A los 18 años, Rocío Pardo golpeó la puerta de un intendente cordobés con una idea que sonaba imposible: transformar un neuropsiquiátrico abandonado en una experiencia teatral. Insistió durante meses, presentó proyectos y finalmente consiguió la autorización. Lo que nació como una apuesta arriesgada terminó convirtiéndose en Pabellón Tornú, una obra inmersiva que marcó un antes y un después en su carrera y que este año volverá a escena en una nueva versión. “Ese fue el primer logro de mi vida”, recuerda.
No fue la primera vez que desafió los límites de lo que parecía razonable. Había crecido entre teatros en Carlos Paz, viendo cómo su padre, Miguel Pardo, construía una empresa teatral después de haber empezado limpiando vidrios en la calle. Mientras otros chicos pasaban las tardes jugando, ella aprendía a manejar consolas de sonido, acomodaba espectadores y hasta intentaba vender pulseritas a la salida de las funciones. El teatro no era un trabajo para su familia: era el paisaje cotidiano de su infancia.
La danza llegó incluso antes. Empezó ballet a los tres años y durante más de una década entrenó con una disciplina que todavía hoy reconoce como una de las herramientas más valiosas de su vida. Pasó por Brasil, estudió en Nueva York y llegó a replantearse el camino que había imaginado para sí misma cuando descubrió que el ballet clásico ya no la hacía feliz. Aquella búsqueda la llevó a encontrar un lugar propio como actriz, directora y productora. “Siempre sentí que tenía que demostrar que estaba donde estaba por mérito propio”, admite.
En los últimos años, además, su nombre comenzó a ocupar espacio en los medios por razones que excedían al teatro. Su historia de amor con Nicolás Cabré la convirtió en una figura mucho más expuesta de lo que había imaginado. Sin embargo, lejos de incomodarla, encontró una forma de construir una vida compartida en la que conviven el amor, el trabajo y una familia ensamblada. Junto al actor dirige la obra Ni media palabra en el Paseo La Plaza y comparte la crianza cotidiana de Rufina, la hija de Cabré y la China Suárez, con quien construyó un vínculo tan natural como entrañable. "La veo casi como una amiga. Nos contamos todo, hacemos planes y compartimos muchísimas cosas", cuenta.
En esta charla con Infobae habla de la historia de esfuerzo que marcó a su familia, de las inseguridades que la acompañaron durante años, de la exposición pública, de la salud mental, de la experiencia de acompañar a un ser querido con problemas de adicciones, de su relación con el actor y del proyecto que la devuelve al lugar donde todo empezó.

—Naciste casi en un teatro.
—Literalmente. Soy de Carlos Paz y mi familia tiene una productora. Mi infancia fue jugar en una sala, aprender a manejar luces y sonido, ver obras y películas. Crecí adentro de un teatro.
—¿Tu papá arranca de abajo en el mundo del teatro?
—Mi papá arranca de abajo en la vida. Limpiaba vidrios en la calle. Siempre cuento su historia porque es muy inspiradora. Ver cómo se las ingenió para llegar hasta donde llegó es un motor para cualquiera que tenga un sueño.
—¿Te da orgullo?
—Sí, ni hablar. Y también me desafía. Cuando algo me cuesta, pienso en él. Si pudo lograr todo lo que logró, al menos hay que intentarlo.
—¿Cuántas salas tiene hoy tu familia?
—Tenemos varias, al menos seis. Se hicieron de a poquito, con mucho esfuerzo. Hace poco encontramos una foto de mi papá frente a un cartel de Mamma Mia! de hace más de veinte años. En ese momento producir esa obra parecía imposible para su realidad. Y años después terminó haciéndolo. Cuando vimos esa foto fue un “guau, lo lograste”.
—Vos después trabajaste con él en grandes producciones, pero antes estaba la infancia en el teatro. ¿Qué hacías ahí?
—Salía de la escuela, iba a danza y después me tocaba acompañar a mis papás al teatro. Al principio me aburría, pero después empecé a inventarme cosas para hacer. Aprendí a hacer pochoclos, acomodaba al público, ya a los siete había armado mi primer emprendimiento: un stand de pulseritas.
—¿Vos vendías pulseritas a la salida del teatro?
—Sí. No vendía ni una, nadie me compraba, pero lo intentaba. Aprendí todo lo que pasaba detrás de escena antes de subirme a un escenario
—En paralelo a la danza.
—Siempre. Me capacitaba constamente porque amaba bailar y mi objetivo era ser bailarina, actriz o dedicarme a lo que me dedico hoy.
—La danza es un entrenamiento sacrificado.
—Yo estudié ballet toda la vida y pasaba seis o siete horas por día entrenando, además del colegio. Es sacrificado, pero te da una disciplina increíble y eso me formó para toda la vida.
—¿Era un deseo tuyo? ¿No había presión de afuera?
—No, cero. Somos seis hermanos y todos siempre tuvimos el mismo apoyo para elegir lo que queríamos ser. Ser bailarina era un camino muy difícil y más siendo de Carlos Paz, cuando todo pasaba en Buenos Aires.
—Un recorrido de mucho esfuerzo.
—Me recibí con Lidia Segni, que era la directora del Colón. Pero a los 17 años me fui a bailar a Brasil, estuve un mes y medio ahí sin mi familia, y aunque me iba bien y tenía un rol importante, no lo estaba disfrutando. Fue cuando me di cuenta de que quería otro camino dentro de la danza y empecé a inclinarme hacia el contemporáneo.

