En Bowen, hace 34 años, había menos de seis mil habitantes. Ubicado al sur de Mendoza, dentro del Departamento de General Alvear, repetía la lógica de cada pueblo atravesado por la ruralidad y la producción agrícola: todos se conocen. Que no haya anonimato puede ser cruel. Para Iván Nesteruk, la paz estaba en el calor del hogar. “Era mi respiro del día cuando llegaba mamá y nos poníamos con mi hermana a ver la tele, a jugar a algo”, recuerda. Lo que no era respiro, era sufrimiento y estaba afuera de su casa. Pero adentro, en el refugio del entorno familiar, callaba. No quería que sus problemas contaminen el sosiego que experimentaba puertas adentro. La historia que Iván tiene para contar es una historia de bullying.
Pero no solo eso. Encerrarse, eludir la controversia, evitar exponerse ante el conflicto, pasar desapercibido implosionó años después. Lo descubrió con la violencia de una epifanía cuando su psicóloga, en un ejercicio de rememoración, le preguntó: “¿Te das cuenta de que esto es lo mismo que te está pasando ahora pero en otra situación?”. Se dio cuenta de que el trastorno de ansiedad generalizada y las crisis de pánico guardan su raíz en el acoso, la intimidación y la agresión verbal y no verbal que sufrió en su infancia y adolescencia.
Hoy afronta un proceso de cambio. Lo que modificó es que ahora se muestra y lo visibiliza. En esta entrevista en estudio, con un mifrócono enganchado y las luces apuntándolo, dice: “No me quedo en el ‘sufrí bullying’: sufrí bullying y acá estoy. Tengo trastornos de ansiedad generalizada. Tengo ataques de pánico. Me pongo re nervioso ahora. Pero estoy acá. Estoy plantado. Se puede seguir”. Es su enseñanza. Escribió un libro autobiográfico No soy el ansioso, donde recorre -según su propia descripción- “el miedo, los síntomas, las preguntas sin respuesta y el lento aprendizaje de separarse de una etiqueta que parecía definirlo todo”.
Todo es eso que nació en la década del ochenta en un pueblo mendocino con menos de seis mil habitantes. “Tengo recuerdos de una primera infancia linda, antes de entrar a la escuela primaria -aclara-. Los pocos recuerdos o lo que sacás de fotos o anécdotas son lindos. Muy acompañado y siempre muy pegado a mi hermana, que hoy también está acá conmigo. Es más, cuando busco fotos me es difícil encontrar una foto solo, siempre está ella al lado. Y eso habla mucho de ella. Recuerdos agradables con mi familia que se empiezan a opacar un poco cuando entro a la escuela primaria”.
—¿Qué pasa cuando empezás la primaria?
—Cuando empiezo la primaria empieza la época más dura de sufrir bullying desde primer grado hasta séptimo. Después para pasar a una escuela, pasé a una escuela secundaria, que allá es de octavo y después tenés el Polimodal. Yo pensé “paso a la secundaria y me libero”, pero se transformó el bullying en las formas. Fue toda una infancia y una adolescencia marcada por el bullying.
—¿Desde primer grado?
—Desde primer grado. Empezó siendo el bullying por mi físico, por mi tono de voz, por mi espalda, tengo problemas de curvatura de espalda, mis orejas, mi voz, hasta la ropa que usaba, porque tenía muy buen desempeño académico, entonces eso también era motivo de bullying. Un bullying que llamamos hoy, ¿no? Hace 20 años ni siquiera usábamos la palabra bullying.
—¿El bullying era verbal o pasaba a lo físico?
—El bullying era constante verbal pero pasaba a lo físico, a empujones, y llega a dos situaciones que fueron las que más me marcaron a mí: empujándome y pegándome me llevan y me encierran en un baño, me dejan encerrado ahí hasta que alguien entra y abre. No obstante yo hablo con la maestra ahí. Vas y le contás a la maestra lo que te pasó. La consecuencia fue que volvieran a hacerlo. No teníamos palabras para nombrar esto como bullying. Creo que también los docentes en esa época no tenían muchas herramientas. Pero tampoco justificó lo que pasaba.
—¿Ese episodio que duele tanto te acordás en qué grado sucedió?
—Sí, fue en sexto grado. Un año antes de terminar la primaria.
—¿Dónde te encerraron?
