Benjamín Vicuña: “Siento que tengo un ángel y que no me va a pasar nada”

El actor y productor chileno contó que antes le tenía miedo a los fantasmas y ahora siente una extraña sensación de seguridad y protección. A días de que su hija Blanca hubiese cumplido 20 años, una entrevista íntima en la que habla de ella, de su familia, de su trabajo y hasta de su papá, con quien se peleó y pasaron años sin hablarse. “Me vine de otro país para estar presente porque el tiempo, al final, es lo más importante”, afirma

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Benjamín Vicuña: “Siento que tengo un ángel y que no me va a pasar nada”

A los 47 años, Benjamín Vicuña atraviesa uno de los momentos más intensos de su carrera. Mientras protagoniza la versión teatral de Secreto en la montaña junto a Esteban Lamothe, también suma éxitos en televisión y plataformas con series como Envidiosa, El encargado y El resto bien. En paralelo, acaba de ganar un Martín Fierro de la Moda por la película Corazón delator y está nominado como mejor actor por La voz ausente. “Ya trabajar es una alegría muy grande, que te reconozcan, esos mimos, son espectaculares”, dice en diálogo con Infobae.

Pero detrás de los estrenos y las alfombras rojas, hay otro rol que atraviesa toda la charla: el de padre. Vicuña habla de sus hijos, de las dinámicas de una familia ensamblada y de cómo reorganizó por completo su vida para estar cerca de ellos. “Me vine de otro país para estar”, asegura. También reconoce el esfuerzo que implica sostener una familia numerosa: “Hay que trabajar un montón para mantener cinco hijos”. En ese esquema, destaca la buena relación que logró construir con Carolina Ardohain y el rol que ocupa su pareja actual, Anita Espasandín, dentro de la dinámica cotidiana. Sobre la China Suárez, en cambio, reconoce que hoy atraviesan un momento más complejo: “Espero que algún día se pueda tener un poquito de sentido común y de buena onda, básicamente por los chicos”.

A lo largo de la conversación aparecen además temas mucho más íntimos: la muerte de su hija Blanca Vicuña, el miedo a las guerras, su relación conflictiva con su padre, la ansiedad, la crianza y hasta alguna discusión con su hijo mayor. “Uno tiene una puerta muy grande para que esas balas te duelan”, reflexiona sobre la paternidad. Y cuando tiene que imaginar cuál es la escena más importante de su vida, responde sin dudar: “La gran escena de mi vida es con mis hijos y que estemos todos juntos”.

Entre el éxito profesional, la exposición constante y las emociones más profundas, Vicuña se muestra menos preocupado por sostener una imagen perfecta y más interesado en hablar de lo que incomoda. “Uno debe tener opinión”, sostiene. Y quizá esa mezcla entre sensibilidad, contradicción y honestidad sea también una de las claves por las que, después de tantos años de carrera, sigue generando tanta atención dentro y fuera de la pantalla.

—¿Estás disfrutando de estos primeros días de Secreto en la montaña?

—Sí. Los procesos creativos siempre son especiales porque los estrenos generan tensión. Es como quitarle el dolor a un parto. Mucho trabajo, mucho esfuerzo y que finalmente se encuentre con el público y pase lo que está pasando es hermoso.

—Imagino las charlas con Javier Daulte y con Esteban para traer este clásico veinte años después…

—Pasaron veinte años de una película que sacudió al mundo. Es una historia de amor imposible y todo lo que hablamos durante meses lo pudimos volcar en esta puesta con sensibilidad y compromiso. El público entra y se conmueve.

—¿Charlaron mucho las escenas íntimas?

—Algunas cosas sí y otras no. También hay que darle espacio a lo que pasa en el escenario. Somos dos actores muy comprometidos con contar una linda historia de amor. Tuvimos libertad absoluta.

—Los vemos también juntos en Envidiosa.

—Sí. Con Esteban trabajamos en Farsantes hace mucho tiempo y después nos reencontramos en Envidiosa. Somos antagonistas por Vicky y es impresionante el fenómeno de la serie. La gente odia a este pobre Nicolás.

—Nicolás nos cae pésimo.

—(Risas) Nos cae pésimo.

