A los 16 años, Samantha Perugini se enfrentó a una decisión poco común para alguien de su edad: ingresar como cadete al cuerpo de bomberos voluntarios de San Francisco Solano. Su madre, quien siempre notó en ella la iniciativa de ayudar a los demás, la animó a probar suerte en el cuartel. “Ella me dijo: ‘Anda, esto es para vos’”, explicó. Así comenzó una trayectoria que, diez años después, la encuentra entre su labor como administrativa en un empleo privado, su rol de madre y su vocación de servicio.
El trabajo de los bomberos voluntarios implica un sacrificio constante y una exposición diaria al peligro, sin recibir un sueldo. “Nosotros no cobramos nada. Tanto lo que es cuerpo activo como comisión directiva no se cobra ningún tipo de remuneración. Así que lo hacemos todo por vocación”, explicó Perugini.
Ella divide el tiempo entre su empleo administrativo, donde cumple nueve horas diarias, y su compromiso con el cuartel. “Tenemos un mínimo de 60 horas mensuales en las cuales se puede ir repartiendo durante todos los días de la semana, cumpliendo con las capacitaciones, con los servicios y con las intervenciones”, detalló. Esta exigencia implica restar tiempo a su vida familiar, especialmente a su hija de tres años, aunque en ocasiones la pequeña la acompaña al cuartel. “A ella le gusta estar acá, así que muchas veces viene conmigo”, explicó Samantha.
El trabajo de un bombero voluntario no solo implica riesgos físicos sino también una carga emocional significativa. Perugini reconoció que las imágenes de las tragedias presenciadas permanecen en su memoria. “Nunca se van, siempre están ahí. Es solo aprender a respetar lo que pasó y hacer ese duelo, que es necesario, y sobreponerse”, confesó.
La peor experiencia que recuerda en sus diez años de servicio la marco de por vida. “Fue un incendio donde falleció toda una familia”, recordó. En ese siniestro murieron tres niños y dos adultos, una situación que dejó una huella imborrable en su vida. En estos casos, el apoyo entre compañeros resulta fundamental para sobrellevar el impacto. “No podes salir nunca solo. Lo importante es estar acompañado de los compañeros, los que vieron lo mismo que vos. Estamos todos en la misma situación, hablando entre nosotros, apoyándonos, obviamente también con la institución, y no permitir que eso nos afecte afuera, no llevarlo a nuestra familia. Queda acá”, explicó.
La contención grupal y el acompañamiento institucional son herramientas clave para evitar que el dolor y el estrés se trasladen a cada uno de los hogares. A pesar de las dificultades, la vocación de servicio se mantiene como el motor principal de quienes integran el cuerpo de bomberos voluntarios. “Es una tarea difícil. Implica miedo, sacrificio y una mezcla de emociones constante. Pero es lo que nos gusta, venimos por eso, para ayudar a la gente que lo necesita”, afirmó Perugini.

“Nosotros llegamos cuando están en el peor momento de sus vidas e intentamos ser una pequeña esperanza, una ayuda para ellos. Y hacer lo que nosotros sabemos hacer para calmar un poco el dolor también”, agregó.
Pero no todos son momentos de crisis, también las experiencias gratificantes también forman parte de la vida de un bombero voluntario. Perugini señaló que recibe a diario el agradecimiento de personas mayores y de vecinos a quienes ha asistido en situaciones de emergencia. “Son muchas peronas. Abuelitos que te agradecen por haberlos ayudado, por haberles dado una mano en situaciones de riesgo”, expresó. Estos gestos de reconocimiento y gratitud refuerzan el sentido de pertenencia y la motivación para continuar con la labor.

Los inicios en el cuartel
El camino de Samantha hacia el voluntariado no fue color de rosa. Al principio, no se sentía convencida de que ese fuera su lugar. “Vine dos sábados seguidos y no me convencía. Pero durante el primer mes hubo un temporal muy grande. Veía a mis compañeros que llegaban, se iban y volvían, subían a un camión, iban a otro y volvían. Y los veía felices, contentos. Y dije: ‘Esto es lo que quiero para mí’”, recordó. Esa experiencia resultó decisiva para que eligiera el camino del servicio comunitario.
El proceso de formación para convertirse en bombero voluntario incluyó una etapa en la escuela de cadetes, los cuales ella transito desde los 16 hasta los 18 años. Durante ese tiempo, debió compaginar sus estudios secundarios con la preparación para el servicio, una doble exigencia que asumió con determinación.
Además de su labor en el cuartel y en como administrativa, Samantha se capacita como intérprete en lengua de señas. “Me gustaría llegar a trabajar como intérprete para ayudar a las personas sordas a comunicarse con las personas oyentes”, contó. Esta vocación de ayuda se refleja en todas las facetas de su vida, desde el trabajo comunitario hasta la inclusión social.
La historia de los bomberos voluntarios en Argentina se sostiene sobre la base del compromiso y la solidaridad. Desde aquel incendio en La Boca en 1884, la figura del bombero voluntario se consolidó como un pilar de la sociedad, actuando en emergencias sin esperar retribución económica alguna. “Si muero haciendo lo que me gusta, así será”, expresó Perugini, resumiendo el espíritu de entrega que caracteriza a quienes eligen esta vocación.
El reconocimiento social hacia los bomberos voluntarios se traduce en el respeto y la gratitud de la comunidad, aunque no siempre se refleja en apoyo material o institucional. La ausencia de remuneración y la exigencia de formación y capacitación constante son desafíos que enfrentan quienes integran estos cuerpos. A pesar de ello, la vocación de servicio y el deseo de ayudar a los demás prevalecen. La labor de los bomberos voluntarios de San Francisco Solano y de todo el país continúa siendo fundamental en la atención de emergencias y en la protección de la vida. La historia de Samantha es un ejemplo de compromiso, resiliencia, solidaridad, amor y vocación, valores que sostienen a la institución.
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