—En el baño de varones. Eran baños de una escuela pública que no estaban en las mejores condiciones, entonces tirado en el piso ya sabrás en las condiciones que estaba ese baño. Y lo peor de todo eso era que yo sabía que salía de ahí, me limpiaba un poco y me iba a sentar al aula…
—¿Te habían pegado ese día?
—Sí, sí, sí. Hasta encerrarme.
—No empezó con violencia física. Primero empezó con violencia verbal siendo muy chiquito.
—Sí. La violencia verbal fue una constante. Lo otro eran episodios más aislados. Pero la violencia verbal, que en ese momento era un chiste, era una jodita, era un juego del chico, a mí me terminó marcando en mi juventud.
—¿Cuándo fue la primera vez que te diste cuenta de que te dolía lo que estaban haciendo tus compañeros?
—Yo creo que siempre fui consciente de que me dolía. Es más, siempre fue un grupo de varones el que me hacía bullying entonces yo iba y me juntaba con las chicas porque las chicas no. Y eso también era motivo de bullying porque era el que se juntaba con las nenas. Entonces como que siempre estuvo esa incomodidad. Dos de las peores cosas que pasan en los chicos que sufren bullying, o los que alguna vez lo sufrimos, es que primero que lo normalizás y segundo que terminás creyéndote que te merecés eso o que es lo que te toca. Eso creo que es lo más duro de pasar por esa etapa.
—¿Tenías amigos?
—Justamente ayer hablaba con una amiga de la vida, de fuera de la escuela, que me decía después de lo del libro ninguno te escribió, ninguno se animó. Y hay una persona que dentro de la escuela era un testigo y un cómplice de los que me hacían bullying, si bien no era el que me hacía directamente a mí, siempre está el grupito de los dos o tres que están parados atrás apoyando, pero saliendo de la escuela era la persona que me iba a llevar la tarea cuando yo estaba enfermo, era la persona que iba a jugar a veces conmigo a mi casa. Entonces yo creo que también él tenía miedo porque si se ponía de mi lado iba a pasar lo mismo que estaba pasando yo. Entonces yo siento que sí, que tenía amigos, sobre todo amigas.
—Las chicas sí eran amigas. Pero no podían defenderte.
—No podían defenderme. Te digo, en esa época estaba muy normalizado el que te hacía burla, el que se ría de tu cuerpo, el que te empuja, porque era todo el juego del niño.
—Pero había un sufrimiento enorme.
—Enorme. Repito: lo que más me hace sufrir es el silencio que hubo detrás.
—¿No podías contarle a nadie?
—Yo creo que nunca conté nada porque nosotros íbamos a la escuela al turno tarde, salíamos a las seis de la tarde. Mis papás siempre trabajaron doble jornada, doble turno. Y mi mamá llegaba de trabajar a las ocho, ocho y media y era mi tiempo de ser feliz. Con 8, 9, 10 años, mi mamá llega recontra cansada del laburo, mi papá también, yo no voy a estar trayendo otro problema más. Era mi respiro del día cuando llegaba mamá y nos poníamos con mi hermana a ver la tele, a jugar a algo. En ese momento no demostraba nada. Siempre lo callé.
—¿Tu hermana iba al mismo colegio?
—Mi hermana sí.
—¿Y ella se dio cuenta en algún momento de lo que pasaba?
—No. Mi hermana fue la primera a la que le conté y creo que fue hace dos años. Y mis papás se enteran este año de lo que yo pasé a través del libro.
—¿En el colegio nadie se dio cuenta, nadie hizo nada?
—Nadie hizo nada. La única vez que yo intenté hablar fue peor lo que me pasó, entonces yo dije “no es este el camino evidentemente”.
—¿Hicieron lo mismo?
—Fue peor. Me volvieron a encerrar, me volvieron a pegar. Se repitió esa escena del baño, es la que tengo muy grabada.
—Las agresiones eran siempre hacia vos, ¿no? Nadie ni siquiera verbalmente involucraba a tu familia.
—Era directamente conmigo. Y era, sobre todo, lo físico, mi personalidad, mi voz, incluso mi ropa. Me acuerdo de una escena pero patente en séptimo grado de que yo había llevado una marca que se había hecho conocida por una novela que en ese tiempo era novela de nenas, ¿no?
—¿Qué novela era?
—Floricienta. Era el primero en la escuela que llevaba esas zapatillas. Fue motivo de burla, hasta que un mes después que empezaron a caer todos con las mismas zapatillas.
