De símbolo sexual a una nueva mirada del amor: Gerardo Romano habló del deseo a los 79, el paso del tiempo y su lucha contra la enfermedad

En Desencriptados, el actor reflexionó sobre la sexualidad en la madurez, el impacto del Parkinson en su rutina diaria y el episodio que lo llevó a ser internado tras un encuentro íntimo. Además, recordó el momento que cambió el rumbo de su historia para siempre, compartió su visión sobre los vínculos y la fidelidad, y reveló cómo atraviesa esta etapa de su vida mientras protagoniza una obra en calle Corrientes

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“Dejé de tomar Viagra”, confesó Gerardo Romano sin rodeos, al hablar sobre sexualidad, deseo y el paso del tiempo. Durante una extensa charla en Desencriptados, el ciclo de entrevistas de Infobae, el actor repasó su vida profesional, su presente sentimental, las transformaciones del deseo con la edad y su experiencia enfrentando el Parkinson.

Gerardo es uno de los actores más reconocidos y polémicos de la Argentina. Estudió abogacía y trabajó en el Ministerio de Justicia antes de iniciar una extensa carrera artística que lo convirtió en una figura central del cine, el teatro y la televisión argentina. Participó en éxitos como El Marginal, Policías, Sin condena y La fuga, y se destacó por sus personajes intensos, temperamentales y muchas veces asociados al rol de villano.

En los últimos años volvió a ocupar el centro de la escena tras revelar públicamente que padece Parkinson, enfermedad que enfrenta con una rutina estricta de ejercicio, natación sin dejar de lado el trabajo teatral. Actualmente, protagoniza la obra El Secreto, dirigida por Manuel González Gil, que reúne a un elenco integrado por Ana María Picchio, Gabriela Sari y Rodrigo Noya. La obra combina humor, drama y tensiones de pareja alrededor de secretos que salen a la luz.

Desencriptados - Gerardo Romano
Gerardo Romano: “Hoy el sexo tiene otra dimensión: la ternura, las caricias y el abrazo”. (Maximiliano Luna)

—Tu historia es fascinante: jugabas al rugby, trabajabas en el Ministerio de Justicia y sos abogado. Pero algo cambió y tu vida dio un giro. ¿Cómo fue eso?

—Vino la dictadura y yo militaba, que es otro dato de mi vida. Era el rugby, el Ministerio de Justicia, o sea, la abogacía y la militancia. Y el 24 de marzo del 76 se acabó la joda, empezó la dictadura y se acabó la militancia. Y se acabó el rugby también porque ya tenía 30 y la vejez deportiva es temprana. Ahí apareció el teatro…

—¿Alguien te había dicho: “Tenés pasta para actor” o fue una inquietud tuya?

—Sí, me habían dicho. Yo había navegado en las aguas de la ficción, de la actuación de chico, sin darme cuenta, porque iba mucho a un cine que se llamaba Cataluña, que después se llamó Cosmos 70, en Corrientes y Junín. Iba todos los sábados con una abuela que tenía a la función noche, que era a las 19.30. Eran tres películas de largometraje. Tres al hilo y acto vivo, que era un señor que entraba antes de la última película, la de fondo, digamos. Entraba con una guitarra y tocaba algo. Todos le gritaban: “Burro, put*”. Le tiraban cosas…

—¿Era parte del folclore putearlo?

—Sí, era regla... Acto vivo se llamaba, por obvias razones. Y era una ley que había sacado el gobierno peronista para que los artistas tuvieran trabajo. Porque el cine los estaba desplazando y convirtiendo los teatros en cines. A los 15 años dejé de ir al cine. Pero había visto 1.440 títulos de cine americano de posguerra.

—¿Sentís que ver tanto cine te enseñó a actuar? Porque yo creo que muchos nacen siendo actores. Hay tipos que ya eran así...

—Sí, pero ese “nacen” que decís es entre comillas. El mejor actor es el que tiene mayor posibilidades de identificación. No solamente lo aprendés de la realidad fáctica, sino de la ficción. Si uno ve ficción, aprende a actuar de la ficción, ve situaciones que uno nunca había vivido y se va nutriendo. Es un poco de las dos cosas.

