Andrea junto a Alejo, su marido, en la cárcel de Ezeiza (Gentileza: Silvia Varela)
Andrea junto a Alejo, su marido, en la cárcel de Ezeiza (Gentileza: Silvia Varela)

Tres días antes de la detención de su hijo, Andrea fue al almacén y compró velas. Era abril de 2004, acababan de secuestrar y asesinar a Axel Blumberg y ella -que era viuda y madre de tres chicos- había decidido participar de lo que terminó siendo una marcha masiva para exigir seguridad. Después, firmó un petitorio en el que adhería, entre otros puntos, al pedido de penas más largas y duras para los delincuentes.

"Cuando detuvieron a mi hijo y lo llevaron al penal de Ezeiza, lo único que yo sabía de la cárcel era lo que había visto en Tumberos", cuenta Andrea Casamento (53) a Infobae. Esa noche, Andrea llegó a la comisaría creyendo que Juan, su hijo mayor, había tenido un accidente o que lo habían secuestrado y no se lo habían querido contar por teléfono. Pero Juan, que tenía 18 años y acababa de terminar el secundario, estaba detenido e incomunicado.

Ahora, a los 53 años, Andrea preside una asociación de familias de detenidos (Martín Rosenzveig).
Ahora, a los 53 años, Andrea preside una asociación de familias de detenidos (Martín Rosenzveig).

Unas horas antes, Juan había salido de un bar en Plaza Serrano junto a una compañera del colegio, de 17 años. Estaban por subir a un taxi cuando un hombre entró al mismo bar con un cuchillo Tramontina, amenazó a los mozos y robó cuatro empanadas. Alguien gritó "¡Me están robando!" y un policía de civil que estaba en el kiosco de la esquina creyó que Juan y su amiga eran los ladrones y estaban intentando escapar en taxi. Como el robo había sido en un bar lleno de gente y creían que el ladrón que había escapado estaba con ellos, los acusaron de "robo en poblado y en banda".

En Tribunales, se enteró de que la adolescente iba a ser trasladada a un Instituto de menores y su hijo, al penal de máxima seguridad de Ezeiza. "Me volví loca. Pensaba que iba a ser como en las películas, que se paga una fianza y volvés a tu casa, pero no. Exigí hablar con el juez, le dije que nosotros éramos una familia de bien, que yo había sido la mujer de un médico, que éramos trabajadores, no como 'esos' que salen a robar. En esa época yo tenía todos los prejuicios".

El juez le contestó: "Mire señora, yo no quiero una marcha contra la inseguridad acá en la puerta y no quiero salir en los diarios por haber soltado a un delincuente. Hasta no estar seguro, no lo voy a liberar". Andrea miró por la ventana del despacho: se vio, tres días antes, marchando con la vela blanca en la mano.

En Tribunales también esperaba la madre de la chica: "El defensor oficial que le tocó le dijo que si su hija le echaba la culpa al mío, se iba a casa. Por suerte no lo hizo, ella también le decía que era un error". Andrea persiguió en auto la camioneta del Servicio Penitenciario Federal en la que trasladaron a Juan. Ese día pasó a formar parte de "las mujeres de la fila" -madres y esposas de presos- y tuvo que aprender, aceleradamente, las nuevas reglas y códigos que iban a regir su vida.

Supo que no podía llevarle a su hijo ropa oscura, camuflada ni remeras sin mangas. Que ya no podía cocinarle comida rellena: ni ravioles, ni facturas ni tortas. Que, a partir de ese momento, iba a tener que desnudarse en las requisas para visitarlo. "No me importaba nada, sólo necesitaba verlo. ¿Viste que cuando nace tu hijo lo mirás todo, a ver si tiene los deditos, las uñas? Bueno, yo lo miraba de arriba abajo, como a un recién nacido. Creía que si lo lastimaban, no me lo iba a decir".

Andrea empezó a ir al penal incluso los días en que las visitas no estaban permitidas. Cuando le decían "señora, usted sabe que hoy no se puede", ella les contestaba: "Cuando ustedes saquen a mi hijo en un bolsa negra, su mamá va a estar acá. Una locura -dice ahora, 13 años después-pero era horrible. Sentía que me lo habían arrancado de las entrañas, que me lo habían secuestrado". Juan la llamaba todos los días. Hasta que un día, no llamó.

"Pensé que lo habían matado. Fui a la cárcel y me contestaron 'es un preso, vaya a averiguar al juzgado', pero los juzgados cierran al mediodía. Me temblaba todo el cuerpo y no tenía a quién preguntarle si mi hijo estaba vivo". La idea que se lo ocurrió modificó, otra vez, el curso de su vida. 

Andrea llamó a un amigo que tenía un hermano preso, aunque en otro módulo. Le rogó que hablara con él y le pidiera que rastreara a Juan. Desde "el adentro", Alejo investigó y la llamó: le habían querido robar las zapatillas, había tenido una pelea y lo habían metido en un "buzón", que es una celda de castigo.