—¿Las seguiste usando las zapatillas?
—Obvio.
—Había algo tuyo que igual seguía sosteniendo.
—Sí, eso yo siempre lo resalté. Incluso en terapia lo hablamos mucho: a pesar de todo y a pesar de dudar tanto de si me lo merezco o no me lo merezco, nunca dije voy a cambiar esto. Había cuestiones que no las podía cambiar y cuestiones de personalidad dije no las voy a cambiar.
—Recién dijiste que en terapia te cuestionabas cosas.
—El proceso mío terapéutico viene de larga data, de hace 12 años que hago terapia psicofarmacológica por los dos diagnósticos que tengo, trastorno de ansiedad generalizada y crisis de pánico. Y en terapia empieza a salir todo esto que estaba escondido que ni siquiera mi terapeuta lo sabía. Empieza a salir porque empezamos a buscar de qué viene este miedo a tu exposición, tu miedo a cosas que eran comunes de la vida. Y ahí es cuando yo empiezo a contar algo que había callado todos los años, lo había tapado y lo había dejado ahí. Porque cuando termino la secundaria me voy a otra provincia a estudiar. Entonces fue como listo, esta etapa queda allá.
—Termina la primaria y uno tiene la fantasía de que las cosas cambien.
—Sí. Pero, bueno, el pueblo es muy chico y solo dos escuelas secundarias. Entonces, la mitad de los chicos que iban conmigo a la primaria siguieron conmigo en la secundaria. Y ahí sí el bullying se transformó más en solo verbal pero muy cruel. Ahí sí era mucho por el rendimiento académico. Que te vaya bien era lo peor que podías hacer. Mi papá trabaja en esa escuela donde fuimos los dos. Tiene un puesto por cambio de función administrativa. Entonces también era motivo de burlas. Pero también hubo situaciones de amenazas heavies que en ese momento no éramos ni siquiera conscientes. Esa escena también está muy grabada en mi mente. Evidentemente no estaba en su círculo que quería y la frase textual que dijo fue “a estos dos hay que acuchillarlos” cuando pasó por el lado nuestro. Y creo que nosotros en ese momento no tomamos dimensión de lo que nos había dicho. Ni siquiera se lo contamos a nadie. Mirándolo para atrás, con todo lo que está pasando hoy en día, llegar a ese nivel de agresión o de amenaza simplemente por existir.
—¿En algún momento te creíste algo de lo que te decían?
—Sí. Primero lo normalicé. Era mi día a día. Y te lo terminás creyendo. Es la realidad que me toca, mis orejas son feas, mi espalda es horrible, mi personalidad también y te lo terminás creyendo. Es mucho. Es tanto la insistencia en eso. Yo la pasaba mal. Incluso ahí el cuerpo me empieza a dar las primeras señales.
—¿En la primaria?
—En la primaria. Algo que yo todavía ni siquiera he hablado con mi mamá, yo tenía muchos dolores de panza. Eran puntadas que me daban acá en la boca del estómago y me doblaba del dolor. Me hicieron muchísimos estudios y ahora veo que lo único que me dieron fue hacer una dieta. Nada más, no había nada, no tenía nada. Y ahora pienso que puede ser que mi cuerpo estaba tratando de decirme algo que la boca no decía. Y en la secundaria sí fue más evidente que fue algo directamente relacionado con eso porque, también lo cuento en mi libro, era sistemático: comer, ir al baño, vomitar e ir al colegio. Limpiarme las lágrimas, que nadie sepa que yo había vomitado e ir a la escuela. Esa era mi rutina del día a día.
—El cuerpo que empezaba a procesar lo que se le venía a la tarde, ¿no?
—Exactamente, se preparaba. Yo digo también que mis recreos, sobre todo en la primaria, eran una sala de espera. Era esperar qué tocaba hoy. Porque encima no fue algo que fue un año y después calmó. Sí hubo momentos que más, momentos que menos, pero fue algo constante durante toda la escuela primaria y secundaria.
—No podías hablar con nadie.