—¿A quién le costaba más que vos te fueras a vivir a otro lado?
—A los dos. Tengo una imagen que nunca voy a olvidar: cuando me fui a Nueva York, mi papá me dejó en la Quinta Avenida y se fue llorando detrás mío. Mi vida, ahí me rompió el alma. Yo era tan independiente y me creía grande a los 17 años, pero verlo así, dejándome tan chiquita sola en otro país, me hizo dimensionar la decisión que estaba tomando.
—¿Y ya aparecían la producción y la dirección?
—Siempre estuvieron. Acompañaba a mi papá a reuniones y aprendía mucho observándolo. Pero había estudiado tantos años danza que sentía que primero tenía que aprovechar ese camino. Bailé profesionalmente varios años y después me volqué de lleno a la producción y la dirección, que hoy son mi gran pasión.
—¿Cómo fue tu paso por el colegio?
—Tuve una vida muy normal. Ya desde los 15 años, que es cuando te empiezan a fichar digamos, me llamaban para bailar profesionalmente, pero para mi familia era fundamental que terminara la escuela.
—¿Les diste dolores de cabeza en la adolescencia?
—Me macheteé bastante, pero terminé.
—¿Cómo era el sistema?
—Tenía miles. Era muy buena: me escribí la pierna, llevaba apuntes escondidos o cuando la modalidad era que saquemos una hoja, llevaba todo el tema ya desarrollado en la otra carilla y entregaba la hoja que tenía ya escrita. Nunca me descubrían.
—¿Nunca te agarraron?
—Sí, claro. Y cuando me agarraban no tenía defensa posible. Era: “Bueno, poneme un uno. Me salió mal”.
—Hoy con inteligencia artificial estarías haciendo un desastre.
—Yo estaría en Harvard si hubiese seguido por ese camino (risas).
—Sos una mujer muy bella. ¿Eso alguna vez te trajo problemas?
—No lo viví así. Creo que mi personalidad rompe bastante con la imagen que la gente puede tener de mí. Soy muy compañera, muy de amigos, me encanta jugar al truco, a la Play, me llevo bien con casi todo el mundo.
—En tu casa no sos la bomba sexy.
—No, cero. De hecho mi mamá es de regalarme libros de autoestima porque suelo como tirarme para abajo siempre. Cada uno tiene sus mambos y a veces necesita que otros lo empujen un poco.
—¿Por dónde pasan esas inseguridades?
—No pasan por lo físico. Durante mucho tiempo tuvieron que ver con ser la hija de alguien. Sentía que tenía que demostrar que estaba donde estaba por mérito propio y no por mi apellido. Me exigía muchísimo para que nadie pudiera decir que estaba acomodada. Hace poco entendí que esa es mi historia Fui la hija de, soy la hija de y ahora también soy la esposa de. Y no pasa nada.
—¿Alguien te ayudó a entenderlo?
—Sí, Nico tuvo mucho que ver. Me ayudó a entender que tener un padre productor y la posibilidad de trabajar con él no era algo malo, sino que es una oportunidad enorme.

—¿Cuándo aparece Pabellón Tornú?
—Después de un viaje por Europa donde vi una experiencia de teatro inmersivo que me voló la cabeza. Salí pensando: “Esto tiene que existir en Argentina”.
—Y ahí aparece el neuropsiquiátrico abandonado en Córdoba.
—Exacto. Y en esa inocencia de la juventud, me obsesioné con ese lugar emblemático que llevaba más de veinte años cerrado. Todos me decían que estaba loca porque tenía un teatro propio y quería hacer una obra ahí adentro.
—¿Vos llegás con el proyecto y no se lo presentaste a tu papá?
—Claro, fue el primer logro de mi vida porque hice todo: conseguí el permiso, hice la producción, la dirección y actuaba. A mi papá hasta le hice comprar la entrada (risas). Fue a una boletería a comprarla y estaban agotadas, tuvo que ir otro día.
—¿Cómo conseguiste el permiso?
—Era insoportable. Caía todos los días a la Municipalidad con una carpetita bajo el brazo y me sentaba a esperar al intendente. Así todos los días. Y un día me dijo: “Tomá, llevate el neuropsiquiátrico”. Le gané por cansancio.
—Y fue un éxito.
—Sí. Empezó con muy poquitas funciones y un grupo de amigos. Ni siquiera habíamos hecho casting, fuimos recolectando gente que podía en esas fechas. Y cuando vimos que la cosa iba en serio, dejó de ser teatro independiente para ser lo que es hoy, algo mucho más grande.
—¿Cuántas temporadas tiene ya?
—Esto fue hace 12 años, en el medio fuimos parando, así que serán unas cuatro o cinco temporadas. Y ahora vuelve: estamos preparando una nueva versión en una locación inédita. Creí que nunca iba a encontrar un lugar que superara al neuropsiquiátrico, pero creo que esta vez lo logramos.
—¿Cuándo se estrena?
—En septiembre. Estamos trabajando muchísimo porque son espacios complejos, muy difíciles de conseguir y que no tienen la mejor arquitectura por el deterioro de los años, por eso lleva tiempo la puesta en valor del edificio y completar todas las medidas de seguridad que requiere.
—La locación es parte de la experiencia.
—Totalmente. La gente ya de por sí siente curiosidad por conocer esos lugares, imaginate un neuropsiquiátrico abandonado en el medio de la montaña. El tema es que no todos se animan a ir a las 12 de la noche. Entonces el desafío de tener este lugar no pasa solo por la curiosidad, sino que llegás y tenés un evento cultural ahí adentro.
—Después llegaron la televisión, el Bailando, la actuación y la producción.
—Sí. Durante mucho tiempo estaba obsesionada con ser bailarina y no aceptaba proyectos como actriz. Con los años entendí que todas mis versiones podían convivir. Puedo hacer una película o meterme a bailar en una obra, como hice el año pasado en Pretty Woman porque me divertía el proyecto.

