
Sin corazón no hay cerebro y sin cerebro no hay corazón. Cerebro y corazón tienen una relación simbiótica, no pueden vivir uno sin el otro. El corazón le lleva sangre con oxígeno y nutrientes al cerebro para que despliegue la fabulosa función como una de las estructuras más complejas del universo.
El cerebro inerva al corazón por intermedio de señales nerviosas que transmiten funciones, como incrementar la frecuencia de latidos, o comunicarle estados de ánimo, como ira, depresión, hostilidad, euforia o alegría. Esto ha generado que el corazón se transforme, a lo largo de la historia de la humanidad, en la sede de las emociones.
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Para el médico cardiólogo Jorge Tartaglione (MN 67.502), “existe una vinculación directa entre el cerebro y el corazón. No pueden vivir uno sin el otro. Uno lo inerva (el cerebro al corazón) y el otro lo irriga. Ambos comparten los mismos mismos factores de riesgo que tienen las enfermedades cerebrovasculares y las cardiovasculares: el tabaquismo, la hipertensión, el colesterol, la obesidad, el estrés, la diabetes”.

Según explicó a Infobae el presidente de la Fundación Cardiológica Argentina (FCA), “el cerebro tiene una acción directa sobre el corazón, que es muy interesante”. “Porque le va a transmitir las emociones y todo aquello que nosotros percibimos a nuestro alrededor. Si la relación entre el cerebro y el corazón es amistosa, el corazón no se va a enfermar. Pero si la relación entre el cerebro y el corazón es turbulenta, tumultuosa, se puede enfermar”, sostuvo el especialista, quien señaló que “la ira, la bronca, la ansiedad, el estrés, la depresión que gran parte se genera en el cerebro, como las emociones, van a percutir y las va a sufrir el corazón. Las emociones se generan en el cerebro, pero las sufre el corazón”.
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“Un ataque de ira, un estrés agudo, como el que se vive en un partido de fútbol o hasta en un ataque terrorista o un terremoto, produce una sobrecarga absoluta de cortisol (la hormona del estrés) y de neurotransmisores, la noradrenalina y la adrenalina, a través de nuestro cerebro que impacta sobre nuestro corazón -explicó Tartaglione-. Esto puede generar, por ejemplo, que se cierre de forma abrupta una arteria y provocarnos un infarto”.
Según el especialista, también existe el estrés crónico, ese que se va generando como una olla a presión que produce una carga aerostática que lleva a liberar de manera crónica neurotransmisores y hormonas del estrés que impactan sobre el corazón. La pérdida de un familiar querido, un divorcio, una crisis socioeconómica, vivir en un barrio desaventajado o incluso la pobreza, son ejemplos de estrés crónico.
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"Lo que es bueno para el corazón, lo es también para el cerebro. No sólo porque, como se dijo, controlar los factores de riesgo cardiovascular es beneficioso para la salud cerebral; sino también porque el apoyo social, igual que el optimismo, tienen un gran impacto en el sistema inmunológico, cumpliendo un rol protector en el ser humano", agregó.
Vías de comunicación
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“Las vías de comunicación entre estos dos órganos vitales para la superveniencia son la sangre y los nervios. Por la sangre viajan moléculas químicas neurotransmisoras, como las citoquinas, con mensajes en forma bidireccional entre el cerebro y el corazón. Por la vía nerviosa se comunican por intermedio del sistema nervioso autónomo, encargado de regular funciones corporales involuntarias, como la frecuencia cardíaca o la respiración”, explicó Tartaglione en su libro El cerebro que late.

El experto añadió que el sistema nervioso autónomo tiene dos ramas, la simpática implicada en actividades que requieren gasto de energía y preparación del cuerpo para reaccionar ante una situación de estrés; y otra parasimpática que mantiene al cuerpo en situaciones normales, luego de haber pasado la situación de estrés. Ambas ramas trabajan como las riendas de un caballo, deben estar parejas para que funcionen de manera correcta.
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“Por otro lado, son curiosas las conexiones que existen entre marcadores bioquímicos que acercan las células del cerebro con las del corazón, ambas tienen una particularidad, son células especializadas porque están diseñadas para realizar funciones específicas y con capacidad de despolarizarse. La creatinkinasa (CK) es una enzima que tiene dos subunidades, la B, de «brain» (cerebro) y M, de «músculo»; se llaman así porque se encuentran preferentemente en el cerebro y los músculos. Pero existe una tercera subunidad de composición mixta, la CK-MB, que se localiza casi exclusivamente en el músculo cardíaco. Parece que el corazón se encontrara enzimáticamente a medio camino entre el cerebro y los demás músculos”, finalizó.
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