miró la tarjetita personal que ella había dejado en el escritorio, y leyó lo mismo que comenzó a escuchar:

-Yo soy psicóloga, soy la licenciada Lidia Papaleo… Vengo a verlo por un problema de mi mamá, pero… ahora querría mostrarle algo…

Lidia Papaleo
Lidia Papaleo

Tagle no sabía quién era, nunca había oído hablar de esa mujer, que parecía indecisa, casi confundida:

-Le quiero hacer una pregunta, doctor… ¿Usted estaba hablando con un hombre…, estaba hablando de metástasis? Yo no podía no escucharlo, porque estaba acá sentada… Dígame…, a la persona esa… ¿usted le dijo Chicho?…

-Sí, es un paciente… Y un paciente que me trae buenas noticias…

-Doctor Tagle, yo vine por mi madre, que tiene más de 80 años y le han hecho una gastrectomía, le extirparon el estómago por el cáncer… Ella no anda bien y me han recomendado que lo consulte a usted… Pero…

El médico no entendía nada:

-Señora, ¿qué tiene que ver el problema de su mamá con la persona que recién hablaba conmigo?

Ella lo miró y mientras se inclinaba para adelante le dijo:

-Porque antes de seguir adelante con mi consulta, querría saber si esa persona con la que hablaba es un… general…

-Sí, le dijo Tagle, es un general…

-¿Es el general Camps?

Tagle se puso pálido:

-Sí, es el general Camps…

Lidia Papaleo se levantó y se acercó al doctor Tagle, que casi no podía hablar por la sorpresa.

-Permítame doctor, me voy a abrir la blusa y le voy a mostrar algo, para que usted mire lo que yo tengo en el pecho izquierdo…

Y Tagle vio ocho quemaduras profundas de cigarrillo.

Ella siguió:

-¿Le puedo mostrar el otro lado, doctor? Mire la derecha…

Boquiabierto, Tagle vio el seno lleno de quemaduras negras, con la piel acartonada.

La mujer se cubrió y volvió a sentarse, mientras Tagle apenas atinaba a preguntarle:

-Pero señora, ¿quién es usted?

-Soy la viuda de Graiver, doctor. Sabe de quién estoy hablando, ¿no? Le explico en dos minutos, antes de que nos interrumpan… Yo fui a Estados Unidos detrás de los rastros de mi marido, porque él había ido allá a hacer algo importante y sufrió un atentado en el avión. El mejor avión, el mejor piloto… Y se tragaron una sierra que sobresalía… Era imposible, con ese avión y con ese piloto… Yo fui allá, estuvimos recorriendo con las autoridades, pero del avión no quedó nada… Ni rastros…

Casi sin respirar, siguió:

-Cuando regresé, la policía me detuvo en Ezeiza. Y me llevaron directamente a La Plata, al despacho del general Camps, que era el jefe de policía de la provincia… Él estaba con un grupo, con un séquito de tipos, de militares… Y me preguntaban dónde estaban los 60 millones de dólares… Los 6o millones de dólares de los montoneros, decían… A toda costa creían que yo había ido allá por ese dinero… Entonces, ese señor que lo llamó a usted, ese general, es el que me quemó los senos…

Tagle no podía creer lo que le estaba pasando. De repente, su vida se había transformado en un torbellino inverosímil. Allí, frente a él, estaba Lidia Papaleo, que había sido salvajemente torturada por el general Camps. Su paciente, el que estaba por llegar para abrazarlo porque lo había curado del cáncer.

Porque el doctor Tagle había utilizado la crotoxina y logró curar el cáncer de Camps.

-Pero hay algo más…

Lidia Papaleo interrumpió los pensamientos de Tagle:

-En el escritorio, Camps tenía una bala de cañón, de bronce… Me hacía agarrar por cuatro tipos que estaban con él, me desnudaban, me acostaban arriba del escritorio y Camps, con un placer bárbaro, me metía esa bala de cañón en la vagina… Le voy a dar otro detalle… Camps tenía en el escritorio un mástil con la bandera argentina… Corrían el mástil ese para un costado, para dejar lugar libre en el escritorio… y Camps me torturaba con la bala de cañón… Me lastimaba, yo sangraba… Estuve más de seis meses presa en un lugar donde me tenían encerrada…

A todo esto, Camps estaba por llegar.