—¿En algún momento te pareciste a Nicolás?

—No, pero juego con eso. A veces la gente me dice “eh, sos medio Vicuña”. No sé qué verán de él, pero es un personaje que me dio muchas alegrías. Estuve nominado a los Premios Platino y ahí, viajando a España, terminé de tomar dimensión del alcance que tuvo la serie en todo el mundo.

Benjamín Vicuña y una niña pequeña, ambos con coronas de juguete. Él viste una camiseta a cuadros y sonríe. La niña lleva una corona azul y un abrigo rosa
Benjamín Vicuña con Blanca que el 15 de Mayo hubiera cumplido 20 años.

—También acabás de ganar el Martín Fierro de la Moda y estás ternado como mejor actor protagonista.

—El de la moda fue por Corazón delator, una película de Marcos Carnevale. Y ahora estoy nominado como actor por La voz ausente, una serie que hicimos con Disney, que significó un esfuerzo, un thriller espectacular de Gabriel Rolón.

—En este momento hay mucho trabajo dando vueltas: Envidiosa, El encargado, El resto bien

—Sí, El resto bien es una serie de Flow dirigida por Daniel Burman. Son ocho capítulos y tuvo una crítica y un acompañamiento del público increíbles.

—¿Son cinco hijos los que tenés ahí?

—Sí, son cinco hijos, dos exmujeres y mis padres. El personaje atraviesa algo muy fuerte: empezar a ser padre de tus padres y eso se mezcla con el caos de una casa llena de hijos, gatos y problemas cotidianos. También aparece el tema de la vasectomía y la andropausia.

—¿Pensaste en hacerte una vasectomía alguna vez?

—Eso tiene que ver con cierta intimidad, pero sí me impresiona el feedback que genera la serie, sobre todo en el público masculino. Habla de la andropausia, de los cambios físicos y del miedo al paso del tiempo. A los hombres también nos pasan cosas con la edad y se habla poco de eso. Yo tengo 47 años y estoy bastante hipocondríaco, asimilando síntomas y derribando ciertos mitos, como esa idea de que el hombre tiene resuelto el paso del tiempo. El miedo a la muerte, el peso de la familia, el cuerpo que cambia… no son cuestiones exclusivas de las mujeres. Así como en Envidiosa se habla de los mandatos femeninos, un hombre de 50 también tiene un montón de preguntas.

—Bienvenido sea que lo charlemos.

—Claro. Para este personaje de El resto bien engordé unos seis kilos porque quería mostrar el paso del tiempo. A los hombres también nos baja la testosterona, cambia la musculatura, el cuerpo. Nos pasa exactamente lo mismo. Quizás la diferencia con la menopausia tiene que ver con la posibilidad de tener hijos, pero es un tema que investigamos mucho y que sigue siendo bastante tabú.

—¿Y te preocupa a vos personalmente? Más allá de prepararte para la serie.

—Me preocupa la medicina preventiva y cómo prepararnos para vivir más y mejor. Hoy se habla de longevidad, de que los 80 son los nuevos 70. O sea, claramente se están extendiendo las expectativas de vida, pero también hay que pensar en la calidad de vida. Dormir bien, la alimentación, manejar el estrés o la ansiedad. Antes quizá no se le daba tanta importancia a eso. Hoy entendemos que son pilares fundamentales. Estoy atento, regulando y tratando de hacer lo posible para llegar bien.

Personajes - Benjamín Vicuña
Benjamín Vicuña: "La gran escena de mi vida es con mis hijos y que estemos todos juntos” (Adrian Escandar)

—Mencionaste Farsantes hace un ratito y recuerdo una pareja de la que todos nos enamoramos: la tuya con Julio Chávez. Hoy nos vamos a enamorar de esta pareja con Esteban. ¿En la vida real: cuál de los dos creés que te podría enamorar?

