Los diagnósticos de autismo en adultos cambiaron de perfil en los últimos 15 años, según un estudio de BMJ Mental Health que analizó los registros de más de 33 millones de personas en Reino Unido y Suecia.
Mientras descendieron los antecedentes de epilepsia, psicosis y discapacidad intelectual, aumentaron los de ansiedad, depresión y trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH).
PUBLICIDAD
La investigación reabre una discusión que atraviesa a la clínica y a las familias: el aumento de las detecciones, ¿responde a una identificación más precisa de personas que antes quedaban fuera del diagnóstico, a una ampliación de los criterios en la práctica o a ambos fenómenos? Para el médico psiquiatra infantojuvenil Christian Plebst (MN 81.138), el trabajo refleja un cambio que observa desde hace décadas en los consultorios.
“Es muy interesante porque, para quienes somos clínicos y estamos hace 30 años en esta temática, va convalidando algo que uno presiente desde hace tiempo”, afirmó consultado por Infobae. Desde su perspectiva, los perfiles que se diagnosticaban tiempo atrás solían presentar con más frecuencia condiciones del neurodesarrollo más visibles, mientras que hoy llegan a evaluación trayectorias más diversas.
El estudio incluyó a más de 33 millones de adultos de Reino Unido y Suecia
El trabajo examinó registros de atención primaria de Reino Unido entre 2010 y 2023, y bases poblacionales de Suecia entre 2010 y 2021. En total, abarcó a 24.537.039 adultos en el primer país, incluidos 141.119 con diagnóstico de autismo, y a 9.096.874 en el segundo, entre quienes se identificaron 100.817 diagnósticos.
PUBLICIDAD
Los nuevos diagnósticos en adultos eran inicialmente más frecuentes en Suecia. Sin embargo, el crecimiento se aceleró en Reino Unido después de 2020. Allí, la incidencia anual pasó de 6 a 64 casos por cada 100.000 habitantes entre 2010 y 2023. En Suecia, subió de 43 a 65 por cada 100.000 entre 2010 y 2021.
El incremento fue más pronunciado entre los jóvenes de 16 a 20 años y entre las mujeres. En esa franja etaria, la prevalencia registrada alcanzó el 4,1% en ambos países.
Plebst consideró que estos datos permiten revisar una imagen única del diagnóstico. Según explicó, las dificultades para procesar e integrar información sensorial, afectiva y motriz pueden expresarse de maneras distintas a lo largo del desarrollo y requieren observar la trayectoria de cada persona.
PUBLICIDAD
La ansiedad pasó del 28,7% al 58,3% entre los adultos recién diagnosticados
El cambio más marcado se observó en los antecedentes clínicos de quienes recibieron un diagnóstico de autismo en la adultez. En Reino Unido, la proporción con antecedentes de epilepsia descendió del 10% al 4% entre 2010 y 2023. Durante el mismo período, los antecedentes de ansiedad aumentaron del 28,7% al 58,3%.
También crecieron los registros previos de depresión, TDAH y otras condiciones de salud mental. Las tendencias fueron similares en Suecia y, en líneas generales, se repitieron entre mujeres y hombres.
La científica del comportamiento Hannah Bowers, del Centro de Investigación de Atención Primaria de la Universidad de Southampton, señaló que los resultados muestran la complejidad de la atención sanitaria de los adultos autistas. En su análisis, los servicios de atención primaria, salud mental y autismo deberían actuar de manera coordinada, porque las dificultades suelen presentarse de forma interrelacionada.
PUBLICIDAD
Los datos no implican que la ansiedad, la depresión o el TDAH reemplacen al autismo. Se trata de condiciones que pueden coexistir. Para Monique Botha, profesora asociada de Psicología Social y del Desarrollo de la Universidad de Durham, los historiales psiquiátricos más extensos en adultos diagnosticados tardíamente también pueden reflejar años de falta de reconocimiento, exclusión y acceso desigual a los servicios de salud.
Mujeres y jóvenes concentran el crecimiento de los nuevos diagnósticos
La mayor expansión de los diagnósticos entre mujeres es uno de los puntos centrales del estudio. Rachel Moseley, directora académica de Psicología de la Universidad de Bournemouth, sostuvo que los equipos de salud tienen hoy mayores herramientas para reconocer manifestaciones de autismo que antes quedaban fuera de los criterios aplicados, entre ellas las de niñas, mujeres y personas asignadas mujeres al nacer.
