Una vez Pedro Fernández Quiroga leyó una noticia que hablaba de un descendiente de la realeza africana que había recalado en la yunga boliviana. Sus ancestros habían sido trasladados como esclavos al continente, pero el linaje, intrasferible, seguía coronándolo. Inició la búsqueda del “último rey” con su amigo y compañero Taio Gardey. Indagaron en las comunidades afrodescendientes de Tocaña y Mururata, en un cordón montañoso de la zona de Coroico al este de La Paz. Lo encontraron: no tenía corona ni plebeyos abanicándolo, vendía helados y hacía artesanías. A veces jugaba a la realeza para honrar su descendencia. Contar esta historia con una cámara y un video lo convenció a involucrarse con relatos perdidos, olvidados.
Es documentalista. Su primer hijo fue La fuerza de los invisibles, que viró a un nombre definitivo: La fuerza invisible. Menos letras y un título compacto redunda en más potencia. Es una historia de reconstrucción social y reconciliación. La guerra civil, los diamantes de sangre, el secuestro de niños para ser soldados compone el esqueleto de un retrato anclado en un proceso de paz y perdón. Vivió en Sierra Leona, conoció a James y a Siddy, a un niño soldado y a un ex líder rebelde, quienes le enseñaron las miserias del resentimiento. Entendió que pelearon una guerra adjudicada, una guerra que no les pertenecía. Pasó por otros once países. Conoció a las pateras, descubrió las ventajas de ser sudamericano y constató los beneficios de haber nacido en el país de Messi y Maradona, supo la verdad del vudú, vio las milas ilegales de oro en Ghana, presenció la trata de personas, comprendió la integridad de un pueblo hostigado por influencias extranjeras.
—¿Cuándo decidieron ir a Sierra Leona?
—Sí. Trazar un camino muy lineal es por ahí mentiroso, pero sí lo que queríamos hacer era ir donde la trata transatlántica comenzó, que era el continente africano. Empezamos a averiguar sobre distintos países, fundamentalmente en la costa oeste, y dimos con conocidos que fueron a Sierra Leona, puntualmente una chica, Virginia Bazterrica, que fue ocho años seguidos en momentos mucho más álgidos que el que fuimos nosotros, y cuando nos juntamos con ella, pocas veces vi una persona que hable tan enamorada de un pueblo. Parecía mitad argentina, mitad sierraleonesa, pero con una identidad a partir de lo que vivió que la verdad que daba ganas de ir. Y eso también se matizó con que cada vez que googleaba sobre Sierra Leona se hablaba de los diamantes de sangre, del infierno de la guerra, de la peor crisis de ébola de la historia, pero después es como si se hubiese cortado el relato ahí, ya no sabíamos qué pasaba en Sierra Leona. Entonces también qué pasó en Sierra Leona después de la guerra civil y después del ébola, y ese fue como nuestro motor para llegar allá.
—¿Qué sabías del país y del continente hasta ese momento?
—Tengo un muy amigo que es nigeriano entonces siempre me compartía historias de los revolucionarios africanos. Fundamentalmente hay uno puntual del que leí bastante que se llama Thomas Sankara. Entonces lo que sabían eran islas sobre revoluciones truncas, sobre cómo a ciertos pueblos que querían crecer le bajaban el pulgar desde algún lugar de la economía central y asesinaban al líder. Eso era lo único que sabía. De Sierra Leona me había quedado con eso que el imaginario colectivo conocía.
—Los diamantes, los niños, la guerra.
—Exactamente. Y el ébola, que en un momento Sierra Leona fue como una usina de recepción de organismos internacionales posguerra civil, pero cuando apareció el ébola, también el paria del siglo XXI, nos escapamos todos y llegamos a Sierra Leona olvidados en esta tragedia. De hecho la primera vez que fuimos había muy pocos vuelos, un vuelo que llegaba a la madrugada.
—¿Se van en el 2019 a Sierra Leona sabiendo qué historia van a contar o se van en la búsqueda?
—Teníamos un faro, habíamos leído un libro de Chema Caballero, un ex cura español, dejó los hábitos, la guerra civil durante 20 años en el país, y relató, o se preguntaba por el proceso de reconciliación. Entonces esa punta de que Sierra Leona era un principio de una reconciliación extraordinaria la teníamos y queríamos ir hacia allá. Ahora, Madina, en el distrito de Tonko Limba, que es el pueblo al que fuimos, es frontera con Guinea, vos llegas a la capital y después ahí empezamos a encontrar un millón de relatos para contar, porque más allá de esa reconciliación gran parte de la población que tenía mi edad, o nuestra edad en este caso porque fuimos en equipo, está atravesado por una guerra civil que son guerras de laboratorio. Porque son construidas de afuera, se aplican procesos que son violentos y que se encargan de que las generaciones y generaciones tengan serias dificultades para desarrollarse.
—¿Por qué hablamos de diamantes de sangre?
—Básicamente porque en Sierra Leona hubo un proceso bélico, una guerra, que las estadísticas de muertos llegan a los 70.000, fueron más de once años de guerra y se secuestraban niños para ocupar las milicias, pero la raíz del problema, como pasan en muchos conflictos contemporáneos, son los recursos naturales. Sierra Leona era el país más rico en diamantes, en cualquier parte vos ibas y te podías cruzar diamantes. Obviamente si un país persigue esa lógica extractivista o mercantil a la que nosotros estamos acostumbrados, Sierra Leona podría ser uno de los países más ricos del mundo, porque es un país chico y porque está lleno de uno de los recursos naturales más valiosos. En el país vecino, que era Liberia, hay vínculos muy directos con Estados Unidos. La bandera de Liberia, más allá de que se jactan de nunca haber sido colonia, es igual a la de Estados Unidos, y Estados Unidos maneja las decisiones políticas de Liberia, en ese momento manejaba las decisiones políticas de Liberia. Fue una época post Guerra Fría y Liberia empezaba a establecer ciertos vínculos con Rusia. Lo que hizo Estados Unidos fue financiar un golpe de Estado con Charles Taylor, que era el dictador de la época, y se estableció una guerra en Liberia que fue súper violenta. Y después de Liberia lo que quedaba era ocupar Sierra Leona que era el país más rico de la zona por los diamantes. Y en ese momento, bueno, este ejército liberiano se alió con un grupo de rebeldes sierraleoneses. Cuando estás en un contexto donde hay poco empleo, el mercado de la violencia es accesible. Hay gente que no puede acceder a otra cosa que no es eso. Y este ejército financiado con armas francesas y con apoyo de armas de Estados Unidos se mete en Sierra Leona. Hay un lazo indirecto con Inglaterra, que es el país que colonizó Sierra Leona en su momento y el país que debió haber protegido a Sierra Leona, lo que hizo Inglaterra fue bloquear la capital, financiar al ejército del gobierno y liberar toda la zona que era rica en recursos naturales. Entonces se enfrentaba un grupo rebelde de liberianos y sierraleoneses contra el ejército del gobierno y para seguir alimentando, además de las armas y la fuerza de lucha de esos ejércitos se secuestraban a los niños y a las niñas como soldados. Y entonces había dos bandos bien claros y los que estaban en alguno de los dos bandos tenían que armarse también para defenderse porque nadie sabía quién era rebelde o quién era soldado del gobierno. Entonces había dos fuerzas bien marcadas y una tercera que se defendía como podía mientras el títere Charles Taylor y las grandes potencias se llevaban los diamantes.
—Los niños eran utilizados como soldados y también eran mandados a trabajar a buscar los diamantes.
—Exacto. La explotación en todos los grupos armados viene de los dos lados. Yo te mando con armas al campo de batalla, también te mando a trabajar como esclavo a sacar los diamantes. Eso básicamente.
—Esos diamantes financiaban también esa guerra.
—Sí, es un círculo vicioso. Porque después se los llevan las economías para hacer redituable ese recurso natural y esa plata vuelve en armas a África para que continúe la guerra.
—Vos querías ir a contar esta reconciliación, el después de la guerra.
—Exactamente. Porque lo que sentíamos dentro del proyecto es que había una construcción muy estereotipada de África. Alimentar eso no tiene sentido. De seguir hablando sobre guerras y de seguir hablando sobre enfermedades. Sobre todo sin entender tanto por qué surgen los procesos. Para hablar sobre guerras hay que contextualizar y entender que la totalidad de las guerras en África no suceden por los africanos, suceden por otros países. Y a partir de ahí para equilibrar un poco o ser justos con los mensajes: para nosotros la guerra es un concepto muy abstracto, para ellos fue un concepto muy concreto. Y la reconciliación pasa lo mismo. No conocía el concepto de reconciliación tan extremo como el que vi en Sierra Leona. Es algo que en los parámetros mentales occidentales no se puede colar en la cabeza.
—En ese sentido en el documental aparecen testimonios muy potentes.
—En el documental aparece un líder rebelde que era liberiano que había cruzado a luchar en Sierra Leona y que había secuestrado a un niño soldado, lo había ultrajado como guardaespaldas, había entrado en su pueblo, había gobernado ese pueblo a través de la violencia y este líder rebelde cuando termina la guerra, como le pasa a todos los que son víctimas de la guerra, porque al final le dan un arma pero no son los que toman las decisiones, quedó sin lugar a dónde ir. Entonces lo que decide es volver al pueblo que él en algún momento fue mandamás. Y el pueblo lo recibió con los brazos abiertos, lo perdonaron. Madina es un pueblo chico y los ves caminando, saludándose. Es el caso que nosotros encontramos, pero hay muchos más.
—¿Ese niño hoy cuántos años tiene?
—Tiene más o menos mi edad: yo tengo 35 y él estaba también en la misma edad.
—¿Cómo se llama?
—James.
—¿Y cómo están hoy con los que vos hablaste?
—El testimonio de lo que yo puedo dar, obviamente esto es como un equilibrio, vos tenés que contar la reconciliación. La verdad que la historia de África no es una historia ideal, le falta un montón a nivel estructural, pero está bueno que circule por los mundos occidentales para que reflexionemos sobre todo lo que le hicieron a África y todo lo que le deben a África. Entonces Sierra Leona es un país al que le falta a nivel estructural pero que cuando te sumergís ahí la pasás muy bien porque es gente que tiene valores que probablemente nosotros los perdimos. El de la solidaridad extrema, el de la fortaleza, el de la resiliencia, el del talento. Porque que haya activistas sociales en lugares donde por mucho tiempo de tu vida no conociste la paz es un talento extraordinario.
—James por ejemplo es uno de estos niños que hoy está bien. Que pudo salir adelante.
—Obviamente con las dificultades que implica crecer en Sierra Leona pero es de los que participó de las instituciones de rehabilitación de niños soldados. Salió adelante. Y sobre todo escuchar el testimonio de cómo hablan de la guerra es impresionante porque es entender que la guerra no depende de los que están ahí matándose sino que depende de la orquestación de afuera. Es muy fácil si lo estudiás desde afuera, desde la platea, pero siendo protagonista, con todo lo que te atraviesa, puede ser muy complejo.
—¿Hoy hay clase alta en Sierra Leona?
—Hay. En la mayoría de los países que visité hay clase alta. Son clases reducidas pero son clases altas. Lo que no hay es clase media. Es una brecha que si nosotros vemos que en Latinoamérica cada vez hay menos clase media y a veces nos impresiona la diferencia social, cuando vas allá es aún mucho más impresionante. Porque sí hay como micro mundos donde están las clases altas, también hay personas de organismos internacionales, pero después son como islas artificiales, la realidad va por otro lado.
—¿El rol de las mujeres?
—Están mucho más desplazadas que lo que vemos nosotros acá con las movilizaciones. Evidentemente no están en el centro de la agenda, ni la igualdad de derechos, pero quiero que quede claro que pensar lo que sucede allá con los avances a nivel social, cultural que tenemos en otros países del mundo occidental es desacertado.
—¿Cómo continúa la historia de James?
—El trabajo de ir también recopilando testimonios es hablar de toda la vida entonces lo que nos cuenta James en un trocito es el disfrute cuando le dijeron la palabra desarme, que ya no va a haber más armas acá, ir a la escuela y disfrutar con los amigos, a nosotros nos puede parecer una migaja, nos puede sonar a poco. Y te lo cuenta con una emoción que la verdad termina siendo algo importante para ellos en ese caso. Y después también me parece como muy valorable lo que hizo la población general con Siddy, que era el líder rebelde.
—¿Vuelve bastante tiempo después o vuelve inmediatamente?
—No, en el hilo que nos cuenta vuelve casi en lo inmediato. Se queda y nunca vuelve a su país. Se queda en Sierra Leona. Y él dice “Sierra Leona salvó mi vida”. Entonces, más allá del ejemplo concreto, son historias que se replican en todo el país. Y después lamentablemente también están los muchos casos de chicos que sufrieron eso y que no la pueden contar.
—¿Charlaron con Siddy?
—Sí. Siddy es playero de una estación de servicio en Madina y es como un atractivo para los niños, van todos a saludarlo y él es una persona muy simpática. Vos no podés creer que haya sido forzado a ser lo otro, su otra parte de la vida, pero hay algo que es evidente y es que fue una víctima. Y hablamos un montón, nos contó que era director técnico del equipo de Madina, porque fue una de las cosas que se hizo para integrarse entre ex soldados, ex rebeldes, era armar equipos de fútbol. Y hay una historia que nos que nos cuenta Chema Caballero, que fue el español que te mencioné antes, que vivió los 20 años de la guerra civil, que estaba en la platea mirando un partido y va el wing izquierdo a encarar al lateral derecho, y cuando lo va a pasar le cruzan el cuerpo en un foul chiquitito, que no había pasado nada. Entonces el defensor se le postra sobre el cuerpo, Chema pega un grito diciendo eso no es foul y otro lo frena, un local, y le dice “le está pidiendo perdón por la guerra”. Ahí se mezcla lo extraordinario del sierraleonés y lo integrador que es el fútbol.
—¿Él se entiende víctima?
—No me puedo meter en su cabeza para decírtelo. Lo que puedo decir es que comprende muy bien las razones de la guerra. La pregunta directa de si se entiende víctima, no la sé. Pasa lo mismo que con la reconciliación, yo no estuve en los zapatos de alguien que vivió algo tan extremo, entonces no puedo realmente saber lo que le sucede dentro.
—¿Sentís que se arrepiente?
—Eso totalmente. Que se arrepiente de lo que pasó pero también le pasaron cosas a él, ¿no? Porque su familia estaba en Liberia y la familia fue víctima en la guerra de Liberia. Entonces cuando se generan esos golpes de Estado y no hay instituciones que te defiendan y lo único que hace el mundo es intentar aprovecharse de esa inestabilidad todos son potenciales víctimas. Él cuenta que su familia también murió en la guerra de Liberia. Entonces al fin y al cabo son generaciones de personas que son víctimas.
—¿Y por qué creés que lo aceptan en el pueblo?
—Hay algo concreto que es lógico, es lúcido, por ahí no se comprende tanto si sufriste tanto con los raspones de la guerra. Pero si vos seguís con el resentimiento, nadie va a ayudar al pueblo sierraleonés a que la escala de violencia frene. Esa es una de las nociones. Ellos entienden que el resentimiento no es algo que pueda aparecer en este momento. Y lo otro es saber o comprender que el circuito, el triángulo entre armas, diamantes y niños soldados, fue orquestado por otras personas, que el que usó el arma para destruir no era el verdadero responsable. Los verdaderos responsables, y esto me robo una frase también que aparece en el documental, están en congresos de empresas o con saco y corbata en otro lado. Achacarle la responsabilidad a una persona que también está sufriendo, es un análisis muy acotado y que no lleva a ningún lado.
—¿Cuánto tiempo se quedaron en ese viaje?
—En 2019 habremos hecho un mes y medio y después volvimos a mostrarlo en 2022.
—¿Te encontraste con James y con Siddy, los dos lo vieron?
—Exacto. Ahí en el pueblo. James no estuvo en el momento pero más allá de su gesto está el gesto del pueblo, ¿no? Y que cuando aparecen ellos en su testimonio todos aplauden, también es como algo de su identidad jactanciosa. Yo soy un pueblo que se reconcilia a pesar de todo y es una lección de humanidad. Y así como nosotros íbamos, poníamos una tela blanca, un proyector, Taio es mucho más mañoso que yo en eso, la verdad que un capo total.
—Vos después hiciste un recorrido por once países en África.
—Sí, después… Mi objetivo en el último viaje que hice que fue durante el 2024, es hacerse preguntas. Denunciar sobre todo cómo funcionan ciertos conflictos. Lo de Sierra Leona y la reconciliación: cómo responden otros países ante conflictos generados por economías de afuera. El primer lugar al que fui fue la República Democrática del Congo.
—Enumeremos los países en los que estuviste.
—República Democrática del Congo. Ruanda. Kenia. Nigeria. Ghana. Togo. Benin. Gambia. Senegal. Burkina Faso, que era la meca donde yo quería llegar. Y después Marruecos pero no hice el laburo de investigación que quise.
—Ahí ya hiciste turismo. Porque estuviste en algunos lugares picantes.
—Sí. La respuesta es sí, y después también está lo que se conoce cuando estás en terreno: se habla de tiranía, de dictador bueno y de dictador malo dependiendo hacia donde se mueva el país. Fue un trabajo de sumergirse, de intentar ir a los lugares donde suceden las cosas.
—¿Hay que romper prejuicios?
—Totalmente. De todo tipo, desde lo vincular, lo espiritual. Y también volver a las bases de lo que nos identifica, nosotros somos latinoamericanos y de alguna manera, en mucha menor medida o por lo menos en un lapso de la historia en mucha menor medida, hemos sufrido cosas que los africanos también sufrieron y ahí hay una hermandad. Cuando viajás te das cuenta cómo tratan al latino a diferencia de otros países. Acá volvemos al fútbol, la referencia de Maradona, de Messi, incluso de Riquelme, son pasaportes.
—¿Te rescataron de alguna situación?
—No. De rescate así literal no, pero… Burkina Faso está en un proceso de revolución, ya cortaron lazos con Francia y es difícil entrar en un país que está en plena guerra. Y vos que cumplís los parámetros de un hombre europeo que puede ser inteligencia de ese país europeo con el que no quieren saber nada... Y periodistas corresponsales con los que me contactaba, me decían “a Burkina Faso no vayas, no vas a poder entrar” . Y yo lo que hacía cuando era una frontera un poco inestable o que generara incertidumbre, me ponía la bermuda y la remera de la selección argentina. Yo tengo un tatuaje de Maradona acá y el tatuaje de Messi acá, entonces dependiendo la franja etaria pega más Maradona o pega más Messi. Cuando vieron el tatuaje de Maradona los soldados burquineses se sonrieron y no solo me dejaron pasar sino que tuve acceso a entrevistas con personas muy cercanas a Thomas Sankara, que fue un líder revolucionario del momento y también a personas cercanas al gobierno actual. En poco tiempo que estuve ahí la verdad que a Maradona más allá de cómo jugaba al fútbol o como líder revolucionario, lo toman como un hermano.
—¿Tuviste miedo en algún momento?
—No. Cuando vas viajando te vas acostumbrando a ciertas cuestiones. Cuando vas cruzando algunos checkpoints, esos peajes, estás en un colectivo y te esconden para que no te piden coima, porque en general si ven a un blanco es sinónimo de dinero y piden coima, entonces el resto de la gente que está viajando y quiere llegar dice “escondamos al blanco porque yo quiero llegar a destino”. Esas cosas que al principio te pueden impactar, después te acostumbrás y lo vivís ya como algo propio de la cultura y de manera risueña.
—Me hablaste de mucha solidaridad. ¿Me contás algo de eso?
—En muchos lugares, no en las capitales pero sí en los pueblos de varios países que visité, se come una vez al día. Nosotros tenemos tanta gula acumulada que no nos acostumbramos a esa lógica. Y ninguna persona de ese pueblo, en caso de que haya para comer, se va a quedar sin comer. Esto sucede también en pueblos recónditos o barrios marginales en Argentina. Es algo de solidaridad humana que en África se ve a cada paso. Y es una premisa de solidaridad ante eso. Y hay una historia concreta que también tiene que ver con el fútbol. Estábamos junto a Taio, estábamos viendo Barcelona-Leganés. Fue la primera vez que fuimos a Sierra Leona. Para comprar nafta, hay grupos electrógenos y se da luz a los cines, que es una televisión chica, unas banquetas para que entren un montón de personas y se pongan a ver fútbol. Y me acuerdo de que en ese momento estábamos con Taio y había un chiquito que tenía unos maníes en la mano y nos obligaba a que comamos los maníes con él. Y nosotros le dijimos “¿comiste en el día?”. Y nos responde “yo solo como si comparto”. Y vos veías a la mamá que lo estaba obligando a compartir.
—¿Qué aprendiste o qué pudiste contar sobre la trata?
—Estuve en las minas ilegales de oro en Ghana. En la zona de Busua, que es una playa hermosa, hay oro por todos lados. Toneladas de oro. Y van las mineras a sacar el oro, formalmente algunas, y se quedan los empresarios extranjeros alquilándoles la tierra a los agricultores para sacar lo que queda del oro y destruyendo también el cacao, que también es una fuente de vida para para Ghana. Y en esas minas hay un problema que es estructural: no hay industrias, no hay trabajo, queda meterte en estos mercados informales, mercados de violencia, y ahí trabajan señoras con sus hijos alzándolos picando el oro mientras todo eso se va por el canal informal afuera del país. Después hay otra cuestión que también es transversal, que lo ves sobre todo en las zonas costeras, que tiene que ver con un mundo aprovechándose de la carencia económica para alimentar el apetito sexual. Si estás en una playa, por ejemplo en Mombasa en Kenia, podés ver mucho este turismo fofo gringo que se pasea con cervezas y está con una chiquita caminando de la mano. O en Gambia, a la inversa, lo que sucede es que muchas señoras de países de Europa, de Dinamarca, de Alemania, de Holanda, van en busca de los hombres, que si bien muchos son mayores lo que lo que sucede es que es una fuente de ingreso porque probablemente no tengan en otro trabajo. Cuando conectan con alguna de estas señoras de Europa les queda un pago mensual que salva a su familia. Ellos dejan a su familia y se van a vivir con estas visitantes. Pero también sucede en los casos de que estas señoras les dicen “vamos a casarnos a Europa, te salvo de este mundo”. Muchos acceden y abandonan a las familias. Entonces quedan también un montón de madres solteras con un montón de hijos.
—¿Qué idea tenías del vudú y con qué te fuiste?
—Bueno, esto de romper con los prejuicios. En el vudú puntualmente fue una de las cuestiones donde más me sentí ignorante. Nosotros creemos que el vudú es pinchar un muñequito. El vudú fundamentalmente es energía positiva y eso es con lo que me quedo. Es una religión, es la religión del África subsahariana originaria. Más allá de que les han impuesto ser católicos, ser musulmanes, ellos ante todo son vuduistas. Vos ves por ejemplo en Benín, que es uno de los epicentros del vudú, que hay una iglesia católica gigante pero también está el templo vudú. Y ves que los curas van a practicar el vudú. Es una religión como el credo popular acá en Argentina. Pero sobre todo ellos te dicen es funcional a las necesidades de ahora. Ellos creen que hay una divinidad superior. Que para conectarte con esa divinidad y pedirle cosas hay que ir con un guía espiritual. Los guías espirituales son aquellos capacitados, que hacen cursos para ser guías espirituales, o se van a los bosques con los maestros para estar capacitados para conectar la necesidad de la persona con la divinidad superior. Ellos tampoco se reconocen preparados para dialogar con la divinidad superior entonces ahí entran a jugar las divinidades. Y esto por ahí es lo es lo más llamativo: la divinidad puede ser una estructura, un árbol, o en un pueblo puede ser una serpiente, una pitón. Yo fui al pueblo en que la divinidad era la pitón, entonces vas al santuario y hay cincuenta pitones ahí y les dan besos, las abrazan, se las ponen en el cuello y se arrastran por el pueblo como si nada.
—¿Por qué acá entendemos que el muñequito se pincha?
—El muñequito es una transformación del vudú según lo que me contaron. Eso pasa más en las prácticas en Haití o en Brasil por ejemplo. Allá están los muñecos que son para proteger a ciertas personas, entonces ellos lo que te dicen es energía positiva. Nosotros usamos nuestra sabiduría para que la energía proteja a ciertas personas.
—¿Me contás de las pateras?
—Los países que visité donde proliferaban las pateras fueron Gambia y Senegal. Muchos del pueblo senegalés y gambiano pescan y tienen que competir contra esos buques gigantes que te llegan de otros lados, otras latitudes, que surcan los mares y se llevan todos los pescados. Sumado a víctimas de turismo sexual o de otro tipo de contextos que son bien marginales. La única escapatoria que tienen son las canoas, las pateras, que cuando las ves no entendés cómo pueden cruzar una rompiente. Ves que su foco es ir a las Islas Canarias.
—¿Cuánta gente se puede ir?
—Esto es lo peor que pasa en las tragedias: no hay estadísticas. Está lo que puede haber en algún informe internacional pero hay personas que quedan fuera de los informes y eso es lo más trágico.
—No sabés cuánto se ahogaron en el camino.
—No. Pero sí son pateras que salen prácticamente todas las noches. En un momento de la madrugada salen. Y es producto de cómo se desarrolló la historia de esos países que tiene que ver con el colonialismo. Entonces antes de juzgar las políticas migratorias, antes de juzgar a las personas que llegan, porque son muy pocas las que llegan, hay que entender el recorrido histórico de por qué suceden esas cosas. Y me parece que la empatía es un valor predominante que en África está totalmente realzado pero nos falta probablemente a nosotros.
—¿Qué te pasa cuando volvés a Argentina?
—Somos bichos de costumbre. De repente al principio estás totalmente tambaleándote y de repente naturalizás cosas que allá no pasaban. Es importante tener espacios para hablar, para juntarte con gente que comparta ciertas ideas, ciertas inquietudes y que puedas intercambiar para que no se apague esa nafta de contar por meterte en una rutina que es mucho más lineal y estable.
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