Las luces de Buenos Aires hipnotizan con su magia, pero no siempre sacan un conejo de la galera

Crónica de un porteño que, como tantos, se acerca a la luz como las mariposas, ¡y se quema!

La calle Corrientes, epicentro de la movida teatral porteña, y una sinfonía de luces (Nicolás Stulberg)

De noche, salgo a caminar.
No por la cintura cósmica del Sur, como cantaba Mercedes Sosa.

Apenitas por el centro.

En la calle Corrientes, la que nunca duerme, me detengo embelesado ante las marquesinas de los teatros.

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¡Qué explosión de luz!

Después, parado en el Obelisco y mirando hacia Callao… ¡un río de luces!

Que París ni que París…
Dicen que es la ciudad más y mejor iluminada del mundo… pero no les creo.

Se nota que los franceses no han visto las mil y una luminarias de Puerto Madero.
Ni las farolas de las plazas. Que a veces, por puro lujo, siguen encendidas de día…

También me encantan las pizzerías.
Cada una, adentro, es el desiderátum de los tubos fluorescentes.
Ciegan, casi.

Güerrin, una de las pizzerías clásicas del centro porteño (Nicolás Stulberg)

Deambulando sin rumbo fijo, llego a la avenida Santa Fe.
Entre Callao y hasta Plaza San Martín… ¡re paqueta!

La recorro, casi a medianoche, por sus dos veredas: Norte a Sur, Sur a Norte.
Me fascinan las luces de las vidrieras de las sastrerías de lujo, de los emporios de zapatillas de marca, de las boutiques.

Porque ya no son las luces comunes, previsibles, de hace unas décadas.
Son instalaciones lumínicas urdidas por ingenieros, arquitectos, decoradores, técnicos en iluminación.

Verdaderos seleccionados que logran milagros.

Luces directas. Indirectas. Desde los techos. Desde los pisos. De mil colores. Difusas algunas, reflectoras las otras.

Me siento en un parque de diversiones.
En un circo de tres pistas.
Como Truman Capote dijo de Marlon Brando, "un chico sentado sobre una enorme pila de caramelos".

Porque desde que, según la Biblia, el Creador dijo "Hágase la luz", y la luz se hizo, "y el Creador vio que la luz era cosa buena", no han pasado miles de millones de años al cuete.

Al fin y al cabo, Él sólo generó unas pocas luces: el sol, la luna, y algunas estrellas. Las más luminosas y visibles.

Pero nosotros (el Hombre) hicimos todas las demás y en sus mil variantes.

Al lado nuestro, el Creador… un poroto.

El Teatro Colón fue inaugurado en 1908 (Nicolás Stulberg)

Y por fin, como fin de fiesta, cada vez que puedo me asomo, en alguna visita guiada, al prócer de los coliseos nativos: ¡el Colón!

Es la frutilla del postre de mi larga y mágica caminata entre luces.

Porque a su histórica, mítica araña del siglo XIX, siete metros de diámetro, 1.300 kilos de peso… le han repuesto sus 735 lámparas repartidas en 12 tulipas.

Mirarla ahora, con todas encendidas a pleno, es casi una sesión de hipnosis.
Queda uno sin habla.
Como ante un tótem, una deidad, una nave extraterrestre.

Es una experiencia mística.
Luces de Buenos Aires…

Hasta Carlitos, el Mudo, el Zorzal, el Francesito, el Morocho del Abasto, les cantó como nadie:

"Ya adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos van marcando mi retorno"

Deberían ser declaradas, por calidad, cantidad, creatividad (y no sé cuántas "dad" más), la octava maravilla del mundo.

Y si ya hay una octava, la novena.

Pletórico, feliz, inundadas mis retinas de ese glorioso espectáculo, subo los seis pisos hasta mi departamento.

Por supuesto, linterna en mano.

Porque una vez más, como cada verano… ¡me cortaron la luz!

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