—En la primaria como te digo mi pensamiento era voy a disfrutar a mamá en el momento en el que está y voy a como, lo mal que lo había pasado, bueno, en este momento tengo oportunidad de pasarla bien, no quiero volver a eso. Y en la escuela secundaria fue más difícil porque en casa la situación no era la mejor. Tenía a mi mamá atravesando un cáncer de mama, había perdido el trabajo. En un mes nos pasaron muchas cosas familiares en lo que yo decía no voy a traer algo más a todo esto que está pasando. Hace poquito pude hablar con mi mamá y lloramos muchísimo los dos porque ella se dio cuenta de que yo en ese momento era invisible en mi casa. Los protagonistas o los que le estaban pasando cosas eran otros.

—¿Y cuál era la válvula de escape?
—Siempre mi salida fue escribir. Empecé a escribir desde primer grado. Siempre tuve mucha facilidad. Nombro y dedico mi libro a mi señorita Gladys.
—¿Por qué?
—Porque ella fue mi maestra de primer grado y yo desde primer grado empezaba a escribir mis primeros cuentitos o mis primeras ideas. Y ella no me corregía, tenía una cantidad de errores terribles y ella no me los corregía. Entonces mi mamá cuando detecta eso que la señora no está corrigiendo los errores va a hablar a la escuela y dice “¿por qué no le están corrigiendo los errores?”. Y mi señorita Gladys en su sabiduría enorme le dijo Iván tiene una imaginación, una libertad para escribir, que si yo le pido que se enfoque en cómo se escribe cada palabra lo voy a coartar. Le dijo, a él le encanta leer y le encanta escribir. Entonces durante el tiempo lo va a ir mejorando. Y no se equivocó y gracias a Dios escribo sin errores.
—¿No había ningún amigo en la secundaria tampoco que…?
—Nadie lo supo. Nadie lo supo hasta que yo empiezo con… Hace 12 años es cuando se destapa la olla porque es cuando sufro mi primer ataque de pánico estando en San Luis.
—¿Qué fuiste a estudiar a San Luis?
—Licenciatura en Bioquímica. Y me fui solo, no conocía a nadie allá.
—¿Hubo un alivio, hubo un poder empezar de nuevo o todavía pesaba?
—No, ahí sí hubo un alivio porque no me conocía a nadie. Arrancaba de cero ahí. Me pasa mucho en el día a día que mi cuerpo habla no cuando está en el pico de lo heavy, cuando relaja es cuando habla. Y ahí fue cuando apareció mi primer ataque de pánico, que yo no sabía lo que era.
—¿Cómo los vivías vos los ataques de pánico?
—El primero lo recuerdo muy claramente porque fue volver de la Facultad y acostarme y yo sentir una presión en el pecho terrible, palpitaciones, sudoración en las manos. Me temblaba todo el cuerpo, no sentía las manos y los pies. Y la idea era que me estoy muriendo. Estaba clarísimo, me estaba dando un infarto. Y mi idea era que como estaba solo en mi departamento, no me va a ver nadie si me muero. Entonces salí a caminar. Y caminé no me preguntés por dónde, por cuánto tiempo. Vuelvo en algún momento a mi departamento, llamo a mi mamá, le cuento lo que me había pasado y me dice “venite a Mendoza que vemos qué te está pasando, hacete chequeos”. Yo con 22 años. Me hago el chequeo, absolutamente todo bien. Voy al médico y me dice “no te encuentro nada, no tenés nada”.
—¿Vos sabías lo que era un ataque de pánico?
—No, en ese momento no sabía. Fue un viernes cuando fui al médico y me dijo que estaba todo bien. El sábado me vuelve a dar un ataque de pánico y mi mamá me sube al auto y me dijo “vamos en este momento que es donde está pasando”. Y ahí el médico me dice una pregunta: son solo dos palabras pero que a mí me cambian en la vida. Fue “¿tenés miedo?”. Él me preguntó eso. Yo no pude responder porque me largué a llorar. Creo que fue el soltar todo lo que venía en la mochila cargando. Y ahí me derivan urgente a un psiquiatra. Después de varios meses, porque el trastorno de ansiedad generalizada no se diagnostica en una sola sesión, son varios meses en los que vas al psiquiatra y me diagnostican con trastorno de ansiedad generalizada y crisis de pánico.
—¿Qué es el trastorno de ansiedad generalizada?
—Es genial lo que me preguntás porque a mí también cuando me diagnostican digo “¿qué es esto?”. Me gusta aclarar que la ansiedad es una emoción normal, como la tristeza. Lo tenemos todos y no va a desaparecer. El trastorno de ansiedad generalizada es cuando hay una preocupación que es constante, no se va, por situaciones que son completamente normales, donde no hay ningún peligro, y que te impide o que te limita las cosas que hacés en la vida. Cuando te empieza a limitar ya hablamos de que es un trastorno.