—¿Qué te motiva hoy en día cuando tenés que interpretar a un nuevo personaje? Porque ya lo viviste muchas veces ese círculo: te dan el guion, arrancás de cero y de golpe te lo empezás a imaginar en tu cabeza.

—Y el caché me motiva, el director... Que es dios dentro de la grabación porque define y decide. No recuerdo si me ha pasado, pero puede haber algún elemento actoral disruptivo de suficiente envergadura como para que no te den ganas de estar con un hinchapelotas al lado pasándola mal, qué sé yo...

Vivir con Parkinson: estrategias, miedos y el valor de compartir la experiencia

—¿Cómo está tu salud?

—Tengo un diagnóstico pesado médico: el Parkinson, que es una enfermedad pesada. Pesada porque produce un dolor psíquico importante. Por supuesto que no hay un solo nivel, hay diferentes niveles según la gravedad.

—¿Vos en qué nivel estarías?

—No sé porque no conozco tanto. Pero lo que me ha tocado bastante suave, leve en relación a otros casos que he visto y que me asustan.

—¿Y te dijeron que puede seguir avanzando?

—Claro, sigue avanzando. Por eso te digo que es didáctico. No te dan ganas de ir a una filmación a boludear al director.

—Me dijiste recién “es un dolor psíquico”, pero se te ve impecable.

—Porque me rompo el cul* para estarlo.

—¿Qué es lo que hacés para mantenerte activo?

—Y ahora a las cuatro de la tarde voy a natación y nado un kilómetro. El miércoles y el viernes hago lo mismo. Estiro, voy al gimnasio, toco la guitarra, el piano, canto…

—¿Todo eso son cosas que te recomendaron hacer o las hacías antes?

—Es por orden, por mantener la digitación… A veces pienso que es como el tipo que está pescando y le dicen: “No, acá no hay pesca”. ¿Para qué me cago la mañana? Yo lo estaba pasándolo bárbaro. Si no me sirve, especialmente la natación, la bicicleta, qué sé yo, no me lo digas. A mí me hace bien. No tengo certeza absoluta de que el resultado sea óptimo. Lo que sí sé es que la enfermedad es neurodegenerativa y que hay un tiempo limitado. Eso implica que no se puede derrochar.

—¿Te da miedo a dónde puede llegar o lo que te puede pasar en un futuro inmediato?

—Sí. Pero no tengo más que trabajar en esto que te cuento que hago. Ya de por sí es bastante raro estar haciendo teatro comercial protagonizando en la calle Corrientes...

—Debés ser el único en Argentina que hizo eso.

—No sé de ningún actor, ni de esta generación ni de la anterior, que lo haya hecho. Y acepté porque la gente se me acerca mucho. Como yo lo confesé... De hecho, estamos hablando públicamente. La gente se me acerca mucho y noto que compartirlo genera una empatía y una mirada más optimista respecto de las cosas que nos pasan a todos. También he descubierto que lo que más bien me hace es hacer algo por el otro. O sea, que venga un tipo y me diga: “Tengo Parkinson, necesito hablar y compartirlo”. Me sale decirle: “¿Dónde te veo?” “En el Bajo Flores”. Y voy, tengo la charla y te cambia la óptica. Por eso digo que es muy didáctico.

Desencriptados - Gerardo Romano
“Nada es para siempre”, la reflexión del actor en diálogo con Rulo. (Maximiliano Luna)

Parejas, deseo y vínculos en la madurez

—¿Estás en pareja?

—Sí.

—¿Tenés novia?

—Sí.

—No sabía.

—Sí, yo tampoco.

—¡¿Cómo que vos tampoco?! (risas)

—Y qué sé yo. No es una situación en la que uno se avive rápidamente (risas).

—Te cae la ficha un día...

—Y ya es tarde.

—¿Hace cuánto estás?

—No llevo la cuenta, pero hace un tiempo.

