El estrógeno lleva décadas siendo considerado una hormona reproductiva. La neurociencia contemporánea lo reposiciona como un regulador activo del cerebro femenino a lo largo de toda la vida, desde la primera menstruación hasta los años posteriores a la menopausia, con implicaciones directas sobre la memoria, la cognición y el riesgo de demencia.
El cerebro es uno de los órganos más sensibles a esta hormona. El estrógeno atraviesa la barrera hematoencefálica con facilidad porque es lipofílico, es decir, se disuelve en grasas, y el cerebro está compuesto en aproximadamente un 60% de tejido graso.
PUBLICIDAD
Una vez dentro, actúa sobre receptores distribuidos en regiones específicas, refuerza la plasticidad sináptica, estimula el crecimiento neuronal en el hipocampo y protege a las neuronas frente a daños por estrés oxidativo, isquemia y depósitos de beta-amiloide, una proteína vinculada al Alzheimer. Así lo describe el neurólogo Victor W. Henderson, de la Universidad de Stanford, en un artículo publicado en Clinical Obstetrics and Gynecology.
A lo largo del ciclo menstrual, el estradiol —la forma más activa del estrógeno— fluctúa de forma predecible: sube durante la fase folicular, alcanza su pico antes de la ovulación y cae durante la fase lútea. Estas oscilaciones no son triviales para el cerebro.
Katrina Milbocker, investigadora posdoctoral de la Universidad de Delaware, demostró en un estudio publicado en Brain Communications que esas variaciones hormonales producen cambios mecánicos medibles en el hipocampo de ratas mediante una técnica de imagen llamada elastografía por resonancia magnética.
PUBLICIDAD
El equipo sospecha que la caída sostenida de estrógeno al inicio de la menopausia podría generar un “estado de bloqueo” que contribuye a la niebla mental que muchas mujeres reportan en esa etapa.
La acumulación de exposición hormonal a lo largo de la vida también tendría efectos protectores sobre la estructura cerebral.
Un equipo de la Universidad de Kansas analizó datos de 459 mujeres de entre 65 y 80 años y encontró que quienes habían usado anticonceptivos hormonales en la adultez temprana y terapia hormonal durante la menopausia presentaban mayores volúmenes en regiones cerebrales clave para la memoria y la cognición.
PUBLICIDAD
Además, las mujeres que atravesaron la menopausia a una edad más tardía —y por lo tanto mantuvieron niveles naturales de estrógeno por más tiempo— mostraron mayor grosor cortical en áreas vulnerables al Alzheimer, según los resultados publicados en NeuroImage. “El estrógeno es neuroprotector”, afirmó Amber Watts, profesora de psicología y coautora del estudio, en declaraciones recogidas por la Universidad de Kansas.
El momento en que se inicia la terapia hormonal parece ser tan determinante como la terapia en sí. Henderson señala que en mujeres que atraviesan una menopausia quirúrgica abrupta, la administración inmediata de estrógeno mejora la memoria episódica verbal en el corto plazo. Sin embargo, cuando la terapia se inicia en mujeres mayores de 65 años, el panorama cambia.
El Estudio de Memoria de la Iniciativa de Salud de las Mujeres (WHIMS, por sus siglas en inglés) detectó que la terapia hormonal iniciada a esa edad no mejoró la cognición y, en cambio, estuvo asociada a un aumento del riesgo de demencia: el doble en el grupo que recibió estrógeno más progestina, y un 50% más en el grupo con estrógeno solo.
PUBLICIDAD
Watts, cuya investigación aparece recogida en la web de la Universidad de Kansas, advierte que los resultados del WHIMS generaron durante años un rechazo injustificado a la terapia hormonal, sin considerar que sus participantes tenían más de 64 años y habían iniciado el tratamiento décadas después de la menopausia.
La edad de inicio, concluyen los investigadores, es una variable que no puede ignorarse al evaluar los riesgos y beneficios del estrógeno sobre el cerebro.
Las preguntas abiertas son aún numerosas. Se desconoce si existe una “ventana crítica” en la que el estrógeno protege frente al Alzheimer, y los efectos de los moduladores selectivos de receptores estrogénicos —como el tamoxifeno y el raloxifeno— sobre la cognición tampoco están bien estudiados.
PUBLICIDAD
El equipo de Delaware trabaja ya en modelos animales de menopausia para mapear esos cambios con mayor precisión, con la meta de que la elastografía por resonancia magnética pueda incorporarse a exámenes de rutina en menos de un minuto adicional de escaneo.
PUBLICIDAD