También mencionó que desde 2013 se reconoce de manera explícita la posibilidad de que una persona tenga autismo y TDAH al mismo tiempo. Ese cambio puede haber contribuido a ampliar los perfiles incluidos en estudios y registros sanitarios.
PUBLICIDAD
Plebst coincidió en que el diagnóstico no puede reducirse a un listado fijo de conductas. En su mirada, cada evaluación debería considerar el desarrollo de la persona, sus dificultades de aprendizaje, atención, comunicación y autorregulación, además del contexto en el que esas experiencias se manifiestan.
A la vez, planteó reparos sobre lo que define como una tendencia a diagnosticar con rapidez. “Hoy los niños están naciendo con dificultades de atención, de concentración y aspectos del entorno” que, según su interpretación clínica, pueden favorecer cuadros que cumplen criterios de autismo, afirmó.
El estudio no permite determinar si existe sobrediagnóstico
Los autores advirtieron que sus datos no permiten establecer una causa única para el cambio de perfiles. Entre las explicaciones posibles mencionaron una detección más precisa de casos menos evidentes, modificaciones en las prácticas diagnósticas y el aumento de problemas de salud mental en la población general, aunque este último fue menor que entre los adultos con autismo.
PUBLICIDAD
La profesora emérita de Desarrollo Cognitivo de University College London, Uta Frith, destacó que la investigación confirma una diversificación de la población diagnosticada y una diferencia entre los casos identificados temprano y aquellos que se detectan más tarde.
Botha, por su parte, cuestionó que las mayores tasas de ansiedad y depresión se interpreten de modo automático como una sobreinclusión diagnóstica. Recordó que esas dificultades están documentadas en población autista y que el estudio no mide demoras en el diagnóstico, experiencias de victimización, acceso a la atención psiquiátrica ni otros determinantes sociales de la salud mental.
Moseley también remarcó que los resultados no prueban un sobrediagnóstico. Para la especialista, una mejor identificación de personas que reúnen criterios clínicos puede facilitar el acceso a apoyos adecuados.
PUBLICIDAD
La advertencia de Plebst se ubica en otro plano. El psiquiatra pidió evitar que “cualquier atipicidad” se convierta en una etiqueta clínica y sostuvo que las evaluaciones deben distinguir entre las diferencias individuales y las situaciones que generan un deterioro significativo. El estudio, sin embargo, no permite confirmar ni descartar por sí mismo que haya una expansión excesiva de los diagnósticos.
La expresión de las dificultades según el entorno
En sus declaraciones a Infobae, Plebst definió al autismo como un diagnóstico del desarrollo, cuya expresión puede variar. Sostuvo que los niños pueden nacer con vulnerabilidades biológicas, genéticas o vinculadas al procesamiento sensorial, y que el entorno puede influir en la intensidad con la que aparecen ciertas dificultades.
El especialista mencionó como preocupaciones clínicas que en la actualidad pueden ser determinantes la sobreestimulación, la rigidez de los entornos de crianza, el estrés familiar y la exposición temprana a pantallas. También planteó que los abordajes deben adaptarse a las necesidades sensoriales, afectivas, motrices, sociales y cognitivas de cada niño.
En una entrevista anterior publicada por Infobae, Plebst había descrito al autismo como un “síndrome conductual” al que se puede llegar por múltiples caminos, entre ellos factores biológicos, genéticos, congénitos, ambientales y sociales. En aquella oportunidad también cuestionó los tratamientos uniformes y propuso acompañamientos personalizados, junto con inclusión educativa y redes de apoyo para las familias.
El rol de los sistemas de salud ante perfiles cada vez más diversos
Las conclusiones del trabajo apuntan a un desafío asistencial. Los servicios destinados a personas autistas deben contemplar que una parte creciente de quienes reciben el diagnóstico en la adultez llega con antecedentes de ansiedad, depresión, TDAH u otras condiciones que requieren atención simultánea.
Bowers planteó la necesidad de una mayor integración entre la atención primaria, la salud mental y los dispositivos especializados. Botha enfatizó que las desigualdades en la derivación, la evaluación y el acceso al apoyo merecen mayor investigación.
Plebst, en tanto, insistió en que los tratamientos deben evitar respuestas mecánicas y tener en cuenta las particularidades de cada trayectoria. El estudio no redefine la categoría clínica de autismo, pero muestra que bajo ese diagnóstico conviven experiencias, edades de detección y necesidades de apoyo muy diferentes.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD