La vida después de cubrir una guerra: “Me parecía que ir al cine o celebrar algo era superficial, que eso no era vivir”

Joaquín Sánchez Mariño es periodista y escritor, y se especializa en coberturas en terreno: está donde ocurren los sucesos de interés global. Estuvo en crisis sociales como Venezuela, en Ucrania durante la invasión rusa y en los conflictos bélicos de Medio Oriente. En un nuevo capítulo de Voces, la experiencia de un cronista argentino en las zonas de conflicto y qué pasa después: “Volver es el arte más difícil de aprender en una guerra”

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La vida después de cubrir una guerra: “Me parecía que ir al cine o celebrar algo era superficial, que eso no era vivir”

Estuvo en la crisis política de Venezuela, en el estallido social de Chile, en los incendios forestales del Amazonas, en el Líbano en pandemia, en Libia como el único turista, en isla de Lesbos en Grecia para contar la migración, en el Mar Mediterráneo a bordo de un barco que rescata refugiados. Quiere contar Cuba, narrar Haití. Insistirá para recibir la visa que le permita ingresar a Irán. Pretende mostrar cómo viven las mujeres en el régimen talibán de Afganistán. Joaquín Sánchez Mariño elige ser el que cuenta los hechos que suceden en el mundo. Prefiere hacer trabajo de campo, ser cronista en el terreno, vivir los sucesos globales desde adentro.

Pero antes quería ser escritor. Descubrió el gozo por el periodismo en 2019, cuando una crisis humanitaria en Venezuela lo convenció. Él, que quería inventar nuevos mundos con sus escritos, entendió que era suficiente con contar el mundo que habita con sus complejidades, sus bemoles, sus facetas, sus conflictos. Renunció a un trabajo en redacción para seguir sus instintos. Financió sus propias coberturas. Los gaston fueron inversiones para construir su propio medio.

Hijo de un ex combatiente de Malvinas y de una mujer a la que reconoce psicopatear en cada cobertura, relata en esta entrevista íntima cómo combina el miedo y el amor con su pulsión de estar en el lugar donde pasan las cosas. Y qué es lo que verdaderamente sucede en esos lugares cuando no hay cámaras que graben: el rol de los fixer y de los colegas. Razona, a su vez, cómo compagina su propia vida, sus propias inquietudes, su propia realidad con lo que ve y conoce. ¿Cómo es volver a vivir una vida normal después de tamañas experiencias? “Me cuesta estar alegre porque siento que soy un traidor”, admite. Las angustias de los comienzos, la culpa sanada con el tiempo y lo que espera, lo que falta, lo que anhela.

"El arte de volver es el más difícil de aprender en una guerra", la charla completa de Joaquín Sanchez Mariño en Infobae.

—¿Dónde sentís que estuvo el quiebre para salir de la cosa más tradicional del periodismo y empezar una búsqueda distinta?

—Yo lo vi con dos momentos y ambos momentos son viajes. Uno en 2012. Yo trabajaba en Revista Gente. Ya llevaba cuatro años en la revista. Había aprendido mucho, me encantaba, me divertía. Era pibe, tenía 26 años. Y quise hacer un viaje, me quise ir de viaje ocho meses por Rusia, China, Mongolia. Todo por tierra. Y dije “si no me dejan voy a tener que renunciar”. Fui a hablar y dije que quería una licencia sin goce de sueldo. Me dijeron “bueno, dale, andá y volvé”. Y ahí fue un viaje que hice, fui con dos amigos y armamos una página web. En esa época no era tan habitual hacer el vlogging con V. Armamos una web donde yo escribía y hacíamos videos del viaje que te digo, fue Rusia, Mongolia, China, Myanmar, Sri Lanka, India, Egipto.

—Hicieron el Transiberiano ahí.

—Hice el Transiberiano. Y escribía crónicas de viaje que era un poco mi sueño. Y ahí aprendí a filmar y a editar. Yo me fui el primer viaje que cuando volamos de Buenos Aires a Frankfurt edité un video malísimo en Movie Maker. Un video realmente de muy baja calidad. Y en el viaje ese fui aprendiendo a editar. Y cuando terminé ocho meses después se podría decir que aprendí a usar Premiere. Y ahí descubrí el lenguaje del video como suplementario al texto: escribía y hacía videos.

—Vos te ibas en un viaje a ver qué pasaba, no a hacer una cobertura puntual.

—A explorar el mundo en realidad. Era un poco eso, viaje iniciático de ir a un lugar desconocido y conocer. Ahí lo que me intrigaba, más que hacer una cobertura, más que ser un periodista, era descubrir el mundo. Era descubrirme a mí descubriendo el mundo también.

Voces - Joaquín Sánchez Mariño
Joaquín Sánchez Mariño viajó a Ucrania cuando empezó la guerra en el 2022.

—Ese fue el primer viaje. ¿Y el segundo?