—Nunca estuviste solo vos, ni un minuto, ¿no?

—Sí he estado solo. Si todo fluye muy acaudaladamente, la soledad está buena. Pero depende de las etapas de la vida.

—¿Qué buscas en una relación ahora? Me imagino compañía y pasarla bien.

—Sí, pasarla bien. Sexo, menos…

—Igual con lo que garch*ste vos ya está igual, no? Ya cumpliste la cuota.

—Si cumpliste la cuota, estás listo. Lo que pasa es que ya empieza a aparecer el sexo con otra dimensión. La ternura, las caricias, el abrazo, la penetración. Todo se redimensiona. Y es atractivo igual o más atractivo. Porque en el momento del orgasmo, es un quilombo, te suenan los tambores, las bengalas. Es un momento medio confuso.

—¿Eso fue cambiando con el tiempo?

—Te lo cambia la fisiología.

—Igual vos con tu edad seguís actuando en la calle Corrientes, teniendo novia, teniendo sexo (risas).

—Sigo andando en bicicleta, sigo nadando…

—¿Monogamia? O si aparece algo...

—No soy naturalmente promiscuo.

—¿Siempre fuiste fiel?

—No llevé mucho la contabilidad, no le di entidad. No soy partidario de la monogamia. Pero lo que ha pasado también es que por ahí la relación se agota y uno por inercia sigue. Y entonces ya no se comporta orgánicamente como lo haría en otro caso, ¿no?

—¿Has pasado por todo tipo de relaciones? ¿Abierta, monogámica, swinger? Porque la verdad fuiste un galán toda la vida. Me imagino que las ofertas no faltaron.

—Había ofertas, muchas ofertas, sobre todo en la época en la que el periodismo me llamó sex symbol. Entonces, en ese momento sí era muy... Igual, era una oferta que me producía cierta cosa... Algo me repelía…

—¿Por qué? ¿Se te tiraban? ¿Iban a la puerta del teatro? ¿Te escribían cartas?

—Y no es agradable tener una mujer galopando arriba tuyo y diciéndote: “No puedo creer estar cogi*ndo con Gerardo Romano”. O sea, yo tenía la sensación de que estaba con alguien que no era yo.

—Te volvías un objeto en algún punto y ni siquiera le importabas.

—Sí. Una mujer desconocida. Era: “Hola” y pim a la cama. Un vacío me generaba…

—Me imagino un vacío total porque no sabe nada de tu vida, es como que solo quería la historia.

—Uno empieza a ver que el mandato, la dictadura de la belleza, de la juventud… Y sigue el rebaño.

—¿Te arrepentís de algo con respecto a este tema?

—Claro, me debo arrepentir de montones de cosas. Pérdida de tiempo injustas. Esas cosas sí me producen cierto rechazo.

—¿Y dónde conociste a tu novia?

—Me levantó a la salida del teatro. Al principio yo no le di bola. Estaba arriba de la bicicleta. Arranqué y partí. Pero claro, vivimos otros tiempos: está el mail, el Instagram, el Facebook…

—¿Te empezó a tirotear por redes? ¿Te dijo: “Soy yo la de la puerta del teatro”?

—Sí. Ahí seguimos la relación por medios digitales.

—En la ficción hiciste la primera pareja gay de la Argentina.

—Sí.

—¿Cómo fue eso? ¿Te daba curiosidad o no?

—Yo tiendo a creer, a pensar, que toda forma de amor es buena. Quiero pensar eso. Que el amor, sea como sea, es bueno. Mientras haga bien, mientras la forma en que te amen te haga bien a vos y la forma en que ames al otro te haga bien a vos y al otro, está todo bien.

—¿Tuviste relación así amorosa con algún hombre?

—Tuve aventuras.

—Pero ¿te enamoraste de alguno?

—No. Pero no por un estigma, un prejuicio, sino porque es demasiado peso cultural. Me recuerdo mirar algo en televisión en los brazos de mi chica o con mi chica en mis brazos, pero me cuesta la imagen de estar mirando un partido de rugby o de fútbol de la mano de un chico. Pero entiendo y acepto que haya gente que le gusta y que ha podido trascender y transitar ese camino.