"Hasta ese momento, yo sólo firmaba boletines, nunca había firmado un acta judicial. ¿Cómo iba a saber lo que era un buzón?". Alejo -que estaba cumpliendo una condena de 16 años por haber robado y reincidido- comenzó a llamarla todos los días: "Yo le pedía consejos y él me decía: 'Llevale una manta y decile que, siempre que baje al patio, tenga la manta mojada. Si alguien lo quiere apuñalar, la manta mojada tiene más peso para defenderse'. Y yo, que le había enseñado a andar en bicicleta con rueditas, de repente me vi cortando mi colcha Palette al medio, porque una de dos plazas no te dejan entrar".

Alejo siguió llamando: cuando Andrea lloraba, le pedía que fuera a Parque Centenario y se comprara un libro. Andrea lo hacía y le leía por teléfono. Cuando le preguntó cómo podía agradecerle por haberla ayudado con Juan, él le contó que hacía dos años que no veía a su hija. Andrea fue a hablar con su ex mujer, Alejo volvió a ver a la nena. Cuando él le propuso que se conocieran personalmente, Andrea dudó: "Ya me había dado cuenta de que me pasaba algo con él, sabía que si iba me iba a meter en problemas". A Alejo le faltaban cumplir 12 años de condena.

Cuando Juan llevaba seis meses en prisión preventiva, se fijó fecha para el juicio. "Lo tuve a Alejo del otro lado del teléfono durante todo el juicio. Le iba diciendo 'ahora van a un cuarto intermedio', ahora tal cosa. Y él me iba explicando qué significaba". A Juan lo absolvieron y quedó libre. La fiscal apeló, aunque no tuvo éxito: "Es muy loco. Son empleados judiciales, tendrían que estar ocupándose de cosas serias. Todo eso se hace con dinero público".

Cuando el juicio terminó, Alejo llamó desde el penal: "Bueno, nos acompañamos hasta acá. Que seas muy feliz", le dijo. Pero Andrea siguió yendo a verlo, a veces dos, a veces tres veces por semana. "Hasta que un día, como un año después, dijimos '¿Y si nos casamos?'. Como ella había sido catequista, él organizó una boda por iglesia en la cárcel.

"Cuando salí, había una señora esperándome, de las que siempre estábamos en la fila. Le dije: '¿Qué hacés acá? Si hoy no es día de visita'. Y me contestó: "Te estaba esperando, yo sé lo que es casarse y volver a casa sola". No había nadie más porque la madre y la hermana de Andrea pensaban que casarse con un preso era una locura. Al poco tiempo, Andrea quedó embarazada.

En la charla TED que dio la semana pasada en Tecnópolis frente a 10.000 personas.
En la charla TED que dio la semana pasada en Tecnópolis frente a 10.000 personas.

Joaquín nació en el Hospital Durand. A Alejo lo llevaron a conocerlo y le sacaron las esposas durante unos minutos para que pudiera alzarlo. "La verdad, no buscamos un hijo de manera directa pero con el tiempo entendí que de alguna forma yo necesitaba mostrar que ahí adentro había vida", reflexiona ahora.

Decirle dónde estaba su padre y por qué no vivía con ellos, no fue fácil: "Como era tan difícil explicárselo, yo no le explicaba nada". Pero cuando Joaquín iba a primer grado, la maestra la citó y le dijo que a su hijo le iba mal en la escuela porque había "una verdad no dicha". Andrea decidió contarle que su papá estaba preso: cuando el nene preguntó por qué, fue Alejo -que llamaba todos los días a la hora en que su hijo volvía del colegio- quién le contó la verdad.

La suma de todo lo que Andrea no supo hacer, la llevó a fundar la Asociación Familiares de Detenidos en Cárceles Federales (ACIFaD), por la que ya pasaron más de 10.000 familiares. En la ONG trabajan profesionales de distintas ramas con la idea de abordar el tema desde distintos ángulos: qué pasa con la Justicia, el trato en las celdas, qué les pasa a las mujeres de la fila, qué les pasa a los hijos en "el afuera". De eso habló en una charla que dio la semana pasada en "TED x Río de la Plata" ante 10.000 personas.

Junto a otros 10 países, empezaron a investigar cuántos niños y adolescentes tienen padres encarcelados (según una encuesta de la UCA habría unos 150.000). El objetivo es pensar cómo mitigar el impacto y evitar que sufran el estigma de ser "el hijo de" y les hagan bullying. Cómo, además, fortalecerlos y darles las respuestas que necesitan. Con ese fin, hicieron un documental, comenzaron una actividad en las cárceles -se llama "Jugando con papá"- y empezaron a trabajar el tema en Ciudad Oculta bajo un título: "El secreto".

A fin del año que viene, Alejo quedará en libertad. "Ser la mujer de un preso es fácil porque vos sos todo: sos la que va a verlo, la que le cocina, la que lo quiere en esas condiciones. La verdad, no sé si va a funcionar en 'el afuera' -cierra ella-. Pero si hay algo que aprendimos las mujeres de la fila es el desapego. Yo sé que tal vez no funcionemos como pareja en lo cotidiano pero también sé que hay alguien maravilloso e incondicional en nuestras vidas, y que eso sí es para siempre".