—Que el público empatice con nuestros personajes y viva esas historias de amor es justamente para lo que trabajo. En Farsantes pasó algo muy importante a nivel social: una pareja entre dos hombres que quizás generaba prejuicios fue recibida con cariño y naturalidad. Me acuerdo del impacto que tuvo el primer beso de la serie, la gente se acercaba en la calle emocionada. Y hoy con esta obra pasa algo parecido. Más allá de que somos cuatro actores, con Laura Paredes y Roberto Castro también, se cuenta una historia de amor. Algunos espectadores también se llevan preguntas o prejuicios para revisar. La obra incomoda en ciertos aspectos y está bien que lo haga. Hay un desnudo fuerte de Esteban, escenas íntimas, besos, pero no evitamos el tema ni lo suavizamos. Lo encaramos con naturalidad porque forma parte de esta propuesta realista sobre un amor imposible.

—En algún momento se dijo que a Anita le molestaban algunas escenas de la obra.

—No, para nada. Ella me acompaña muchísimo, sobre todo en mi neurosis del estreno, que son movilizantes. Es una excelente compañera y está lejísimos de sentirse incómoda con algo así. Al contrario, es una mujer que acompaña, que ilumina ciertas zonas y tengo toda su confianza.

—¿Es bueno el vínculo entre Anita y Carolina?

—Sí, por supuesto. Quienes vivimos en familias ensambladas sabemos que el buen vínculo es fundamental. Es como un equipo de fútbol por dar un ejemplo, hay muchos roles y Anita tiene un rol en esta familia. A veces uno no puede buscar a los chicos porque está trabajando y el otro ayuda. Así como yo también con sus hijos.

—Es importante esto que decís. ¿Siempre fluyó así de bien el vínculo con Carolina?

—Los vínculos atraviesen distintas etapas: cambian, se transforman y se trabajan con los años. Al principio estaba todo más revuelto, pronto encontramos un norte claro y fuerte que es el bienestar de los chicos y cómo hacer para que todo funcione porque es una empresa grande: muchos niños, colegios, vidas, responsabilidades, psicólogos, doctores, horarios. Entonces que reine la paz y el cariño es fundamental.

—¿Crees que eso se va a lograr con Eugenia en algún momento?

—Durante mucho tiempo lo tuvimos, aun separados. Compartimos muchas cosas y yo espero que en algún momento vuelva a haber sentido común y buena onda, sobre todo por los chicos. Hoy es difícil por cuestiones de distancia y otras cosas en las que no quiero entrar, pero mi intención es que vuelva el buen trato y una dinámica familiar.

—Cinco hijos. Hay que trabajar un montón para mantener cinco hijos.

—Hay que trabajar un montón.

—¿Dijiste que sí alguna vez algún proyecto por plata?

—Sí, claro.

—Decime cuál.

—No, ni en pedo. Pero todos tomamos malas decisiones y también se aprende de eso. A veces amigos me preguntan por qué trabajo tanto o por qué no bajo un cambio, y yo les digo: “Vení a pagar las cuentas vos, boludo”. También hay algo personal, una sensación de que si no agarraba ciertos proyectos me iba a perder oportunidades. Y con el tiempo aprendí que también está bien perder algunas cosas. Me pasó de dejar pasar películas hermosas y después pensar: “Qué boludo”. Pero no se puede hacer todo. Hoy estoy en una etapa mucho más selectiva y se nota en los resultados. Antes podía estar haciendo una obra de teatro, una serie y una película al mismo tiempo, viajando los fines de semana para completar escenas. Hoy estoy haciendo una cosa a la vez y la verdad que estoy mucho mejor como actor, estoy más tranquilo. Estoy más grande.

—¿Lo disfrutás más?

—Lo disfruto más, sí.

—¿Y el tiempo libre?

—También. Me gusta el ocio, ir al teatro, hacer deporte y sobre todo estar con mis hijos. A veces se habla de “tiempo de calidad”, pero para mí no alcanza con eso: hay que estar. Por eso vivo en Argentina. Podría estar en Chile, donde tengo mis teatros, mis padres y mis hermanos, pero elegí estar acá para poder rajar y almorzar con mis hijos cuando salen del colegio, verlos a la tarde, estar cerca. Vivo literalmente a dos cuadras de ellos y del colegio. Eso no fue casualidad, fue una búsqueda.

—Fue un trabajo.

—Sí, un trabajo y una decisión. Me vine de otro país para estar presente. Porque el tiempo, al final, es lo más importante.