—Y el segundo ya tuvo más un propósito más profesional que fue en 2019 ir a Venezuela. En esa época Guaidó se había proclamado presidente encargado, enero del 23 de enero del 2019. Había como dos presidentes a la vez en Venezuela, Guaidó y Maduro, estallido social, desabastecimiento. Fue uno de los hitos de la crisis venezolana. Y a mí me intrigaba mucho saber qué pasaba en Venezuela. Y me saqué un pasaje, acababa de renunciar a un medio en una redacción porque quería hacer algo que tuviera un poco más de aventura, algo que tuviera más que ver con lo que me gustaba a mí. Y lo primero que hice fue una decisión completamente antieconómica ¿no? Renunciar a un trabajo y gastar los ahorros en un viaje a una cobertura que no tenía ningún tipo de rédito económico. Pero ese fue un primer viaje con un propósito profesional. Ya no fui a explorar sino a contar. Y conté todo por redes sociales.

—Pudiste hacer la cobertura de forma independiente, armar tu esquema por fuera sin que un medio te mandara a cubrir.

—Sí, lo intenté. Tenía mucho deseo de hacerlo. Primero porque realmente me gusta mucho hacer las cosas que quiero hacer. Si hay algo que quiero hacer y no lo convence un editor o a un medio, o es caro.. a mí siempre me costó mucho decir “bueno, no se pudo”. Generalmente cuando fui con una propuesta y me decían que no, me tomaba vacaciones y lo hacía por la mía. En 2010 me fui a Chile a buscar a Nicanor Parra, mi poeta favorito. Chileno, tenía 96 años. Y les propuse la nota en Gente, se me rieron. Acababa de ganar el Premio Cervantes. Me tomé una semana de vacaciones y me fui a Chile a buscar a Nicanor Parra. Un tiempo después conté la historia. Fui a su casa de la costa, de Las Cruces, no estaba. Me dijeron que estaba en Santiago. Yo no sabía la dirección. Fui a Santiago, encontré la dirección. Me metí en su casa, medio que me colé en su casa, porque se abrieron las puertas porque entraba alguien, era una especie de casa quinta. Y ahí estaba al fondo el viejito de 96 años tenía, insisto. Después murió a los 103 él. Y lo volví a ver a los 100, lo volví a visitar. Y también me recibió en su casa. Charlé con él y fue una cosa mágica para mí. Tenía que ver con yo quería hacer algo y no me sentía bien con que un editor que no confiara en mi idea me dijera que no. Yo era muy pibe, yo tenía 23 años en esa época. Entonces siempre fui como en algunas ideas o en algunas cosas que deseo hacer tener mucha convicción y querer hacerlo. Obviamente que el camino de los medios o como empleado de los medios, porque a mí me gusta trabajar con medios, descubrí que como empleado me limitaba en muchas cosas. Entonces traté de construir un camino independiente.

—Recién me decías que tenías 23. ¿Cuándo te diste cuenta que querías ser periodista?

—En realidad no quería ser periodista. Para mí el periodismo llegó casi como una renuncia que después se terminó convirtiendo en algo que me enamoró. Yo quería ser escritor. Quería dedicarme a la literatura. Y escribía, escribía novelas, cuentos. Escribía pésimo pero escribía. Escribía, escribía, escribía, leía. Realmente me interesaba la literatura. Intenté ser periodista cultural en un momento pero me di cuenta de que era como tratar de entrar a la literatura disfrazado. Pero eso era mi deseo, ser escritor.

—¿En tu casa se leía?

—Mucho, sí. Sí, en mi casa hay mucha cultura de la literatura. Mi abuela, el padre de mi abuela, o sea, mi bisabuelo, Néstor Ibarra, era un intelectual. Era muy amigo de Borges. De hecho fue concuñado con Borges. Estaban casados Néstor Ibarra con mi bisabuela que era Alicia Astete Millán. Y Borges se casó con Elsa Astete Millán, con dos hermanas. De hecho mi bisabuelo fue testigo de matrimonio del primer casamiento de Borges. El primer matrimonio de Borges que duró muy poco porque fue un matrimonio fallido. Pero de algún modo Borges fue tío de mi abuela.

—Podemos decir que hay un gen que vino para acá.

—Si lo estiramos un poco sí. Pero bueno, mi bisabuelo fue el primer traductor de Borges al francés.

Voces - Joaquín Sánchez Mariño - Venezuela (2024)
Cuando se conoció la detención de Hugo Chávez viajó inmediatamente a Colombia para acercarse a Venezuela.

—¿Cómo fue crecer en esa casa? ¿Cómo fue ser chiquito con un papá que fue a Malvinas?

—Yo nací después de Malvinas. Pero sí me acuerdo, yo nací en el 85. Y mis padres se separan, se divorcian, más o menos en los 90. Con lo cual mi infancia es más con mis padres, no con mis padres juntos. Pero era una casa, una infancia muy feliz. Mucho libro, mucho juego intelectual en la familia. Pero después está la vena de acción de parte de mi padre. Que igual también hizo una carrera intelectual. Pero como militar era un hombre de acción, digamos. Fue crecer en una casa en la que mi viejo, bueno, se fue en el 91, 92, se fue a la Guerra de los Balcanes. Estuvo un año destinado en la Guerra de los Balcanes como misión de paz, como tropa de paz, como Casco Azul. El recuerdo que tengo es ver a mi viejo venir una vez por año. Y ver qué regalo traía de Croacia. Me acuerdo que me regaló un Montgomery, una especie de sobretodo que me quedaba gigante. O sea, al día de hoy, ahora me queda bien. Me lo regaló a los 7. Imagínate cómo me quedaba. Y después me acuerdo de estar en el secundario y que mi viejo se fue a hacer una campaña antártica. Hizo dos campañas antárticas. Una fue como de cuatro o cinco meses. Y estar en el primer año o segundo y que me vengan a buscar, tocan la puerta y me digan “Joaquín, vení que tenés que ir a hablar por teléfono con tu padre que está llamando desde la Antártida o del helicóptero por radio”. Y que me interrumpieran para eso. Era entre infamante y cool.

—¿Y a vos qué te pasaba, te daba orgullo? ¿Te enojabas y decías “volvé a casa”?

—No, extrañarlo no. Primero porque no vivía con él. Sí, me daba orgullo, me divertía. Los helicópteros me fascinaban. Ir al hangar de helicópteros y subirme. Alguna vez en la época menemista les permitían más a los militares. De repente salían a hacer prácticas con los helicópteros y uno podía ir y subirse. Era todo medio desatado por lo que recuerdo. Después ya se volvió mucho más profesional y eso no era posible. Pero lo recuerdo con diversión. Imagínate que en los 90 Campo de Mayo era una especie de cementerio viste. Veníamos de la dictadura. Era un lugar triste. Debe seguir siéndolo, ¿no?

—Sí, uno iba creciendo y se empezaba a hablar de todo lo que había pasado. Me imagino mil preguntas en ese sentido.

—Sí, sí. Me acuerdo que a los 14 años tuve que dar una clase en el colegio sobre Malvinas. Sobre Malvinas más que nada. Obviamente me pusieron a mí a dar esa clase porque mi padre era excombatiente. Mi viejo en ese entonces todavía no hablaba de Malvinas. Mucho después empezó a hablar. Pero me acuerdo de ir y decirle quiero charlar porque tengo que dar una clase. Y fui con mucho miedo porque empezaba a entender lo que había pasado en la dictadura y a mí me daba pánico de ir a hablar con mi padre y preguntarle sobre ese cuarto oscuro. Fui, tuvimos una charla y le pregunté todas mis dudas, dónde estabas, qué hacías. Fui a esa conversación con muchísimo miedo de a ver con qué me voy a encontrar, quién es mi padre. Y me fui muy tranquilo, muy contento pero antes estaba muy tenso.

—¿Qué dice él cuando te vas a una guerra?

—“Dejate de joder, no vayas”. Eso, generalmente dice “no vayas”. Y después le digo bueno, está bien, ahora decime tal cosita o tal otra. Y le pregunto cosas técnicas. Y charlamos. Como lo uso más de productor que de padre.

—¿Y con tu mamá qué hablás antes de irte?

—Y con mi vieja, soy más ingrato con ella, pobre, porque hoy en día ya le aviso cuando estoy llegando... Ella percibe. Sabe mucho más que mi padre generalmente.

—¿Es la que más sufre y la que más pide “ya está, por este año ya está”?

—Ya no, ya está entrenada, no dice nada. Me siento medio psicópata con ella pero yo le digo vieja, no me escribas cuando estoy en cobertura porque si tengo que estar atento a tu mensaje y a responderte y a dejarte tranquila por ahí por responderte un mensaje me cae un misil encima. Así que mejor no me escribas. Es una psicopateada total.

Voces - Joaquín Sánchez Mariño - Líbano
Joaquín Sánchez Mariño en el Libano.

—¿Hiciste alguno de estos viajes estando en pareja?

—El primero de Ucrania, el 2022, cuando empezó la guerra, estaba en pareja.

—Ese viaje fue después del de Venezuela. ¿Lo siguiente fue Ucrania?

—No, el año de Venezuela, fui el estallido social en Chile. También me fui a cubrirlo. Fueron los incendios en el Amazonas. Todos los años hay, pero ese año fue muy particular y fui a cubrir los incendios. Después al año siguiente me fui al Líbano, quería entrar a Siria. Conseguí la Visa para cubrir la guerra en Siria. Llegué al Líbano y cuando estaba por entrar en Siria cayó la pandemia y quedé varado. No pude entrar a Siria. Después me fui a la isla de Lesbos en Grecia a contar la crisis migratoria. Yo no quería volver acá. Veía que se iban cerrando los aeropuertos en la pandemia y conté Líbano.

—¿No querías volver a pasar la pandemia acá?

—No soltaba la idea de que yo quería hacer una cobertura en Medio Oriente. Era mi primera cobertura en Medio Oriente. Había estado en la Primavera Árabe en Egipto en 2012 como viajero, no como periodista, y esta era mi primera cobertura en Medio Oriente. Y cuando llego al Líbano, a los tres días se declara la pandemia. Yo seguía con yo voy a hacer la guerra en Siria. Fui hasta la frontera, me dijeron “no, su Visa fue revocada”.