—¿Cómo fue tu paso por Bailando por un sueño?
—Muy divertido. Estuve dos temporadas y la pasé realmente bien. Creo que en ese momento no terminaba de dimensionar lo que significaba el programa. Estaba ahí, medio atrás, observando más que buscando protagonismo.
—Si Marcelo Tinelli vuelve a hacerlo, ¿volverías?
—Las propuestas siempre se escuchan, después se decide.
—¿Qué pesa más a la hora de decidir: el desafío profesional, las ganas o lo económico?
—Las ganas. Hoy tengo muchas ganas de trabajar y crear. Con Nico estamos dirigiendo juntos, la obra ya está funcionando y al mismo tiempo pensamos nuevos proyectos. Soy muy inquieta aunque también me gusta dormir la siesta y estar tranquila, entonces trato de armar un combo que sea viable.
—¿Cómo es trabajar con Nico?
—Somos muy pares. Nos entendemos mucho y compartimos una mirada muy parecida. Eso es fundamental cuando dirigís con otra persona. Hoy nos gusta y queremos hacer todos los proyectos juntos.
—Antes de Pabellón Tornú ya te interesaban los neuropsiquiátricos. ¿Era por la mística del lugar o por un interés previo en la salud mental?
—La salud mental siempre me interesó muchísimo. Leí mucho, hice mucha terapia y creo que es una de las bases para estar bien en la vida. Entender quién sos, qué querés y cómo atravesar las cosas.
—También te tocó acompañar de cerca a alguien con problemas severos de adicción.
—Sí. Y creo que cualquier persona que acompaña a un familiar, una pareja o un amigo en una situación así sabe lo difícil que es. Siempre aconsejo que estén acompañados y hagan terapia. Uno pasa por muchas emociones: enojo, frustración, tristeza, ganas de ayudar. Es muy duro.
—¿Sufriste mucho en ese lugar?
—Creo que cualquiera que quiera profundamente a alguien que atraviesa una adicción la pasa mal. Es una situación muy dolorosa.
—¿Tu propio vínculo con las drogas cómo fue a lo largo de tu vida?
—Soy una persona extremadamente saludable. No tomo alcohol, nunca fumé. Quizás por la disciplina de la danza aprendí desde muy chica lo importante que es cuidar el cuerpo. Creo que todas las decisiones que tomamos, tarde o temprano, tienen consecuencias.
—¿Ulises Bueno fue tu primera relación pública?
—Sí, fue mi primera relación expuesta.
—¿Y cómo viviste esa exposición?
—No me gustaba la idea porque es abrir la puerta a muchas opiniones. Pero cuando uno está bien y sabe quién es, aprende a convivir con eso. Además, yo ya tenía cierta exposición por mi familia y mi trabajo.
—En definitiva, te enamoraste.
—Claro. Las relaciones empiezan por amor. Que después sean públicas o no es un agregado. Lo importante es construir puertas adentro.
—¿Y hoy el balance de esa relación cómo te da?
—Te puedo decir el balance de mi presente. O sea, yo creo que todo lo que me pasó en la vida me trajo a esta realidad que es hermosa y que no la cambiaría por absolutamente nada.

—¿Cómo se conocieron con Nico?
—En Carlos Paz. Él estaba haciendo temporada con Los mosqueteros y yo con Pabellón Tornú. Prácticamente era imposible que nos cruzáramos porque cada uno estaba en un mundo distinto. Pero coincidimos en una entrega de premios a la que ninguno iba por una nominación y a los dos nos generó una curiosidad el otro.
—¿Ya se seguían en redes?
—Nada. No nos conocíamos. Yo vivía en España y no estaba al tanto de su vida personal. Él tampoco me registraba.
—Esa noche lo googleaste.
—Lo googleé, sí (risas). Pero me gusta sacar mis propias conclusiones sobre las personas. Por suerte no encontré nada demasiado alarmante.
—¿Cómo siguió la historia?
—Empezamos a hablar por redes, nos fuimos a ver cada uno al teatro e intercambiamos mensajes. Y cuando finalmente nos sentamos a charlar, no nos separamos más.
—¿Como fue cuando fue a verte al teatro?
—Yo estaba re nerviosa. Y además no sé si Nico es el mejor espectador para el teatro inmersivo porque en una escena teníamos que cavar un pozo para enterrar un muerto. Yo corría y él tenía que seguirme para no perderse la escena, pero iba lentísimo. Le di una pala para que haga el pozo y se la pasó a otro, o sea me arruinó la escena. No cooperaba en lo más mínimo y yo pensaba: “Dale, ¿me estás queriendo enamorar o qué?”.
—Media pila, Nicolás.
—Ponele onda. Pero bueno, él es así.
—Una charla hasta la madrugada y te enamoraste.
—Creo que nos pasó a los dos. Quince días después me tenía que volver a España porque estaba viviendo allá y fue una locura. Me enamoré completamente. Ninguno de los dos esperaba algo así.
—¿Y volviste a España?
—Volví solamente a buscar mis cosas. Tenía algunos compromisos laborales, aproveché para resolverlos y regresé definitivamente. Dos años después estaba casada.

