Los niños y adolescentes también sufren la soledad: cinco recomendaciones de la neurociencia para proteger la salud mental

La desconexión social puede afectar el desempeño escolar y los vínculos afectivos. En exclusiva para Infobae, Ineco brindó claves para un desarrollo emocional saludable

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El aislamiento emocional en la infancia causa alteraciones que afectan el desarrollo social, emocional y cognitivo de los chicos (Imagen Ilustrativa Infobae)

*Grupo INECO es una organización dedicada a la prevención, diagnóstico y tratamiento de enfermedades mentales. A través de su Fundación INECO, investiga el cerebro humano.

La soledad sostenida en niñas, niños y adolescentes no debe subestimarse: no es simplemente tristeza o desinterés ocasional; es una señal cerebral de alerta que puede alterar el desarrollo emocional, cognitivo y social.

“Desde INECO vemos cada vez más consultas vinculadas al aislamiento emocional en edades tempranas, lo que indica que se trata de una problemática actual y relevante”, explica la doctora Andrea Abadi, médica psiquiatra y directora del Departamento Infanto Juvenil de INECO.

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La soledad tiene eco cerebral

En plena infancia y adolescencia el cerebro está en constante reorganización: se refuerzan circuitos en la corteza prefrontal (planificación y control emocional), en el hipocampo (memoria y aprendizaje) y en la amígdala (respuesta emocional).

Durante la niñez y adolescencia, la soledad prolongada incrementa el cortisol y activa respuestas de estrés en el cerebro (Imagen Ilustrativa Infobae)

Cuando la soledad es prolongada, se activa el eje del estrés (HPA), lo que incrementa los niveles de cortisol y coloca al cerebro en un estado defensivo permanente. Esta respuesta sostenida afecta el correcto desarrollo neuronal y puede impactar la capacidad para resolver conflictos, prestar atención o gestionar emociones de forma adaptativa.

Impacto emocional, aprendizaje y vínculos

Muchos chicos y adolescentes que parecieran adaptarse bien en la escuela o en casa están atravesando una sensación intensa de soledad que no siempre es visible. Esta vivencia puede asociarse con síntomas como ansiedad, falta de motivación o baja autorregulación. Tal vez tengan buen rendimiento, pero sus conexiones afectivas están debilitadas, y el cerebro registra esa falta de pertenencia como una amenaza, interfiriendo con sus recursos emocionales y de aprendizaje.

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“Aunque no se note a simple vista, la soledad deja huellas en el cerebro que influyen en la forma en que un chico regula lo que siente, aprende y se vincula”, agrega la doctora Abadi.

Lo que muestra la evidencia científica

Diversos estudios han demostrado que, ante la soledad, una reducción del volumen cerebral en regiones específicas relacionadas con la memoria y la capacidad de autorregulación emocional.

Niños que parecen adaptarse en la escuela pueden vivir intensa soledad, mostrando ansiedad, baja motivación o poca autorregulación (Imagen ilustrativa Infobae)

Además, se observa una conectividad alterada entre las áreas del cerebro responsables de procesar aspectos sociales y emocionales, lo que puede dificultar la empatía y la calidad de la interacción con los demás.

La activación crónica del estrés genera respuestas inflamatorias sostenidas que afectan negativamente la neuroplasticidad, es decir, la capacidad del cerebro para adaptarse y reorganizarse, así como la atención sostenida, fundamental para el funcionamiento cotidiano.

Finalmente, estas alteraciones aumentan el riesgo de desarrollar síntomas depresivos y ansiosos, incluso en personas que no presentan cuadros clínicos claros o diagnosticados formalmente.

Cinco recomendaciones

Las siguientes son algunas claves para acompañar el desarrollo emocional y prevenir los efectos de la soledad en el cerebro en crecimiento:

También es útil participar de proyectos comunitarios donde los chicos y adolescentes puedan sentirse parte de algo significativo.

Este efecto se produce aun cuando no tengan palabras claras para describirlo.

Observar retraimiento, humor bajo o desmotivación como señales que ameritan escucha y acompañamiento interdisciplinario.

Fomentar conversaciones cara a cara, actividades al aire libre o dinámicas grupales en lugar de pantallas solitarias.

La arteterapia, la psicoterapia o los abordajes integrales pueden ayudar a reconstruir redes afectivas e internas de regulación emocional.

La infancia y la adolescencia son etapas en las que el vínculo marca la forma en que se aprende, se siente y se regula. Si la soledad se vuelve crónica, el cerebro registra esa desconexión como una amenaza constante. Apostar por entornos seguros, sensibles y conectados no es solo una cuestión emocional: es un cuidado cerebral profundo que puede transformar la trayectoria de una vida.

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