—¿Te puedo pedir un ejemplo?
—Sí. Empecé a quedarme solo, a no juntarme con gente, porque yo pensaba: me invitaban a algún lado, ¿en qué momento voy a hablar? ¿Voy a hablar? ¿No voy a hablar? ¿Les irá a caer bien lo que voy a decir? ¿No les irá a caer bien? ¿Cómo voy vestido? Todos los finales de esos pensamientos son los peores. Voy a hablar cuando no tengo que hablar, voy a caer mal. Después, por ejemplo, yo me subí a un colectivo. Cuando hice las prácticas profesionales de mi carrera iba a un hospital que tenía que tomarme un colectivo para ir. Yo ahí le pedí a una amiga que me empiece a acompañar tres semanas antes de que yo empezara para que yo me acostumbre al recorrido porque yo tenía miedo de ¿es el colectivo o no es el colectivo? ¿Qué le tengo que decir al chofer? ¿Es acá donde me tengo que bajar o no es acá donde me tengo que bajar? ¿Me voy a pasar? ¿Me voy a tomar otro?
—Es agotador.
—Dijiste la palabra creo clave: es tan agotador vivir así porque es por todo. Es por todo. Yo recién me pude tomar un colectivo solo a un lugar que queda muy cerca de San Luis, a quince minutos y es Potrero de los Funes, fue el año pasado con 33 años.
—¿Hay una necesidad de control inmanejable?
—Es el miedo. El miedo es a lo que no tenés control, a lo que vos no podés controlar. Vos necesitás tener todo bajo control y lo que no podés controlar es lo que peor te hace. Por ejemplo, el estar acá hoy con vos, ¿no? Yo no sé qué me vas a preguntar vos. Anoche estuve imaginando si me pregunta esto, si me pregunta esto otro. Pero hoy tengo muchas más herramientas que antes para cuando vienen esos pensamientos que son intrusivos poder bajarlos. Y para poder estar sentado y acá. Hace dos años esto era inimaginable para mí.
—¿Pensamiento intrusivo es el término?
—Sí, pensamiento intrusivo. El pensamiento que viene y viene, y viene, y viene, y viene uno tras otro. Ese pensamiento siempre es negativo, siempre es catastrófico, siempre es el peor escenario. Es lo que ahora encontré con mi nueva psicóloga.
—¿Cuál fue el momento más oscuro?
—Fue a principios de este año antes de que saliera el libro. El final del año pasado fue muy difícil para mí, porque volvieron los ataques de pánico muy recurrentes. Tenía tres en la semana entonces terminaba yo destruido no solo mentalmente, emocionalmente, físicamente. A raíz de eso y de que el trabajo que estaba no era compatible con lo que yo estaba atravesando, y a pedido de mi familia y de mis médicos yo renuncio a mi trabajo. Dejar el trabajo, dejar de ser independiente, volver a tu casa, tiene un impacto muy fuerte que ya me venía preparando con la psico. Es un cambio de vida muy grande. Pero mi papá, con él tenía una relación por ahí muy fría, me dijo “si vos me querés hacer feliz renunciá a ese trabajo y vení a estar con nosotros”.
—¿Pudieron ayudarte?
—Sí, me salvaron. A fines del año pasado, cuando estaba atravesando mi etapa más dura, es cuando yo tengo un ataque de pánico en el trabajo. Yo trabajaba en un primer piso, estaba solo en el primer piso y empiezo a tener un ataque de pánico. Y lo único que tengo es hojas y una lapicera. Y con la peor letra que te puedas imaginar escribo lo que me está pasando. Nadie subía. Con la ayuda de las técnicas de mi psicóloga, bajo, me calmo y…
—Vos ya sabías que era un ataque de pánico.
—Sí, ya los sé identificar. Entonces lo escribo todo y luego lo paso y sube mi compañero de oficina, Horacio, al que le estoy muy agradecido también porque es otro ángel que Dios me ha puesto en el camino. Le digo, “mirá, esto me pasó recién”. Y él me dice “esto tiene que ser un libro”. Y ahí fue cuando yo hice el clic: estuve mucho tiempo solo y mi refugio siempre fue la escritura. Entonces tal vez hay otro Iván ahí afuera que está necesitando sentir que… Abajo del título dice “no te doy una solución, yo te ofrezco mi historia”.
