“Siempre hubo mucha exigencia en mi casa, como de ‘no te saques ocho, sacate diez’. Yo creo que eso estaba mucho en mi inconsciente. Yo era la mejor deportista, la mejor alumna, la mejor en todo. No es que mis padres me lo exigían, pero era como: ‘Gorda, si esto vos lo hacés de taquito”, expresó Angie Landaburu durante una entrevista en el ciclo Ellas de Infobae.
Angie es modelo, influencer y host del podcast Ángeles o Demonios. Su camino la llevó, desde muy joven, a tomar decisiones que marcaron su destino. Se casó a los 20 años con su novio de la adolescencia, en un entorno familiar donde las tradiciones y los proyectos compartidos acompañaban cada elección. Juntos apostaron por una vida en el exterior, primero en Estados Unidos y luego en distintos destinos, mientras ella impulsaba su carrera en el segmento de lujo internacional.
Vivió años de viajes, desafíos y logros, hasta que la pandemia de COVID-19 y la distancia de su familia la llevaron a repensar sus prioridades. El vínculo con sus padres y hermanos, la rutina de los encuentros familiares y el deseo de estar presente en los momentos clave la impulsaron a tomar una decisión fundamental. La separación fue un proceso respetuoso y sin conflictos, y marcó el cierre de una etapa.

Su historia de amor
De vuelta en Argentina, el destino la sorprendió. Todo comenzó con una cena pactada con su mejor amigo, tras una larga jornada de trabajo. Sin saberlo, esa sería una cita a ciegas. “Fue como amor a primera vista. Me deslumbró su inteligencia, es una persona muy inteligente, más allá de que tiene unos valores increíbles, es brillante y a mí eso me cautivó, me dio ganas de conocerlo”, confesó en relación a su pareja Augusto Marini.
“Nosotros arrancamos la relación con poca expectativa”, admitió. Sin embargo, la madurez y la claridad de ambos permitieron que el vínculo creciera con naturalidad. “No es lo mismo cuando tenés 20 años y ganas de comerte el mundo, que a los 28 cuando ya más o menos te conocés y dejás que la vida te sorprenda”, afirmó.
Angie reconoce que su pareja le enseñó a mirar la vida desde otros ángulos y a crecer en todos los planos. “Es un gran maestro en mi vida”, aseguró. La relación, basada en el respeto y el aprendizaje mutuo, le permitió abrirse a una nueva forma de vincularse. “Cuando dedicás y elegís una persona para pasar el tiempo, es mucho más que el enamoramiento, es mucho más que la atracción. Tiene que, de alguna manera, deslumbrarte de una buena manera en un montón de aspectos. Porque yo creo que lo más valioso que tenemos es el tiempo”, agregó.
La maternidad como transformación
Convertirse en madre fue un antes y un después. “No conocía esa manera de amar, no conocía esa forma de vincularme y de sentir hasta que llegó esta personita, te preguntas ¿cómo podés amar tanto algo tan chiquitito?”, expresó al recordar el nacimiento de su hijo Alessandro. Es que la maternidad resignificó la manera de entender la familia y los vínculos.
Angie reconoce que ese amor incondicional también la llevó a replantear sus prioridades y a buscar un nuevo equilibrio entre sus sueños profesionales y el deseo de estar presente. “Yo creo que mi mejor versión o la mejor madre que puedo ser es una madre que trabaja y que sigue luchando por sus sueños y sigue estando activa. Es una búsqueda interior aún el balance, ¿no? Porque hoy en día yo creo que soy irreemplazable en cualquier lugar, menos para mi hijo. Lo que yo me pierdo de vivir con mi hijo hoy no vuelve”, afirmó.