Personajes - Benjamín Vicuña
Benjamín Vicuña con Tatiana Schapiro en Infobae (Adrian Escandar)

—No puedo continuar sin preguntarte qué va a pasar con el Mundial. ¿Por quién vas a hinchar?

—Por Argentina, porque lamentablemente Chile no va al Mundial. ¿Es una pregunta malintencionada la tuya? (Risas).

—Quiero saber si te voy a ver con la camiseta argentina.

—No, la camiseta es un montón. La camiseta se la ponen mis hijos, pero yo no.

—¿Qué te vas a poner entonces? No vas a hinchar por Brasil. Tenés hijos argentinos, dale.

—Obviamente quiero que a Argentina le vaya bien. Ojalá salga campeón. Esta es mi casa, mis hijos vibran con eso. Me acuerdo del Mundial y del partido con Francia: ellos lloraban y yo estaba desesperado. Pero de ahí a ponerme la camiseta es un montón.

—¿Tu mamá lo puede llegar a sufrir?

—No, no es por eso. Lo que pasa es que nací en Chile y allá a veces me dicen “te quedaste en Argentina, nos dejaste”. Incluso laboralmente me pasa. No se nota, ustedes no lo perciben, me destacan el cantito chileno, pero yo acá hago un neutro argentino, porque los chilenos no hablamos así. Entonces por por momentos sufro de, no sé si cancelación, pero dicen: “Dale, ¿por qué hablás en argentino? ¿Por qué siempre te quedás allá?”. Y bueno, si además me pongo la albiceleste, ya cierro todo. Y yo amo a Chile. Tengo mis amigos, mis teatros, mi trabajo allá. Y amo Chile.

—¿Seguís escribiendo cartas a mano con tu mamá?

—A veces. Quedan pocas ya. Su cumpleaños fue el 15 de mayo y terminé cayendo en las garras de la tecnología: ahora mando mails choclitos o por WhatsApps.

—¿A Anita la escribís?

—Escribo también, pero por WhatsApp.

—¿Y las cartas escritas a mano las guardás?

—Las guardo, sí por supuesto. Hay un romántico epistolar por acá.

—El marido de tu mamá es palestino. ¿Cómo te fuiste metiendo en ese mundo? ¿Te interesó?

—Me interesó muchísimo. La vida me abrió la cabeza muy temprano. De chico conocí Medio Oriente: estuve en Israel, Jerusalén, Palestina, Damasco, Siria, Líbano. Lugares que hoy la gente conoce y que yo conocí hace 15 o 20 años. Y duele mucho ver lo que pasa, lo absurdo de la guerra. Prefiero ser cauteloso con mi opinión porque hay mucha susceptibilidad, pero siempre he sido un adherente a los derechos humanos y en ese sentido, hoy más que nunca, hay que exigir la paz.

—¿Te atraviesa especialmente?

—Me duele profundamente la guerra. No sé si porque conozco esos lugares, porque tengo familia vinculada o simplemente por empatía, pero me angustia mucho. Tengo el vicio de despertarme y agarrar el teléfono para ver qué pasó durante la noche. Y vivo aterrado con la escalada, porque mucha gente cree que está lejos y no es tan lejos. Además tengo hijos viviendo relativamente cerca de esa región, a una hora veinte y eso me genera mucho desvelo.

—¿Cómo convivís con esa angustia?

—Trato de manejar la ansiedad y entender que el mundo no va a dejar de pasar por mi angustia o porque yo postee algo todos los días. Me pasa con la guerra, con la pobreza, con las injusticias. Soy embajador de UNICEF hace 25 años, recorrí la calle, estuve en Haití, vi cosas tremendas e hice documentales. Pero también llega un momento en el que tenés que soltar un poco porque si no te enloquecés. Tengo que seguir viviendo, trabajando, criando hijos. No soy un activista.

—Te escucho y pienso que sos alguien que mira.

—Yo creo que mirar y opinar son derechos. Había una época que no podías opinar y yo creo que sí: puedo opinar sobre Venezuela, Cuba, Chile, Bolivia, Argentina o lo que pasa en el mundo. Que alguien te diga “de esto no se habla” o “sobre esto no podés opinar públicamente” me parece peligroso.