—¿Habías ido por tu cuenta o con un medio?

—No, por mi cuenta. Esa cobertura había sido por mi cuenta. Había hecho una especie de crowdfunding, había juntado algo de plata de la gente que me bancaba, poquito, y yo estaba decidido. Y bueno, después a los días en Líbano me dijeron andate de acá porque no va a pasar nada. Entonces me fui. No quería volver, me fui ahí a Grecia en la isla de Lesbos que estaba el campo de refugiados más grande de Europa. Conté un poco la situación en Lesbos y después ahí se cerró la isla y dije “bueno, me voy a México”. Y me fui a México porque estaba abierto el aeropuerto todavía y ahí sí ya tenía ganas de volver a vivir la pandemia en mi país. Había algo raro ahí de nacionalismo de esta crisis mundial la quiero vivir en mi país.

—Ahí no estabas de novio. Eso vino un poco después cuando te vas a Ucrania.

—Un tiempo después, sí, me había separado de la misma persona con la que después estaba en pareja cuando fui a Ucrania, febrero de 2022. Estaba en pareja.

—¿Qué te dijo cuando le dijiste que te ibas?

—Fue bastante dramático todo. Me fui en pareja y volví soltero, para que te des una idea. Ella estaba en mi casa en ese momento y cuando empieza la guerra yo estaba en Corrientes cubriendo los incendios para Infobae y me acuerdo de que estaba entrevistando a un excombatiente de Malvinas justamente cuyo campo se había incendiado. Y me llama la directora y me dice “bueno, volvé, te vas a…”. Cuando Putin anuncia la operación militar especial, siete de la mañana, yo la llamo a Gaby (Cociffi) y le digo “che, quiero ir”. Nunca la llamé tan temprano. Y me dice, “bueno, vemos, vemos, concéntrate en lo que estás haciendo”. Bueno, bueno, pero quiero ir. Bueno, me voy a hacer la entrevista y a las doce del mediodía me empieza a sonar el teléfono mientras yo estaba entrevistando. Le corto porque estaba en la entrevista. Y viene el fotógrafo a los cinco minutos y me toca el hombro y me dice “te están llamando”. Me acuerdo que terminé la entrevista, la llamé y me dijo “volvé, te vas a Ucrania”. Y yo estaba entrevistando a un excombatiente, le conté y me dijo “te voy a dar un consejo, hasta cagar te vas con el casco puesto”. Era un tipo al que el casco le había salvado la vida porque en una trinchera le habían dado dos disparos en el casco. Y tenía una cicatriz acá pero el casco le salvó la vida. Me dijo “te vas a cagar hasta con el casco”.

—¿Lo cumpliste?

—Uno no es combatiente, es periodista, pero usaba mucho el casco. Usaba el casco más que mis colegas se podría decir. Para entonces, ya había abrazado al periodismo. En el 2019 ese escritor se encontró con el periodista y ahí me enamoré del periodismo. Yo pensé que iba a inventar mundos y no: era contar el que tenemos.

—Que es enorme y tan distinto.

—Y tan apasionante. Entonces cuando me dice te vas a Ucrania, que yo venía insistiendo y era realmente un sueño, solo podía preocuparme por pre producir. Tuve que comprarme un pasaje porque el equipo siguió laburando y yo me tomé un bondi de Corrientes a Buenos Aires. Pedí un turno para un PCR porque en esa época todavía se necesitaba para entrar a Ucrania. Chequeando requisitos y viendo por dónde entrar, hablando con gente, dónde me compro el pasaje. Todo esto decidido en dos minutos, de casualidad. Y a quien era mi novia en ese momento era “che, ¿podemos hablar? Pasa esto, me voy a Ucrania”. Evidentemente tengo mis manías: muy enamorado de mi trabajo, no la llamé y le dije “che está esta posibilidad ¿qué te parece?”. No lo conversé en pareja. Le conté en un acto de puro, no sé, egoísmo si se quiere…

—De mucho entusiasmo.

—De mucho entusiasmo y me dijo “ok”. Nada. Volví, llegué a las diez de la mañana, armé un bolso, me hice el PCR. De Retiro al PCR. PCR a mi casa. Armé un bolso con rueditas, gigantesco, una mochila y un bolsito. Y lo llamé a mi viejo y le dije viejo “buscame, llévame a Ezeiza”. Que ahí hubo algo como simbólico de pedirle a mi viejo que me lleve. Y me encontré con quien era mi novia en mi departamento, una despedida rarísima. Le dije “es un sueño, estoy contento”. Me dijo “¿estás contento de que haya una guerra?”. “No, no estoy contento de que haya una guerra, estoy contento de que me hayan elegido para ir a cubrirla”. Y bueno, un tiempo después estando en Ucrania nos separamos.

Voces - Joaquín Sánchez Mariño - Libia
En Libia un policía debió acompañarlo durante toda su estadía.

—Llegás a Ucrania. ¿Por dónde se empieza? ¿Vos ya sabías de la región, de su historia, del conflicto?