—¿Cuándo pudiste vincular todos los trastornos de salud mental con todo el sufrimiento de niño?
—Fue cuando cambié de psicóloga, que ahí es cuando pude hablar de lo que me había pasado en profundidad, con detalles. Y ella me va vinculando, me dice “¿te das cuenta de que esto es lo mismo que te está pasando ahora, pero en otra situación?”. Tu forma de actuar ante esa situación es lo mismo, es el evitar, el no exponerme porque el estar escondido era menos posibilidades de que algo me haga mal.
—Pasar desapercibido.
—Pasar desapercibido, claro. Estaba muy solo, muy encerrado. Tenía dos o tres amigos. En los últimos años de trabajo, yo hablaba con alguien el viernes a la tarde cuando salí a trabajar y recién volvía a hablar con alguien el lunes cuando entraba al trabajo. No hablaba con nadie desde el viernes al lunes. No hablaba con nadie.

—¿No se cura la ansiedad?
—El trastorno de ansiedad, mi psiquiatra fue muy claro en eso, primero yo tuve mucho prejuicio con el tema de la medicación, que muchos tenemos un prejuicio con la medicación psiquiátrica ¿no? Y él me dijo vos lo que necesitas es estar bien. Y para estar bien tenés que tomar esto. Fue muy claro en eso. Y me dijo mira, hay casos en los que podés conseguir herramientas que te dejen llevar una vida normal y como que te liberes del trastorno de ansiedad porque ya tenés herramientas. O puede ser para toda la vida. O sea, no me lo va a decir, no lo sé. No sé si va a ser para toda la vida o si en algún momento todo este trabajo que estoy haciendo va a tener un resultado que voy a decir, bueno, ya está, esta etapa la superé.
—La ansiedad no me abandonó, pero bajó el volumen y yo dejé de gritarle.
—Sí.
—No soy el ansioso. Explícamelo.
—Costó llegar a ese título. Porque incluso se está reforzando ahora el título. Una patología no nos define, ya sea de salud mental, ya sea física, ya sea cualquier limitación que tengamos, no nos define. Cuando terminé de escribir ese libro, que fue juntando todo lo que había escrito durante muchos años, me di cuenta de que yo no soy solo eso. Yo soy mucho más. Iván es mucho más que un trastorno de ansiedad y que una crisis de pánico. Y te digo que se refuerza mucho más ahora justamente por estos mensajes que me llegan de mamás que me dicen “mi hijo gracias a tu libro pudo hablar”. “Yo pude contarle algo a mi familia”. “En la mesa de casa pudimos hablar de este tema”. Entonces a mí me refuerza mucho más el no soy el ansioso, puedo estar dando una mano con esto que es mi historia.
—Te van a estar viendo muchos de esos que te hostigaron, que te acosaron, que hicieron que la pases horrible. ¿Qué les decís?
—Yo no los culpo. Tampoco los justifico, pero creo que son personas que la están pasando muy mal, muy mal. Y que necesitan en ese actuar elevarse, sentirse seguros, sentir lo que no sienten en casa. Entonces yo nunca los culpé. Nunca hablo de victimarios, siempre hablo de la persona que hace bullying y de la víctima. Es más, una persona que sufrió bullying puede convertirse en una persona que hace bullying. Es muy común. Entonces no siento rencor ni nada.
—¿Hay momentos de felicidad?
—Sí. Hoy sí. Hoy estoy feliz Tatiana. Hoy es un momento feliz para mí. El poder compartir este viaje con mi hermana para mí…Vengo de una semana con una actividad muy feliz en una escuela de teatro donde me invitaron a hablar con los chicos adolescentes y lo marqué como una de las experiencias más lindas de mi vida porque se abrieron a hablar. Hoy estoy contenido por mi familia. Hoy estoy haciendo un proceso de cambio. Y el poder ayudar a otros desde mi historia, hace que eso que yo pasé hoy cobre sentido. Es como hablaba con mi psiquiatra: yo no me quedo en el sufrí bullying, sufrí bullying y acá estoy. Tengo trastornos de ansiedad generalizada. Tengo ataques de pánico. Me pongo re nervioso ahora acá. Pero estoy acá. Estoy plantado. Se puede seguir.
Si querés contar tu historia escribinos a:voces@infobae.com
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