Flor Álvarez: la cantante que pasó de dormir en la calle a emocionar a millones con su historia de resiliencia

En Casino Deluxe, la artista repasó su dura infancia en instituciones, los años en los que debió alejarse de su familia adoptiva por situaciones de maltrato y cómo la música se convirtió en un refugio en los momentos más difíciles. Además, habló de los abusos que sufrió durante su adolescencia, las decepciones amorosas que atravesó tras alcanzar la fama y su sueño de crear una casa artística para chicos sin hogar

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Siempre que estoy a punto de tirarlo todo, vuelvo a acordarme de tantas cosas tristes que viví y siento que no merezco tirar todo porque me costó mucho estar donde estoy”, afirmó Florencia Álvarez durante una entrevista en Casino Deluxe, el ciclo de entrevistas de Infobae.

Flor es cantante, influencer y creadora de contenido. Alcanzó la popularidad gracias a sus interpretaciones musicales en el subte y en las calles de Buenos Aires; sus videos se viralizaron en TikTok y en Instagram. Inició su carrera artística de forma independiente y creó una sólida comunidad digital con su estilo que fusiona cumbia, pop urbano y versiones de canciones populares. En los últimos años, lanzó composiciones propias como 4:20 y el EP Etapas, y colaboró con artistas como Rusherking y Fer Vázquez.

Su historia de superación personal y crecimiento desde los escenarios callejeros hasta plataformas digitales masivas la posicionaron como una de las nuevas figuras en la música urbana y tropical argentina.

Flor Alvarez
Flor Álvarez: “Quiero fundar una casa artística para chicos que crecieron en hogares”. (Maximiliano Luna)

Ante la pregunta sobre qué haría con un millón de dólares, Flor respondió sin dudar: crear una casa artística destinada exclusivamente a chicos que viven en hogares. Según explicó, el proyecto nace de su propia historia y de las carencias que atravesó durante su infancia.

Durante la entrevista, recordó el programa estatal Adolescencia, del que participó y que estaba orientado a jóvenes que vivían en hogares o no tenían recursos para acceder a actividades artísticas. También mencionó la casita C&C Arte, un espacio con talleres de baile y música, aunque aclaró que su sueño apunta a desarrollar “algo mucho más grande y enfocado únicamente en chicos que crecieron en instituciones”.

Si bien la propuesta del millón de dólares forma parte del juego del programa, la artista aseguró que busca convertir ese proyecto en realidad en los próximos años, impulsada por el crecimiento de su carrera musical.

Infancia, familia adoptiva y vivencias en hogares

Flor ingresó a un hogar junto a sus hermanos cuando tenía tres años. Desde entonces, la música fue refugio y motor para transitar la infancia. Gran parte de esa conexión surgió desde programas como Casi Ángeles, donde imaginaban que el arte podía ser una vía de escape y una forma de construir identidad.

“Vivía en un hogar con mis hermanos y en ese momento veíamos el programa. Asociábamos mucho estar en un hogar con hacer música, porque éramos muy chicos y no diferenciábamos una actuación de algo real. Para nosotros era muy real ese hogar mágico y si ellos podían tener una banda, nosotros también. Siempre tuve esa cercanía con la música”, relató.

En medio del dolor que atravesaban, la ficción representaba una esperanza. “Creo que ayudó a mucha gente a olvidarse de las cosas malas. A nosotros nos dio la ilusión de que podíamos hacer algo con la música o con el arte y perseguir los sueños”, agregó.

La convivencia con su familia adoptiva estuvo marcada por situaciones de violencia física, manipulación y maltrato psicológico. El vínculo con su madre adoptiva era especialmente conflictivo, mientras que su padre adoptivo mantenía una actitud pasiva. “Si uno hacía las cosas mal era un mal hijo y ella nos decía que se arrepentía de adoptarnos. No tuve un mal vínculo con mi papá. El problema era que él avalaba esas cosas y no hacía nada al respecto. Pero no era una persona violenta”, afirmó la artista.

Con el tiempo, advirtió que lo que vivía no era normal. “Me empecé a dar cuenta de que las cosas no eran así cuando fui a la casa de mis amigos y sus mamás no eran así. Sentía que estaba en deuda con ellos porque había sido adoptada. Yo no lo entendía porque tenía 10 u 11 años. Después, con el tiempo, me di cuenta y decidí irme”, recordó.