—Poco. Había estado en Rusia un mes y pico. No había podido entrar a Ucrania en su momento porque cuando había ido por ahí se necesitaba Visa. Conocía poco. No era un conflicto que yo tenía muy estudiado. Casi nada te diría. De hecho “viejo llevame a Ezeiza” era para que en el viaje me pusiera en autos de un montón de cosas... Venía siguiendo obviamente la tensión porque se venía diciendo que Rusia atacaba, invadía o no invadía, pero no pensé que iba a suceder. Y la preproducción fue qué libro me llevo, por dónde entro, qué requisitos necesito. Conseguí un teléfono satelital. Llevarme dólares. Fue todo logística. Casi no tuve tiempo de estudiar, era todo logístico.

—¿Llegás y qué es lo que uno empieza a buscar? ¿Historias para contar? ¿Formas de acercarse?

—Bueno, yo el primer día lloré de hecho. Pero sí, en Ucrania estuve muy abrumado. Pero por otro lado era muy fácil el trabajo periodístico porque no importaba por dónde empezar: todo era contable. Entrar a Ucrania y ver una fila de kilómetros de gente que se iba ya era contable. Era una imagen imposible de no contar. Kilómetros y kilómetros de mujeres y niños que eran los únicos que podían salir. Y viejitos. Y autos abandonados, abiertos. Y perros abandonados. Gente que se quería ir del país, un país que se estaba yendo. Entonces el qué contar no era una pregunta, era qué no contar ¿no? Caminabas por un lugar y donde mirabas gente tapeando iglesias para evitar los bombardeos. Todo era contable. Entonces ahí hay como siempre una pregunta periodística, una conversación con el editor de por dónde empiezo combinado con el por dónde.

—Hay una figura que no todos conocemos que es el fixer. ¿Me explicás un poco?

—El fixer viene como de fix, de arreglar, del que te arregla todo que cuando vos llegás como es un local tiene contactos, tiene medios que vos no tenés y básicamente te acorta los tiempos. Tiene un auto entonces te lleva de acá para allá. Te consigue entrevistado si querés una historia determinada. Es alguien que te hace de productor y como es local, acá hay muchos argentinos que hacen de fixer para periodistas extranjeros que llegan y quieren entrevistar a un ministro entonces alguien le ahorra ese proceso.

—¿Ellos te dicen “a esto podemos ir, a esto no, es muy peligroso”?

—Sí. Es muy importante elegir un fixer al que uno confíe porque ponés tu vida en sus manos. Hay historias de fixers en algunos países del Medio Oriente que han terminado entregando a sus periodistas para secuestros, sobre todo en Siria. Un caso muy emblemático es el de Ángel Sastre y otros dos periodistas españoles que fueron secuestrados en Siria. Al parecer los vendió su fixer. Entonces la confianza que vos depositás en el fixer es fundamental. En Ucrania un día tuvimos un muy mal fixer en Kharkov, en el Este, que estaba siendo asediada por Rusia a la segunda o tercera semana de la guerra. Kharkov es la segunda ciudad más importante de Ucrania y está a muy pocos kilómetros de Rusia. En eso de tratar de contar, de ir más lejos, de llegar más cerca de la acción que el resto, uno toma malas decisiones. Contratamos un fixer, conocí a otros dos periodistas y lo compartimos para dividir gastos. Un fixer que nos prometía que nos iba a llevar a un lugar increíble y era medio un improvisado, un imprudente y nos terminó metiendo en el centro, en el frente de batalla. Casi nos termina cayendo un misil encima porque estábamos en una zona en la que no teníamos que estar y porque los rusos pensaron que éramos soldados y atacaron. Y tuvimos la fortuna de que cayó atrás y escapamos. Pero eso fue porque el fixer era un idiota.

—Los atacaron ustedes pensando que ustedes eran soldados.

—Habíamos entrado, el auto no tenía escrito press arriba, no tenía la insignia prensa en el techo, que es lo que se hace, porque cuando hay tanto drone al auto le ponés que es humanitario o que es prensa. Puede servir o puede no servir, pero en general hay que ponerlo. No lo teníamos. Y me acuerdo que entramos en una zona, un barrio que estaba siendo bombardeado, mucho silencio, nada más sospechoso que el silencio, cada tanto se escuchaba un bombazo y silencio. E íbamos por la calle y la calle de repente empezó a hacer como tac, tac, tac. Miró para afuera y estábamos manejando sobre escombros. Es decir que habían bombardeado hacía poco. Generalmente como bombardean a la noche, se barre eso y la calle queda libre de escombros. Si la calle está plagada de escombros es que es que es reciente, está fresco ese bombardeo y los edificios estaban todos destruidos. Y llegamos a una especie de barricada donde no había soldados y era raro porque un checkpoint sin soldados también era extraño, y ahí empezamos a sentir que algo extraño pasaba. Yo paranoico, pánico, y miro de repente de un pozo, un hueco, sale corriendo un soldado ucraniano, nos mira, nos empieza a hacer “váyanse de acá, váyanse de acá” y se vuelve a meter adentro. Yo le grito al conductor que frene, que dé la vuelta, no me entendía, no hablaba inglés, da la vuelta, volvemos a pasar por la barricada en sentido contrario y a los diez metros que nos vamos cae un mortero en ese checkpoint, en la barricada. Yo miro para atrás y veo el humo y le digo que acelere y a los cinco segundos cae otro más cerca nuestro porque lo estaban calibrando. Miro para atrás y veo el hongo de fuego y tenía la cámara. Inmediatamente me doy vuelta y filmo. En el ajetreo de esa excitación, cuando vuelvo me doy cuenta de que tenía puesta la tapa de la cámara. O sea que no filmé nada. Y me quise matar. Entre la adrenalina, la felicidad de sobrevivir, la excitación que te empieza a correr por el cuerpo porque acabas de sobrevivir a algo y la puteada interna por no haber filmado, todo eso mezclado en mi cabeza y salimos hasta una zona más segura donde pude bajar un poco. Pero es una sensación muy extraña.