Desencriptados - Gerardo Romano
“El Parkinson produce un dolor psíquico importante”, confesó Gerardo. (Maximiliano Luna)

—En este segmento, te voy a decir algunas frases y vos me tenés que decir si las dijiste o no las dijiste.

—Dale.

—“Cuando algo me parece que es inferior a lo que quiero, me voy”. ¿Lo dijiste o no lo dijiste?

—Sí, (risas). Además, hay cosas que le presto a mis personajes. Mi personaje de ahora en el teatro dice algo así como que si uno encuentra algo mejor, no es infiel, se va de la relación. Ser infiel es permitirse la variedad, la diversidad.

—Lo único grave de eso es no contarle a tu pareja. Porque eso es ser infiel, en definitiva.

—Pero ¿por qué hay que contar todo? En la obra El secreto, mostramos que hay cosas que te las podés llevar a la tumba lo más tranquilo.

—Otra frase: “Para que mis relaciones funcionaran, tenía que haber mucho sexo. No sé si bueno, pero mucho”. ¿Lo dijiste o no?

—Sí, puede ser.

—Hoy, ¿mermó un poco...?

—Y sí. Muy a pesar mío, sí. Mermó. Dejé de tomar viagra, porque ese es otro dato que...

—Pero ¿por qué? ¿Porque es en contra de la medicación del Parkinson?

—No, no lo sé. Es en contra de la edad que tenés...

—¿Te puede hacer mal, decís?

—Y me tomo una para el colesterol, me tomo una para la presión, me tomo tres para el Parkinson y si me trago un viagra… Además, tuve un episodio con el viagra.

—¡¿Qué te pasó?!

—Y un día como hoy, de sol, pero con calor, en verano, me fui en bicicleta. Al mediodía con mucho sol. Cuando volví a casa, estaba mi compañera, en la cama, semidesnuda. Me provocó deseos la imagen. Me clavé un viagra, me metí en la cama a las once de la mañana a hacer el amor después de la movida en la bicicleta. No recuerdo si había desayunado. Se detuvo un momento la sexualidad, fui al vestidor, levanté la cabeza, se me hizo todo negro y ¡pum! Caí de nuca contra el suelo. Fui al sanatorio y quedé internado 48 o 72 horas. Lo que te quiero decir es que no sé si es tan valioso frente a otros momentos, sobre todo los espirituales, no sé si es tan valioso un orgasmo.

—¿Pero seguís funcionando bien sin tomar?

—Sí. No todo lo bien que desearía, pero sí.

—Pero cada tanto por lo menos sí.

—Sí, yo por mí me gustaría cog*r todos los días. A la mañana, a la siesta y a la noche. Si pudiéramos tres, tres.

—¿Y ahora estás más tirando una vez por semana?

—Cada 15 días. Dos o tres por mes.

—“No me llevo bien con mi ego”. ¿Lo dijiste?

—Sí. Nadie se lleva bien con su ego o genera situaciones armoniosas alimentando su ego desmedidamente, ¿no?

—Para cerrar esta entrevista, voy con preguntas rápidas con opciones. ¿Estás listo?

—A ver...

¿Tenés un amor imposible?

—Varios.

—¿Cuál es tu personaje favorito de todos los que interpretaste?

—Antín.

—Antín es una locura cómo se hizo virar en las redes. ¿Puteás en la vida real como Antín?

—No, no. No me gusta putear a nadie...

—Te has ganado ese papel de puteador gracias a Antín. Ya es tuyo.

—Sí, eso es verdad.

—¿Te considerás ateo o religioso?

—Ateo.

—¿Arriba o abajo?

—De costado.

—¿Preferís ser villano o indefenso?

—Villano.

—¿Crees en el amor para siempre?

—Nada es para siempre.

—¿Tener sexo o hacer el amor?

—Los son sinónimos.

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