Sobre el vínculo actual con su familia adoptiva, Flor señaló que mantiene cierto contacto con su padre, aunque distante. “Aprendí a perdonar. Sé que él nunca hizo las cosas con mala intención. Siempre sentí que fue irresponsable en algunas cosas. Pero sé que no fue con maldad, que él nos amó de verdad”. Con su madre adoptiva, el lazo se rompió durante la adolescencia. “Cuando yo tenía 15 años nos sentamos las dos, tranquilas, y nos dijimos: ‘Yo no quiero ser tu mamá, yo no quiero ser tu hija’. Me levanté y no la vi nunca más”, sentenció.

Con los años, Flor y sus hermanos terminaron separados. Una de sus hermanas fue internada, otra se fue a vivir con una amiga y su hermano menor permaneció con la madre adoptiva. La distancia y los conflictos familiares la impulsaron a irse de su casa siendo todavía muy joven. En ese contexto, la figura materna más importante en su vida fue su hermana mayor, quien también pasó por situaciones de calle y siempre asumió un rol de cuidado. “Ella fue la persona que me enseñó a atarme los cordones, a leer, a escribir. Era la hermana mayor y siempre nos cuidó y nos defendió”, expresó.

Flor Alvarez
“Cantaba para tranquilizar a las chicas del hogar cuando la estábamos pasando mal”, recordó Flor en diálogo con Emilia Attias. (Maximiliano Luna)

Experiencia en la calle, abusos y resiliencia

—¿Cuáles fueron los momentos más difíciles de tu vida?

—¡Uf! Yo creo que la calle. En mi adolescencia, cuando me tocó transitar la calle, el tener que sobrevivir sola, el tener que utilizar mi cuerpo para algunas ocasiones o los abusos sexuales, también. Esos creo que han sido los más duros. Me habré alejado de mi familia adoptiva a los 13 o 14 años y a los 18 más o menos volví a pararme. Pero estuve todos esos años deambulando de acá para allá, estando en la casa de alguien, en la casa de personas y haciendo cosas que capaz no tenía ganas de hacer para que me ofrezcan un baño donde bañarme, porque a veces no había dónde bañarse.

—¿Hay algo de tu historia que todavía te cuesta contar?

—Yo creo que el tema de los abusos siempre lo cuento por arriba porque es fuerte recordarlo. Yo sufrí tres abusos sexuales en mi vida y dos han sido medio inconsciente con efectos de alcohol o droga y la última vez no, y esa creo que fue la peor, la más triste y dolorosa que viví.

—¿Fue siempre la misma persona?

—No. Fueron todas personas que yo no conocía. Gente en la calle o en una villa. Me agarraron entre cuatro y la última fue un colectivero. Eso sí no lo charlo porque siento que hago una nota toda llorando y es horrible... Es duro y hasta a veces me pasa hoy día, que ya pasó un montón de tiempo de eso y siento culpa por eso. Y sé que está mal. Todo el mundo me dice que está mal, que no fue mi culpa. Hice terapia con más de siete psicólogos. Hoy día estoy en terapia y la psicóloga me hace entender siempre que no fue mi culpa. Yo a veces, le tengo, no sé, odio a mi cuerpo porque todo el mundo lo maltrató. Pero a veces siento culpa. A veces siento que si yo no hubiese estado en ese lugar a tal hora, tal día, eso no hubiese sucedido. Pero uno aprende de los errores. ¿Fue mi error por haber estado en ese lugar? Yo creo que sí, porque en realidad no tendría por qué haberme escapado de donde estaba. Yo estaba en un hogar y me escapé. Está bien, la estaba pasando mal. Pero era de noche y no correspondía que ande de noche porque es peligrosa la calle.

—Pero eras muy chica. No te dabas cuenta de eso todavía y la estabas pasando mal.

—Es verdad. Pero yo busco culparme y sé que está mal eso. Nunca pude hacer una denuncia. Nunca me sentí fuerte para hacer el reconocimiento de las personas, volver a verlos. Yo no sé quiénes eran, pero recuerdo sus caras. Creo que lleva tiempo ese proceso. Es una herida que aún no sanó, porque cada vez que la toco me moviliza algo.