—¿Qué mirada tenés de Kast?

—¿Del presidente de Chile? Tengo una mirada optimista en el sentido de que creo que la rotación del poder es fundamental. A veces hay un movimiento pendular entre derecha e izquierda donde uno construye y el otro desarma. Él recién empieza y tiene una misión clara vinculada a frenar la delincuencia y al avance del narcotráfico. Y como chileno que vive en Argentina, deseo que le vaya bien, que pueda hacer crecer al país y dar oportunidades.

—¿Tu papá estuvo casado con la hija de Pinochet?

—Es parte de su intimidad. No me gusta referirme a su historia, aparte mi papá ya murió.

—No lo preguntaba por tu papá sino por vos y cómo podía haberte impactado.

—Como hijo actor de un papá muy estricto y conservador obviamente que nació en mí una rebeldía y también un contraste, una reacción. Nos dejamos de hablar durante cuatro años y elegí hacer mi camino como actor completamente solo, sin ningún tipo de apoyo, sin hablarme con él. Y en términos políticos también me nació una voz que era necesaria. Hoy, con los años, esa voz fue encontrando un eje, pero, en un principio, hubo también necesidad de despegarme de lo que era mi papá.

—Te fuiste al progresismo.

—Creo que fue algo natural, necesario. Venía de un colegio privado, católico, una burbuja. Entré a una universidad estatal por mis propios medios y empecé a vivir una realidad que no veía en ese colegio chiquito de clase alta chilena y ahí entendí otro Chile. Eso forjó una opinión, una visión política y ciertas convicciones que sigo manteniendo, cosas básicas como empatía, protección sobre los derechos humanos, que son mínimos. Y una mirada de igualdad y la búsqueda de una sociedad más justa, que cuesta mucho.

—Y esto que decías hace un rato, uno puede tener opinión y la puede decir.

—Uno debe tener opinión. Lo que pasa es que a veces se confunde con la politiquería. Pero todo tiene algo de política: cómo vivimos, qué pensamos, cómo funcionan las cosas. Y eso no significa militar un partido.

—¿Te cuestionan por opinar sobre Argentina siendo chileno?

—Sí mucho, me sacudieron un par de veces por decir mu, y la verdad es que entiendo también esa reacción. Y entiendo también que hay una grieta enorme, histórica, que no soy yo quien la va a resolver. Pero me llama la atención que no te dejen hablar cuando mi intención siempre es conciliadora.

—Acá podés venir a hablar de lo que quieras siempre.

—¿Sí? ¿Para que me prendan fuego a la salida?

—Hace un rato hablabas de tus hijos cerca de un conflicto armado. ¿Cómo manejás eso?

—Controlando la ansiedad y confiando. No queda otra.

—¿Vienen pronto?

—Sí.

—¿Ya organizaste la logística de padre de cinco?

—Sí, todo se organiza con amor y dedicación.

—¿Tenés momentos que mirás para atrás y te dan vergüenza?

—Muchísimos. Tengo 47 años, imaginate. Basta ver las fotos, los looks. Hay varios momentos “satánicos”.

—¿Cuál fue tu peor look?

—(Risas) Creo que mi peor look… no sé si es el que estoy manteniendo ahora por la obra de teatro o… No, yo diría que los famosos 16 o 17 años son complicados para los hombres. Después entré a la universidad y me dio por vestirme medio punky. Me rapé los costados, me puse una cresta.

—¿Tenías cresta?

—Sí, tenía una crestita.

—Necesito la foto.

—La tenemos. Me duró poco. Además, era malísimo porque era como un punk new age..

—¿La peor decisión que tomaste estando enamorado?

—(Risas) Yo creo que el amor. Cuando uno es más chico se manda más de cabeza. Con los años aprendés a poner límites. Hoy, por ejemplo, mi prioridad son mis hijos. Pero las locuras típicas las hice. Viajes impulsivos, como el que vive en Córdoba, agarra el auto, viene a dar un beso y se vuelve. Bueno, yo hice lo mismo entre Chile y Argentina. O tomar un vuelo trasatlántico para estar dos días en España y regresar. Hoy lo pienso y digo: “¿Era necesario?”. Y no, probablemente no.

