La diabetes tipo 1 atraviesa la vida escolar en escenas cotidianas: un alumno que necesita medirse la glucemia en clase, comer antes que el resto, usar un sensor con alarma o aplicarse insulina durante la jornada. A eso se suman episodios que exigen una reacción rápida, como una hipoglucemia. Frente a esas situaciones, las escuelas incorporan herramientas para identificar la enfermedad, acompañar a los alumnos y actuar ante emergencias.
En Argentina, esa necesidad empezó a traducirse en una propuesta de educación sobre diabetes que ya pasó por 175 escuelas y alcanzó a más de 4.300 estudiantes y casi 2.900 docentes. El objetivo es evitar que una alarma de sensor, una colación fuera de horario o una baja de azúcar encuentren a la comunidad educativa sin herramientas para entender qué ocurre y cómo responder.
Qué enseña la capacitación en las escuelas
La iniciativa es impulsada en el país por la Sociedad Argentina de Diabetes a través de su Comité de Pediatría, con una adaptación local de un programa internacional creado por la Federación Internacional de Diabetes y la Sociedad Internacional de Diabetes Pediátrica y Adolescente. Según los datos difundidos por la entidad, desde su puesta en marcha, el programa SENDAS alcanzó a 4.323 alumnos y capacitó a 2.881 docentes en 12 provincias.
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“La escuela ocupa una enorme cantidad de horas en la vida de un niño y, cuando ese niño tiene diabetes tipo 1, es fundamental que se desarrolle en un entorno informado, que pueda acompañarlo y sepa cómo responder ante situaciones vinculadas a la diabetes”, señala Florencia Grabois, pediatra, especialista en nutrición infantil y coordinadora del programa.
La médica planteó que la formación no se limita al alumno que atraviesa el diagnóstico, sino que alcanza al resto del curso, al equipo docente y a las familias. En ese esquema, la educación sobre diabetes también funciona como una vía para reducir estigmas y ordenar respuestas frente a prácticas que forman parte de la rutina de cuidado.
En las capacitaciones aparecen escenas habituales de la vida escolar que, sin información previa, pueden abrir confusión: un alumno que come antes que el resto, otro que se aparta unos minutos para medirse la glucosa, una alarma que suena en medio de la clase o una descompensación durante educación física. A partir de esas situaciones, el trabajo busca responder preguntas frecuentes dentro de la escuela: si la enfermedad se contagia, si un alumno puede hacer deporte o qué medidas tomar ante una baja de glucosa. Uno de los ejes centrales es que el personal escolar pueda identificar una hipoglucemia y sepa cómo intervenir.
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La propuesta incluye talleres para chicos, padres y docentes, además de materiales específicos y un kit de uso inicial para episodios de hipoglucemia en el aula. La intención es construir entornos más previsibles para los alumnos con diabetes tipo 1, sin que su tratamiento quede por fuera de la vida escolar.
Grabois sostuvo que “un niño con diabetes puede aprender, jugar, hacer deporte, ir de excursión y participar de las actividades escolares como el resto de sus compañeros; solo necesita que los adultos y alumnos que lo rodean estén informados y sepan cómo acompañarlo”. La especialista añadió que muchas de las situaciones que generan temor se ordenan cuando la escuela dispone de herramientas básicas de autocuidado.
Por qué el tema excede un caso individual
El problema no se agota en los chicos que ya tienen diagnóstico. Los datos de contexto muestran que la diabetes también avanza como un desafío de salud pública más amplio. De acuerdo con el Atlas 2025 de la Federación Internacional de Diabetes, en Argentina viven con la enfermedad cerca de 4,3 millones de adultos de entre 20 y 79 años, y el 29,1% aún no sabe que la tiene. La entidad proyecta que la cifra llegará a 5,9 millones en 2050.
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Esas cifras reúnen los casos de diabetes tipo 1 y tipo 2. En la primera, el organismo no produce insulina y la persona necesita administrársela todos los días. Como suele aparecer en la infancia, adolescencia o juventud, el ámbito escolar queda atravesado de forma directa por ese tratamiento, que exige controles de glucemia y decisiones cotidianas dentro del horario de clases.
La iniciativa también incorpora contenidos vinculados con hábitos saludables desde edades tempranas, en relación con factores de riesgo modificables asociados a la diabetes tipo 2. La Organización Mundial de la Salud señala que esa forma de la enfermedad está ligada en muchos casos al estilo de vida y que una parte de su carga puede prevenirse.
El crecimiento de la experiencia en el país fue progresivo. En 2019 alcanzó a dos escuelas y 48 chicos. Para 2023 ya se había extendido a 24 establecimientos y 800 estudiantes. En seis años, la red llegó a 175 escuelas de 12 provincias.
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En 2025 se sumó una herramienta digital, la app SENDAS KIDS, con una prueba piloto en diez escuelas como complemento de las actividades presenciales. La organización informó que también mantiene capacitaciones para nuevos equipos de educadores en diabetes y que este año prevé presentar la evolución del trabajo realizado en congresos internacionales del área. La experiencia continúa su expansión en escuelas de distintas provincias.
La dificultad para detectar la diabetes entre los más jóvenes
El subdiagnóstico golpea con más fuerza en edades tempranas, justo en una etapa en la que reconocer síntomas y acceder a tratamiento puede cambiar la evolución de la enfermedad. Un estudio publicado el año pasado en The Lancet Diabetes & Endocrinology advirtió que el 57,8% de los jóvenes de entre 15 y 39 años con diabetes no sabe que tiene la enfermedad. La proporción baja al 37,6% entre los adultos de 40 a 64 años y al 19,7% en los mayores de 65.
El trabajo fue liderado por Lauryn Stafford, investigadora del Instituto de Métricas y Evaluación de la Salud de la Universidad de Washington, y mostró que el subdiagnóstico es más alto en edades tempranas, una etapa en la que la detección puede resultar clave para evitar complicaciones y acceder a tratamiento.
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