Por un momento, congelemos la imagen. Cuando Julio César Tagle me contó esta historia, ya habían transcurrido muchos, pero muchos años. Y era la primera vez que él se la confiaba a alguien.

¿Por qué lo hizo? ¿Cómo fue que nos encontramos? En ese momento, hacía pocas semanas que yo lo conocía personalmente. Pero lo había rastreado casi 30 años, sin poder encontrarlo.

Pocas líneas atrás, escribí una palabra que a muchos lectores les habrá resultado extraña, y para otros pudo haber despertado algún recuerdo: crotoxina.

Tres jóvenes médicos –Luis Costa, Guillermo Hernández Plata y Carlos Coni Molina– el 8 de julio de 1986 anunciaron, en el programa "La noticia rebelde", que estaban utilizando un medicamento que se extraía de la víbora cascabel, descubierto por un investigador mayor del CONICET, el doctor Juan Carlos Vidal, y que curaba el cáncer. Esa sustancia se llamaba así, crotoxina.

Pocas veces hubo una conmoción tan grande en la Argentina. Rápidamente empezó la polémica: ¿la crotoxina curaba el cáncer o era una superchería? El gobierno de Alfonsín tomó cartas en el asunto y el ministro de Salud, el doctor Conrado Storani, designó una comisión de notables, grandes eminencias, especialistas en oncología, para que dieran su veredicto.

Esa lista la integraba profesionales muy prestigiosos: Canónico, Estévez, Masota, Finkelman, Perazzo, Luchina, Carugatti, Loureiro, Chacón, Rao, Mordo y Tagle. Este mismo doctor Tagle que tenía ante sí a Lidia Papaleo y estaba esperando la llegada de Camps…

¿Pero por qué lo busqué a Tagle durante tres décadas?

Porque esa Comisión tenía una opinión casi unánime en contra de la crotoxina. Casi, porque había una excepción. Uno de esos eminentes oncólogos no sólo no se pronunció en contra de la crotoxina, sino que había comprobado que en muchos casos su uso servía para aliviar a los pacientes. Y en algunos casos, los tumores desaparecían.

En esa época yo tenía mis programas de radio de lunes a viernes en LU 6 Emisora Mar del Plata y los sábados y domingos en Radio Continental de Buenos Aires. Y en ellos, varias veces entrevisté al Doctor Tagle, telefónicamente.

Con el paso del tiempo, otros asuntos reemplazaron a a crotoxina en el interés de la opinión pública argentina. Pero a mí siempre me quedó la duda: ¿por qué este prestigioso médico había defendido su punto de vista, en contra de todos?

Lo busqué, traté de contactarlo, pero nunca obtuve respuesta. Llegué a pensar que se había muerto.

Un día encontré un mensaje en Facebook: "Quiero hablar con vos." Era el doctor Tagle.

Le contesté, tomé sus datos, lo fui a ver a su casa. Hablamos muchas veces, varias horas. En pocos meses, recuperamos todos los años en los que parecía que se lo había tragado la tierra.

Me contó todo, con lujo de detalles. Me dio datos, pistas, testimonios. Recordó frases, actitudes, incidentes. Y siempre sostuvo que la crotoxina servía para curar el cáncer.

Poco tiempo antes de comenzar nuestras conversaciones, Julio César Tagle había enviudado. La muerte de Hilda, su esposa, que también era médica, lo devastó. Seguia enamoradísimo de ella, la mencionaba con frecuencia y las veces que me quedé a almorzar con él en su casa, levantaba su copa y la acercaba a unas flores que siempre adornaban la mesa, simbolizando que brindaba con ella.

Un día le pregunté por qué había sido tan difícil reencontrarlo, por qué se había ocultado tantos años.