—¿Hay alguien con quien estés peleado hace años y sepas que es culpa tuya?

—No. Ahí sí creo que tengo algo bueno: no tengo enemigos. Y si hay algún conflicto trato de ir de frente y resolverlo, sobre todo cuando se trata de vínculos importantes. Quizás lo aprendí por la relación con mi papá. Con él me peleé muy fuerte y estuvimos años sin hablarnos. En un momento pensé: “No quiero terminar así mi historia con él”. Entonces fui, intenté sanar ese vínculo y eso me marcó para muchas cosas. No me puedo dar el lujo, viviendo lo que viví, de estropear un vínculo por una mala comunicación o por una pelea.

—Eso es un aprendizaje enorme.

—Sí. Y trato de transmitírselo a la gente cercana. Cuando un amigo me dice “me peleé con mi viejo”, le digo: “Andá, buscá la forma, tratá de acercarte”. También pasa con los hijos grandes, otro desafío. El otro día, se va a enojar mi hijo, pero tuvimos una pequeña discusión y pensaba: “Esto es como discutir con una novia, pero aumentado por mil”, por lo que me dolían sus palabras y sus reclamos. Porque cuanto más importante es alguien para vos, más te duelen ciertas cosas.

—¿En esa discusión no aparece también cierto orgullo? Pensar “mirá cómo creció, cómo se planta”.

—En el momento de la pelea no, qué orgullo ni orgullo. No, que se vaya a cagar. Yo soy papá hace 20 años y pensé que más o menos estaba canchero en algunas cosas, pero aparecen otras y la vida te va exigiendo constantemente.

—¿A quién llamás hoy si tenés un problema real?

—Uf, a mi mamá. ¡Mamón!

—¿Tenés algún miedo ridículo pero que sea real?

—Antes me impresionaban los ruidos en la casa, los fantasmas. Hoy soy una persona que puede caminar solo por la mitad de un bosque sin sentir miedo y eso también me lo dio la vida. No le tengo miedo a lo paranormal ni a lo extraño. Incluso, a propósito de la inseguridad, soy medio naif: puedo caminar por Palermo a las seis de la mañana y siento que tengo un ángel, que no me va a pasar nada. No tengo esos miedos.

—¿Sentís que los que no están te cuidan?

—Sí.

—¿Hablan de Blanca con los chicos?

—Sí, está presente naturalmente. En alguna comida, en alguna conversación. En mi casa hay un lugar muy especial para ella, una vela que se enciende todas las noches. Está presente y me encanta que ellos la sientan así, integrada. No como “ahora vamos a hablar de nuestra hermana mayor”, sino como alguien que sigue estando en la casa.

—¿Los más chiquitos también?

—Menos, claro, por una cuestión de tiempo y de presencia.

—¿Cuál es la escena de tu vida a la que volvés cuando pensás en la felicidad?

—Tiene que ver con un atardecer. Esa hora en la que las imágenes empiezan a volverse difusas, cuando no sabés bien si todavía es día o ya es noche, como un ocaso. Y sin dudas la gran escena de mi vida es con mis hijos, y que estemos todos juntos. No hay otra. Me imagino ese momento medio despojado, con poca ropa, en esa hora azul que dura apenas unos veinte o diez minutos, cuando todavía queda algo de sol, pero ya aparece la luna. Esa mezcla rara entre el día y la noche. Y siento que ahí podemos estar todos. Y que, de alguna manera, están.

—¿Hay caballos ahí?

—También, siempre, me vas a hacer llorar, maldita.

—¿Nos encontramos en el teatro?

—Vengan al teatro, los espero ahí. De jueves a domingos en el Multiteatro.

—Nos encontramos en el teatro. Están agotadísimos.

—Estamos muy bien. Entendiendo también que en la calle Corrientes hay muchísima oferta, pero Buenos Aires sigue siendo una capital teatral impresionante. Es increíble cómo la gente acompaña. Y felices de que nos den ese lugar y puedan emocionarse con esta historia de amor increíble.

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