—¿Cuando bajó esa adrenalina lloraste un rato?

—No, ahí ya no. Ya llevaba un mes, ya llevábamos varias situaciones de tensión, pero me acuerdo de que nos fuimos hasta un subte donde podíamos refugiarnos. Había 500 personas, familias viviendo en el subte, y ese contraste te acomoda inmediatamente. Venís desde la excitación del miedo pero te encontrás con la gente que está ahí y decís “esta no es mi tragedia, es la de ellos”, y eso un poco te acomoda.

Voces - Joaquín Sánchez Mariño - Setup y mochilas
Siempre hay un equipo listo para salir a una cobertura en forma inmediata.

—¿Qué preconceptos tenías o tenés que fueron cambiando con las coberturas que hiciste?

—Creo llegar bastante limpio de o intento llegar bastante limpio de prejuicios a los lugares. Hago ese ejercicio que es una manera de disfrazar mi ignorancia digamos. Llego muy ignorante a los lugares. En el caso de Ucrania realmente no tenía un preconcepto. No tenía idea de cómo era vivir en una guerra más allá de las películas. Y extrañamente Ucrania sucedió todo un poco como en las películas, como realmente era, parecía una película de la Segunda Guerra Mundial cómo la gente vivía la guerra. Después realmente no sé si hay algo que pensaba de la gente o de la vida que haya cambiado.

—¿Y en Medio Oriente?

—En Medio Oriente me impactó mucho cómo viven. Lo distinto que viven la guerra y el peligro y la muerte en relación a otros países por ahí occidentales. Cómo la existencia de la guerra es un elemento más de la vida. No estoy hablando de la vida cotidiana pero sí de la vida habitual. Países donde la última guerra no es hace 40 años y en unas islas como puede ser acá. Beirut es una ciudad en la que vas caminando y ves un edificio destruido, uno nuevo, uno destruido, uno que están haciendo y te dicen “no, esa es de la guerra del 92” y quedó así. “Ese es del bombardeo del año pasado”. Una locura.

—¿Sabés cuántos días te vas a ir, cuánto tiempo te vas a quedar? ¿Y qué presupuesto necesitás para cada día?

—No sé cuánto me voy a ir. A Ucrania me fui lo que habíamos hablado con mi editora, diez días y me quedé casi dos meses. Y de hecho el día que este bolso enorme que yo tenía lo dejé en Polonia en un hotel llegué y dije soy un idiota, qué hago con este bolso, me da vergüenza. Entonces le dije al hotel en Polonia che, les dejo esto, vengo en diez días. Volví a los dos meses. Estaba el bolso de casualidad.

—Eso fue un aprendizaje, uno se mueve más liviano.

—Re contra aprendizaje. Y hoy estoy muy orgulloso de mi setup. Tengo muchas mochilas, sé cuál uso para cada caso. Sé cómo armar el bolso. Tengo ropa que puede ser abrigada o ligera, liviana pero térmica. Tengo cuentas en distintos países, distintas tarjetas, que me permiten según la red bancaria del país poder pagar con una o con otra. Tengo algo de cash. Siendo un cuatro de copas me armé un recontra dispositivo. Creo que debo que estar más preparado que cualquier medio de Argentina para salir de un día para el otro porque todo lo tengo que tener a disposición.

—Te armaste una oficina móvil para ir a la guerra.

—Más o menos. Tengo tarjetas online, tarjetas físicas. Tengo una cuenta de Instagram falsa por si tengo que entrar a un país dictatorial donde no quieren que haya periodistas…

—Con fotos de perritos.

—De mochilero, y tengo mis seguidores. Es real, una cuenta inofensiva. Cuando entré a Libia el año pasado lo hice como turista, entonces no podía decir que era periodista y por si acaso me armé una cuenta por si me paran. Estaba por Libia, me paraba la policía, me preguntaban mi nombre, me pedían las redes sociales y yo mostraba una cuenta de 2000, 3000 seguidores, que pone fotos lindas de viajero. Tengo eso preparado. Y además ser un Carlitos por decirlo de algún modo, ser una persona sola te permite pasar más desapercibido.

—¿En algún momento te sentiste frente a algún dilema ético?