Tradición familiar, mandatos y autoexigencia
—¿Cómo fue tu crianza y qué cosas te gusta replicar en tu maternidad?
—Siempre hubo mucha exigencia en mi casa. Como exigencia de: “No te saques ocho, sacate diez”. Yo creo que eso estaba mucho en mi inconsciente, ¿viste? Yo era la mejor deportista, la mejor alumna, la mejor en todo. Y era como... No es que mis padres me lo exigían, era como: “Gorda, si esto vos lo hacés de taquito”.
—¿Era implícito que debías ser así?
—Claro, era así un poco.
—¿Ese nivel de autoexigencia, cómo lo pudiste drenar cuando algo no te salió como esperabas?
—Yo creo que con terapia y trabajándolo durante los años y teniendo las experiencias, los palos, los aciertos y los no tanto, lo vas moldeando. Vas entendiendo también que por ahí sí me puedo sacar un diez, pero con un siete estoy bárbara. No todo tiene que ser tan perfecto siempre.
—¿Cómo fue parar un poco después de ser madre?
—Cuando fui madre me tomé como dos meses de parar de laburar un poco con el podcast. Tengo un equipo increíble, delego, aunque me cuesta muchísimo. Pero el tema es que en mi trabajo… estoy muy enfocada en lo que es los mercados de lujo del exterior y eso marca una agenda internacional. Siento mucha responsabilidad de ser parte de mi agencia madre, porque es una agencia que tiene las figuras más grandes del mundo. Me acuerdo que yo estaba casi recién parida, mi bebé tenía tres meses, y me fui a la Semana de la Moda de París a trabajar sin parar. Daba el pecho, estaba incómoda, había pasado por una cesárea, y por ahí estaba corriendo de un desfile a otro, cambiándome en el auto, tratando de no manchar la ropa. Es una búsqueda interior aún el balance.
—¿Y aprendiste a decir que no?
—Me hizo de alguna manera darme cuenta que ya no me llena de la misma forma que a veces. Está bien sacarte un siete aunque te puedas sacar un diez total… Uno es humano y también está bueno decir que no, aunque sea una gran oportunidad, porque lo que decís no en un lugar es un sí en otro.
Vínculo con los padres y el rol como mamá
—¿En algún momento sentís que toda esa estructura, esos mandatos que tenías te podía llegar a jugar una mala pasada siendo madre?
—Creo que toda esa tradición en la cual yo estoy criada, mucho de mi papá y de mi mamá, gracias a Dios, de un vínculo extremadamente sano, una familia extremadamente unida, de todo eso, era un poco y es un poco lo que yo quiero replicar y lo que a mí me gusta. Yo tengo un papá grande, por ejemplo. Entonces, para mí cada Navidad que yo paso con él es un regalo. No lo tomo por sentado, ¿entendés? Mi papá es todo para mí. Es todo.
—Eso es súper lindo.
—Sí, sí, obvio, pero bueno. Uno cuando tiene padres grandes, sabe que no son eternos (se emociona). O sea, mi familia es... Mi orgullo.
—Si te ves hoy como en tu rol de mamá y pensás qué te gustaría replicar de tu mamá, ¿qué sería?
—La fuerza, el amor por la familia, los valores.
—¿Y qué te gustaría no repetir de tus papás?
—Yo creo que la sobreexigencia que yo misma me puse a dos o tres meses de parir, esto de irme a París y hacer la locura de todos los desfiles y estar preocupada por facturar...
—Es que a veces está bien sacarte un siete, aunque te puedas sacar un diez.
—Sí, totalmente.

—Para cerrar las entrevistas, me gusta preguntarle a mis invitadas: si pudieras tomarte un mate, un té o un café con la Angie de hace 10 años, ¿qué le dirías?
—Qué buena pregunta. Que no tenga miedo de hacerse amigos, que se mantenga abierta, que conozca gente de todo el mundo... Que por más que la gente la decepcione o le falle, ella es fuerte. Y que esa enseñanza y que alguna vez la lastimen, va a ser que hoy sepa darse cuenta muy rápido de qué vínculos son importantes, qué gente es importante tener cerca y va a ser una herramienta que la va a ayudar muchísimo.
—Si tuvieras que elegir un momento de tu vida para volver a vivirlo, ¿cuál sería?
—El nacimiento de mi hijo. Eso es único.
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