—Nicolás tiene un amor enorme por su hija.
—Sí, es un padre increíble.
—¿Cómo conociste a Rufina?
—La conocí muy rápido. Fuimos a cenar los tres y esa noche Nico casi no habló. Nos pusimos a charlar nosotras y pegamos desde el primer día. Viste que esas cosas pasan o no pasan. Y pasó.
—Te la hizo fácil.
—Ay sí. Ella hace todo fácil.
—¿La extrañas cuando está en Turquía?
—Obvio. Igual ahora ya volvió y se quedan un buen tiempo.
—¿Cómo es esa convivencia?
—Increíble. A Rufi la veo casi como una amiga. Nos contamos todo, charlamos, hacemos planes. Ahora vamos a aprovechar para ver obras porque le gusta mucho el teatro. Para mí es una compañera. Además tengo una hermanita que vive en Córdoba y tiene casi su edad, me encantan los niños, entonces tener la posibilidad de compartir con ella y darle mis consejos cuando le gusta un chico o cuando le pasa algo, es hermoso.
—¿Es la misma hermana tuya que estaba en la propuesta de casamiento?
—Sí, Guillermina, la más chica que tiene 10 años y es muy amiga de Rufi. Ese viaje lo hicimos los cuatro.
—¿Vos sabías que te iban a proponer casamiento?
—Sí. En realidad fue más una formalidad porque ya lo veníamos hablando. Yo nunca le hubiese propuesto casamiento porque no estaba en mis planes casarme.
—¿No estaba la fantasía?
—No. Nunca. Pero con Nico sí apareció ese deseo. Hay cosas que uno no cree que tiene y aparecen con la persona indicada.
—¿Y trabajar con tu pareja?
—Tampoco. Yo creía que no había que trabajar juntos ni convivir. Y gracias a Dios tengo una convivencia que es un diez y la posibilidad de trabajar con él que es otro diez. Y encima nos llevamos bien.
—¿Cómo es Nico papá?
—Admirable. Es muy presente, está en cada detalle, acompaña, aconseja, lleva a Rufi a todas sus actividades. Es de esos padres a los que les sacás el sombrero.
—¿Te enamora eso?
—Claro. Verlo en ese rol es hermoso.
—Cuando uno ensambla una familia hay algo del ejercicio de la maternidad, aunque Rufina tiene a su mamá. ¿Cómo te encontrás vos en ese rol?
—A mí me encanta. Nunca voy a ocupar ni quiero ocupar el lugar de su mamá porque ella la tiene, pero disfruto mucho acompañarla desde el lugar que me toca.
—¿Y la maternidad?
—Hoy no quiero ser mamá. Estoy feliz con la vida que tenemos y con los proyectos que estamos construyendo. Siempre digo que, si algún día tengo hijos, no tendría uno solo. Me encantan las familias grandes porque crecí en una: tengo seis hermanos y es un placer juntarnos todos a comer con sus parejas.
—No cerramos a futuro.
—No cerramos a futuro, pero hoy con el presente que tenemos me limitaría mucho.
—¿Cómo es tu vínculo con Rufi en el día a día?
—Yo lo llevo mucho desde el humor, trato de enseñar desde otro lugar. No soy la estructurada y prefiero hablarle como una amiga, que me vea como una cómplice. De hecho, a veces Nico me dice: “Acá tendrías que decirle que esto no”. Y yo le respondo: “No, ese no es mi trabajo”. Nunca voy a retarla, eso se lo dejo a los padres que son quienes tienen que poner los límites.
—El de los límites es Nico.
—Claro. Si veo algo que me preocupa, se lo digo a él. Trato de construir el vínculo sin invadir un lugar que no me corresponde. La amo con todo mi corazón. Cuando algo es genuino, traspasa cualquier pantalla. Es lo que somos.
—¿Hablás con la mamá de Rufina?
—Sí, nos llevamos bien. Es la mamá de Rufi. El respeto y la buena onda tienen que estar porque son fundamentales.
—Eso habla de adultos que priorizan a los chicos.
—Totalmente. Cuando entendés que la prioridad son ellos, sabés cómo manejar las situaciones. Hoy tienen redes, internet, ven todo. Nosotros podemos leer algo que no nos gusta y seguir adelante; ellos muchas veces no tienen todavía las herramientas para procesarlo. Por suerte ellos tienen mucha conversación y él se ocupa al ciento por ciento. Nico es papá y mamá en uno. Él se ocupa de todo, le encanta.
—¿Cómo manejan esa exposición de la que hablabas con Rufina?
—Es muy madura. Ve comentarios y sigue de largo. Tiene mucho que ver con la enseñanza de sus padres, con que sepa quiénes son realmente su mamá y su papá y que se quede con eso. Muchas veces la gente opina desde una parte de la historia, no desde la historia completa, pienso que hay una “mesa chica” que conoce la verdad de las cosas entonces lo importante es quedarse con eso.
—Pero si tenés que hablar con Eugenia hablás.
—Sí, por supuesto. De hecho, cuando pensamos el vestidito de Rufi para el casamiento hubo cosas que se hablaron entre mujeres. Pero en el día a día, Nico está en todo.
—¿Sos celosa?
—No.
—¿Y él?
—Si tengo que elegir, es más celoso Nico. Pero lo manejamos, creo que no le doy motivos.