—Siempre uno está frente a un dilema ético. Acá el dilema principal era a quién darle voz, ¿no? Por ahí no es ético pero es periodístico a quién busco. Yo siempre trato de buscar a todos, escuchar a todos. Pero cómo elegir a qué voz le das relevancia. Sobre todo porque para mí es muy claro. Siempre trato de mostrar una paleta de voces. Pero bueno, a veces no conseguís entonces qué haces ¿mostrás igual lo que tenés? ¿Si tenés que mostrar cuatro colores y solo conseguís dos, los mostrás igual? Esa es una pregunta que me hago siempre. Después sí, preguntas éticas siempre uno se puede encontrar en conflictos. ¿Qué mostrar? Me acuerdo cuando estaba en Ucrania y entré a Bucha, una ciudad que fue tomada por Rusia donde hubo una gran matanza. Entré el día que liberaron, que se fueron los rusos de Bucha. Era un cementerio a cielo abierto, había gente tirada por las calles, cuerpos tirados por las calles, gente enterrando a su familia en jardines. Encontramos un sótano donde había cinco personas con las manos atadas, asesinadas. Y tuvimos una conversación con mi editor, con Toti (Laureano Pérez Izquierdo), y pensamos ¿se muestra esto o no se muestra? ¿Mostramos explícito o no lo mostramos? Y decidimos que sí porque de lo que se trataba la historia de Bucha era de la brutalidad, de la masacre que había hecho el ejército ruso a su paso. Dijimos “no mostrarlo es cuidar a los asesinos en ese caso”. “Vamos a mostrarlo porque es la realidad”. En otros casos por ahí es simplemente morbo y decidís no mostrarlo. Son preguntas con las que convivís en el oficio.

—¿Cómo volvés después de eso?

—Hoy finalmente aprendí a volver muy contento. El arte de volver es el arte más difícil de aprender en una guerra. El arte de salir. Cuándo irte. Cuándo es suficiente. Cuándo decir hasta acá. Mi padre siempre me hablaba de la culpa del sobreviviente. Muchos de los que volvieron de las islas sentían la culpa del sobreviviente. Bueno, cerca de 600 se suicidaron post conflicto. Los soldados siempre se preguntan por qué yo sobreviví y mi compañero no. Soy un cobarde y ellos son valientes. Yo soy un cobarde porque sobreviví. Es un poco lo que atormenta a muchos excombatientes. A los periodistas creo que nos pasa algo parecido de estoy abandonando la historia, me voy, todo esto que conté todo este tiempo los estoy dejando acá y yo me voy. Y supuestamente yo estaba comprometido. Y supuestamente me conmovieron. Pero ahora me voy y ellos se quedan. Ahí hay una culpa que te crece adentro y que te angustia. Y a mí me pesa mucho. Y durante mucho tiempo me costó. Todavía me cuesta estar alegre porque siento que soy un traidor. Entonces el arte de saber cuándo irse es muy importante. En la primera ronda de Ucrania me acuerdo que estaba muy alterado, escuchaba un ruido y me ponía muy nervioso. Dije ya no estoy pudiendo hacer bien mi trabajo. Estoy tomando malas decisiones. Y bueno, no quería irme. No quería que viniera un relevo. “No, no manden a nadie, soy yo, que la historia era mía”. Esa droga en la que entrás. Fui aprendiendo y hoy ya suelto más fácil.

—¿Te ayudó alguien cuando volviste de esa cobertura?

—Sí, de esa cobertura volví atormentadísimo. Me acuerdo que los primeros días un amigo presentaba un corto en el BAFICI y lo acompañé, uno de mis mejores amigos. Estaba en el cine, después celebrando su corto y la gente venía toda feliz, tomando alcohol y vino una chica y me dijo “che, ¿es real lo que pasa?”. Y yo sentía ¿qué hace esta gente tomando alcohol? ¿Por qué me pregunta si es real? Somos todos insensibles. Esta vida superficial que estamos teniendo. Me parecía que ir al cine y celebrar la vida era superficial, que eso no era la vida. Y fui a una psicóloga especialista en estrés postraumático: una terapia de dos, tres meses. Estuvo bueno, me ayudó a ir desentrañando estas cosas, a hablarlas. Yo tengo la ventaja de haber tenido un padre excombatiente que durante tantos años no habló y los excombatientes durante tantos años no hablaron yo aprendí que hay que hablar. Yo hablo de las cosas, volví, hablaba, contaba. Y hablando te aliviana. Hay muchos periodistas que no hablan, son mudos. Que solo hablan entre ellos. Me reencuentro hoy con alguien que conocí en Ucrania y somos como camaradas.

Voces - Joaquín Sánchez Mariño - Libia
Libia fue el destino en el que más temor sintió.

—¿Cuál fue el momento en el que más miedo tuviste?