-Después del asunto de la crotoxina, mi familia y yo la pasamos muy mal. Los que la combatieron, nunca me perdonaron que yo la defendiese. Pero al mismo tiempo, mucha gente creyó que yo tenía crotoxina. Y llamaban aquí, para que yo se la diese. ¡Si yo no tenía nada! Fue terrible, me insultaban, decían cosas espantosas… Mis hijos no podían atender el teléfono… Hilda me pidió que me alejara del tema…

También quise saber por qué, finalmente, había decidido contar todo:

-Hilda ya no está, y yo estoy enfermo… Es el momento de hablar… Y vos sos la única persona a la que le puedo contar todo esto.

Julio César Tagle murió pocos meses después. Gracias a él, en crónicas sucesivas, sabremos mucho más sobre la crotoxina.

Pero ahora volvamos a aquella escena que congelamos hace un rato.

Lidia Papaleo se había abrochado su blusa, luego de mostrarle a Tagle algo que él recordaría como "lo más cruel que vi en mi vida".

Y justamente, el responsable de esa crueldad, estaba por llegar. Y se iba a cruzar allí, con su víctima, en ese mismo consultorio.

Tagle no sabía qué hacer:

-Vea Lidia, yo tengo que resolver esto urgentemente. Usted está acá, va a venir Camps y lo van a hacer entrar. En la otra salita está Nora Cortiñas, de la línea fundadora de Madres de Plaza de Mayo… Su marido, Carlitos, es de Hacienda y lo estoy atendiendo por un cáncer gástrico… Si Camps entra y usted está aquí, esto va a ser un desastre… Yo no sé si tirarme por la ventana… A Camps lo conozco desde hace un año, lo traté con crotoxina… Es un hijo de puta y un asesino de mierda, pero es mi paciente…

Llamó a su secretaria, a la que le dijo:

-Llevá a la licenciada Papaleo y a Nora Cortiñas a la administración, y tenelas allí hasta que se vaya Camps…

El General Ramón Camps
El General Ramón Camps

Salieron. A los cinco minutos llegó Camps, caminando solo, exultante:

-¡¡¡Doctor Tagle, vea las resonancias!!!

Le dio un caluroso abrazo al médico, que no podía sacar de su mente las terribles heridas que acababa de ver en el pecho de Lidia Papaleo. Al mismo tiempo, Tagle no podía creer lo que ahora tenía ante sus ojos: habían desaparecido todas las metástasis.

-Doctor, usted me ha salvado la vida…

– Bueno Chicho, estoy muy feliz por esto, déjeme las resonancias que las quiero estudiar, mirarlas bien…

-¡Se las dejo de regalo doctor, todos los médicos tienen las copias y no lo pueden creer… No me encontraron metástasis en ningún lado!…

Cuando Camps se fue, Tagle se quedó un rato solo. Las sensaciones más contradictorias golpeaban su corazón.

Volvió a llamar a la secretaria:

– Por favor, que pase la señora Papaleo… Y dígale a Nora que enseguida la atiendo.

Ese día, sobre el escritorio quedaron las resonancias magnéticas que había llevado Camps y que demostraban la desaparición de la metástasis. Tagle las guardó muchos años, hasta que un día decidió deshacerse de ellas:

-Eran la prueba del éxito de la medicina, pero también eran el éxito de un hijo de puta. Se las di a un sobrino, para que las quemara.

Camps murió unos meses después. Según los diarios, como consecuencia de una metástasis en el hígado.

Tagle cuenta otra historia:

-Se murió porque se cayó. Tenía la costumbre de caminar descalzo en el piso de roble de eslavonia, donde había un montón de alfombritas. A él le encantaba andar en calzoncillos y en patas en la casa. Y yo le decía, mire Chicho déjese de joder porque va a patinar y en las personas con cáncer como el que le estamos tratando a usted, los huesos son muy lábiles, son huesos rígidos, no son elásticos… La esposa me decía, no hace caso, recibe gente, reuniones de vida o muerte así, en calzoncillos…Y un día, bum, se cayó para atrás pisando una alfombrita y se hizo una hematoma impresionante desde la nuca hasta el culo… Era todo violeta, todo sangrado… Hizo una embolia y se murió.

Finalmente, recibió a la muerte en calzoncillos.