—¿Cómo nace el proyecto de dirigir juntos?
—Compartimos muchísimo tiempo. Nos gusta entrenar juntos, nadar juntos, hacer cosas juntos. Y un poco dirigir también nació de eso. Cuando apareció Ni media palabra, sentimos enseguida que era el proyecto indicado para que Nico y Mariano Martínez volvieran a trabajar juntos después de 23 años.
—Y la están rompiendo.
—Teníamos miedo porque la fuimos armando muy en familia y pensábamos: “¿Y si no funciona?”. Pero la respuesta de la gente fue increíble.
—También hubo un fenómeno muy fuerte en pandemia con ellos y el contenido que volvió a circular de novelas como Son Amores y Los Únicos.
—Sí. La obra recupera un poco esa química que la gente recuerda. Hay guiños que conectan con esa época, pero también funciona con las nuevas generaciones. Lo comprobamos con Rufi, que era nuestro termómetro: si ella se reía, sabíamos que algo estaba funcionando. Y pasó lo mismo con mis hermanos y con chicos de su edad. Muchos no saben quiénes fueron Nico y Mariano hace veinte años, pero igual se divierten. Eso nos confirmó que era una obra para toda la familia.
—¿Cómo querés que siga este cuento?
—Quiero mantener este presente. Si podría ser así toda la vida, estoy feliz.
—Hoy firmás.
—Hoy firmo. Hoy estoy feliz, tengo una familia que amo, tengo un esposo que amo con su hija, el combito perfecto. Es como que tengo todo lo que soñé, así que no cambiaría nada.
Últimas Noticias
Carolina Aló y el horror de morir con 113 puñaladas: la vigilia del padre que juró ser la sombra del asesino de su hija
Edgardo Aló transformó tres décadas de dolor en monitoreo permanente sobre Fabián Tablado, una fundación activa y una petición ante la ONU para que el 27 de mayo sea declarado Día Internacional de la No Violencia en el Noviazgo

Anita Espósito: “Yo no era socialmente aceptada por ser negra, por ser gorda, por no ser hegemónica”
Se vestía de negro para que no se notara su peso, iba a una cita y no comía para parecer saludable, odiaba su pelo enrulado y se lo planchaba. Por qué dice que si sos gordo no podés bailar y si sos negro no te puede ir bien. La angustia de vivir creyendo que sos como te dicen que sos. Cuando Majo, su mamá, tuvo cáncer de mama, la decisión de postergar el miedo y el dolor para acompañarla. La familia, su tesoro

Diamantes de sangre, niños soldados y Maradona como pasaporte: el viaje de un documentalista argentino para contar guerras africanas
La guerra civil en Sierra Leona mató a más de setenta mil personas y esclavizó, secuestró y obligó a convertirse en soldados a diez mil niños y niñas. Pedro Fernández Quiroga viajó para contar la posguerra en una historia que tiene trauma y dolor pero más perdón y reconstrucción. En una nueva edición de Voces, el periplo de un argentino presto a entender lo que pasó y lo que pasa en el ecosistema africano y nadie cuenta

Tanya Hartfield llegó a Buenos Aires sin dinero y hoy ayuda a miles de mujeres a emprender: “Soy fanática de la plenitud”
En Ellas, la exmodelo y mentora repasó el recorrido que la llevó desde una infancia atravesada por las dificultades económicas en Misiones hasta construir una vida de independencia y libertad. Además, habló sobre la búsqueda de su hija, los desafíos de reinventarse profesionalmente y su propósito de acompañar a otras a fortalecer su confianza y desarrollar sus propios proyectos

Eugenia Tobal habló de la vida en pareja, el perro que la preparó para la maternidad y las constelaciones con caballo
En Casino Deluxe, la actriz repasó su presente sobre los escenarios, reflexionó sobre la crianza de su hija y se sinceró sobre los cambios físicos y emocionales que atraviesa durante la perimenopausia. Además, recordó la ausencia que más la marcó y explicó cómo construye su relación basada en la confianza y la libertad