Música y proyectos personales

La música fue siempre un refugio y también una herramienta para vincularse con los demás. Durante los años que vivió en hogares, Flor aprendió a tocar el ukelele y solía reunir a las chicas en el patio para cantar, ayudándolas a atravesar los momentos más difíciles.

“Sentía que podía conectar con ellas a través de la música; cuando las notaba inquietas, tomaba el ukelele y les proponía ir al patio para cantar algunas canciones. Se sumaban todas y era hermoso poder hacer algo por ellas, para que también pudieran estar tranquilas. Muchas habían vivido abusos y ya no querían continuar”, narró.

Consultada sobre si siente orgullo por lo que logró frente a las situaciones complejas que enfrentó, Flor subrayó su perseverancia y su capacidad de no rendirse ante la adversidad como rasgos fundamentales.

“A veces me pasa que algo me angustia y tengo ganas de dejarlo todo. Pero cada vez que estoy cerca de hacerlo, recuerdo las muchas cosas tristes que viví y siento que no merezco abandonar, porque me costó mucho llegar hasta donde estoy”, analizó.

Flor Alvarez
“Siempre que quiero tirar todo, recuerdo todo lo que me costó llegar hasta acá”, expresó la artista. (Maximiliano Luna)

Relaciones personales y vínculos afectivos

—¿Cómo sentís que te impactaron estas cosas que viviste en tu forma de ser y de vincularte con los demás?

—Me ayudaron a descubrir cómo es la gente, a través de su manera de hablar o de expresarse. Yo siento que le saco la ficha a todo el mundo en un segundo. Creo que aprendí a leer mucho a la gente, a no dejarme manipular y a estar despierta. La calle te enseña muchísimas cosas, pero sobre todo a estar despierto en todo lo que está pasando a tu alrededor.

—¿Te cuesta abrirte, ser vulnerable o dejarte amar?

—Soy la mejor en eso. Lloro, soy maricona, amo con intensidad y con locura a los míos. Yo doy la vida por la gente que estuvo conmigo. Tengo amigos que me han dado un túper de comida cuando no lo tuve y eso lo tengo en mi corazón todos los días y cada vez que me necesiten, yo corro por ellos. Siento en parte que mi familia al haberse destruido, yo construí con ellos una familia que me acompañó en todo ese tiempo duro.

—¿Y en el amor? ¿Cómo sos?

—Me ha pasado con todo esto de las redes y de haberme hecho conocida, de estar con gente y que a los dos meses me pidieran que les compre un auto. Yo no soy un banco. Soy una persona. Entonces claro, ahí yo me daba cuenta y digo: “No, este quiere plata, no quiere estar conmigo”. Entonces chau, listo. Yo tuve todas relaciones que me duraban dos, tres meses, porque a la primera de cambio que no me gustaba algo, ya está, nos separamos. Yo no voy a poner la cara para que me sigan pegando.

—¿Estás en pareja actualmente?

—Hoy día estoy en relación, cumplimos un año, convivimos desde octubre y nos comprometimos, todo…

—¿Cómo lo conociste?

—Lo conocí porque estoy trabajando con mi productora hace tres años. El año pasado me había mostrado a un chico y me dijo que él estaba preguntando por mí. Yo le dije: “No, quiero enfocarme en la música”. Pero lo vi en una videollamada y dije: “¡Qué guapo! Le voy a mandar un mensaje”. Le pedí el Instagram, le mandé mensaje, terminamos hablando por WhatsApp y nos vimos esa noche. Después de ese día nos empezamos a ver todos los días y no nos separamos más. Se llama Johnny, Jonathan. Su familia es lo más, también.

Mirada sobre la adopción y sueños

A futuro, uno de sus mayores deseos es formar una familia propia y convertirse en una madre presente. “Me gustaría tener cinco hijos. Adoptar a tres y parir a dos. Yo los llevaría a todas las actividades que les guste hacer. Voy a ser la mamá que está con un cartel ahí apoyando en lo que sea”, expresó.

Además, aseguró que le gustaría transmitirles herramientas para desenvolverse en la vida sin dejar de acompañarlos. “También me gustaría enseñarles de la calle, porque tienen que aprender, creo yo, para estar despiertos. Obviamente, poner límites y todo lo que quieran aprender, que lo aprendan conmigo. Así que yo creo que sería una mamá piola”, concluyó.

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