—Antes de entrar a la Libia, que fue parte de un proyecto que tenemos con Enrique Piñeyro, que es una de las grandes personas que conocí en este mundo y que me permite hacer mi trabajo. Tenía muchísimo miedo. Generalmente no tengo miedo. Cuando estaba haciendo Ucrania no tenía miedo. Pero a Libia, que estaba entrando solo, que es una dictadura donde muy particularmente secuestran gente y detienen arbitrariamente a personas porque sí y piden rescates, estaba entrando solo haciéndome pasar por turista. Tenía muchísimo miedo de entrar. Fue una de las pocas veces que dije “¿qué estoy haciendo?”. Estaba muy inseguro. Recuerdo que llegué a migraciones, yo era el único extranjero en el avión y llego ahí, doy mi pasaporte, miran mi pasaporte y me dicen “ah, lo estábamos esperando, vaya a esperarnos ahí”. Y yo digo “lo estábamos esperando ¿qué significa esto?”. Y me fui a sentar así con cara de idiota. Dije la cagué, cagué, cagué, cagué. Bueno, finalmente vinieron, yo tenía que contratar a una agencia de viajes desde antes. Me asignaron un policía. Entonces vino a buscarme el de la agencia de viajes con un policía del gobierno asignado a mí. Me pidieron los papeles. Me hicieron firmar unas cosas y me dejaron ir con un policía. A donde iba yo pagaba mi hotel y una habitación para el policía también. Entonces todo el viaje en Libia lo hice con un policía de escolta. Fue muy difícil trabajar ahí.

—¿Supuestamente cualquier turista que logra tener la Visa tiene un policía asignado?

—Es requisito. No podés moverte en el país sin un policía, que obviamente lo que está haciendo es viendo qué haces ¿no? Y yo me acuerdo que estaban ruinas romanas increíbles, patrimonio de la humanidad, y yo era el único entendés.

—Hiciste varios viajes con Enrique.

—Sí. Enrique Piñeyro es una persona que a mí me cambió la vida. Su manera de ver el mundo es una cosa rarísima, que todavía no termino de entender. Es una mente muy extraña y muy original. Lo he acompañado en aventuras, no son aventuras, son misiones humanitarias. Yo le digo aventuras porque termina siendo que él aterrice su avión en medio de la guerra en Sudán para llevar donaciones, y que después lleve donaciones a través de un barco.

—Fueron a rescatar refugiados.

—Tiene un barco de rescate de refugiados que yo participé de una misión y subí, vi cómo rescataban. Estuve tres semanas embarcado participando de esa misión, fue increíble. El año pasado el barco de rescate de Enrique, que es el único barco en el Mediterráneo de un argentino, fue el que más migrantes rescató de todo el mundo. Rescató más que Alemania, que España, que Italia, el barco de un argentino. Acá nadie lo sabe eso pero rescató más de, no sé, creo que son más de 3.000 personas que se hubieran ahogado.

—¿Cuándo vos estuviste hicieron rescates?

—Hicieron un rescate de 83, un rescate de 82 personas. Había tres nenes, un nene de 7, un nene de 5 y un nene de 4. Había tres mujeres embarazadas y había, bueno, en total eran 82 personas. Subimos a las lanchas, se las llevó al barco, se las atendió. Hay médicos a bordo. Hay una sala de terapia intensiva. Es una locura, el barco tiene capacidad de hasta 1500 personas.

Personajes - Joaquín Sánchez Mariño
Joaquín Sánchez Mariño con Tatiana Schapiro en Infobae (Maximiliano Luna)

—¿Lograste volver a pasarla bien acá cuando te juntás con tus amigos a comer un asado?

—Ahora estoy empezando a lograrlo. Sobre todo al principio me costaba porque yo sentía que no quería ser... El síndrome del arribista. Me sentía un impostor permanentemente. Entonces todo el día estaba pensando en tengo que volver, tengo que volver a la zona. Ahora que ya vuelvo permanentemente y que ya sé que voy a volver hay algo que se alivianó en mí porque me siento más obligado o más capacitado para disfrutar acá porque sé que en cualquier momento voy a volver a algún lugar. Saber que voy a estar pronto contando alguna historia me permite disfrutar un poco más acá.

—¿Qué tenés ganas para la segunda parte del 2026?

—Creo que Cuba es una historia importante para contar. Quiero contar Haití. También es una historia fundamental muy dejada de lado. Obviamente Irán para mí si en algún momento llega esa Visa. Y Afganistán también es otro tema fundamental porque lo que está pasando con las mujeres debajo del régimen talibán es terrible. Esas cuatro para empezar, pero bueno. Y después lo que suceda mañana.

—A los que quieran empezar un camino de animarse a salir, a ver otras realidades, otras culturas, otros momentos. ¿Qué les decís?

—Les diría que se amiguen con el miedo. Mucha gente me dice, sobre todo estudiantes, muchos chicos y chicas que quieren pero que les da miedo. Y yo digo que menos mal. Que se amiguen con el miedo. Que lo que les da miedo va por ahí. No quiero ponerlos en situación de peligro ¿no? Pero digo que el miedo a veces puede ser una alerta pero también puede ser como un faro. Que está bien desarrollar el miedo, aprender a dominarlo y que salen cosas valiosas. Les diría que usen el miedo a su favor.

Si querés contar tu historia escribinos a:voces@infobae.com

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