
“Esa misma CGT oficialista que guardó un silencio cómplice hasta hoy ahora se envalentona y matonea al nuevo gobierno que aún ni siquiera empezó con su tarea. Queda bien claro que nunca fue su intención defender los derechos de los trabajadores, sólo pelean por sus negocios”. Lo publicó Mauricio Macri en las redes sociales ante el acto del sindicato piquetero en la sede de la CGT, que estuvo lleno de amenazas a Javier Milei, pero, en realidad, el presidente electo se enfrentará a un sindicalismo cada vez más atomizado en el que una fracción mayoritaria está a la expectativa de los planes que adopte y, sobre todo, de la voluntad de diálogo que tenga desde el 10 de diciembre, mientras que otro sector se prepara para salir a la calle para resistir cualquiera de sus medidas.
La grieta entre dirigentes dialoguistas e intransigentes es una marca registrada en el sindicalismo peronista a lo largo de la historia, aunque el caso de Milei es una curiosidad: llegará a la Casa Rosada casi sin relaciones con los gremialistas, lo que equivale a decir que lo hará sin compromisos con ese sector, aunque las señales que viene dando de sumar peronistas al gabinete le da esperanzas a la dirigencia sindical de que el líder de La Libertad Avanza dialogará para apuntalar la paz social.
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Aunque todo el gremialismo peronista apostó por la candidatura de Sergio Massa, la alianza que maneja la CGT dio señales de advertencia a Milei por eventuales medidas que afecten a los trabajadores, aunque por lo bajo espera que se abran canales para negociar con el nuevo poder.

Esa corriente moderada está integrada por “los Gordos” (Héctor Daer, de Sanidad, y Armando Cavalieri, de Comercio) y los independientes (Andrés Rodríguez, de UPCN; Gerardo Martínez, de la UOCRA, y José Luis Lingeri, de Obras Sanitarias), los mismos dirigentes que apoyaron desde el principio a Alberto Fernández, tomando distancia de Cristina Kirchner, y luego se abrazaron a Massa.
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La tradición de “los Gordos” es la negociación permanente con todos los presidentes, no importa de qué color político sean. De por sí, ese sector que hoy integran dos sindicalistas como Daer y Cavalieri (otro de sus miembros fue el fallecido Oscar Lescano, de Luz y Fuerza) formó parte durante el gobierno de Raúl Alfonsín del llamado Grupo de los 15, que, como fruto de un audaz y polémico acuerdo político, desembarcó en el gabinete a través de la designación del lucifuercista Carlos Alderete como ministro de Trabajo. El copamiento de la cartera laboral por parte del establishment gremial simbolizó el retroceso de Alfonsín desde que intentó -sin éxito- sancionar la ley de reordenamiento sindical en procura de una mayor transparencia y garantías democráticas en las elecciones de los gremios.
Hay quienes atribuyen a la silenciosa tarea de “demolición” interna del gobierno de la UCR por parte de los sindicatos la dura derrota electoral que sufrió el alfonsinismo en 1987. Nada casualmente, luego de perder los comicios legislativos ante el PJ (por 41,29% contra 37,24%) y en un contexto de extrema debilidad política, Alfonsín le concedió al peronismo una nueva Ley de Asociaciones Sindicales cuyo contenido le dio mucho más poder a los gremialistas. Representó un verdadero giro copernicano respecto de aquella iniciativa de comienzos de la administración radical conocida como la “ley Mucci”, por Antonio Mucci, el primer ministro de Trabajo de Alfonsín, ex dirigente de los gráficos, que promovió el proyecto para democratizar los gremios, finalmente rechazado en el Senado por apenas un voto (el de Elías Sapag, del Movimiento Popular Neuquino), en 1984.
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Cavalieri, Lescano, Luis Barrionuevo (gastronómicos), Carlos West Ocampo (antecesor de Daer al frente de Sanidad), Jorge Triaca (del Sindicato de Plásticos y padre del ministro de Trabajo del macrismo), Juan José Zanola (bancarios), José Rodríguez (SMATA) y Delfor Giménez (textiles) fueron algunos de los miembros del Grupo de los 15 que se convirtieron en el germen del sector de “los Gordos”. Son los mismos que luego rodearon a Carlos Menem y estrenaron el concepto de “sindicalismo empresarial” al sumarse al sistema de la jubilación privada mediante la creación de AFJP propias.
El sindicalismo dialoguista de hoy tiene ese ADN. No es casual que los únicos contactos gremiales de Milei hayan sido Gerardo Martínez, líder de la UOCRA, y Luis Barrionuevo, titular de Gastronómicos, con quien selló un fugaz acuerdo. Son dos de los dirigentes que tienden puentes, dialogan y negocian sin prejuicios ni ataduras ideológicas. La síntesis de la flexibilidad que practican la brindó Lescano, con 29 años al frente de Luz y Fuerza, que confesó: “Fui oficialista de todos los gobiernos”.
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Como líder de La Libertad Avanza, Milei tenía una postura implacable contra el poder sindical, aunque hizo un drástico viraje tras reunirse con Martínez y Barrionuevo. Por eso pasó de promover una plataforma libertaria que incluía la prohibición de la reelección indefinida de los gremialistas a mostrarse tolerante ante la perpetuación sindical en sus cargos. Lo mismo sucedió con la reforma laboral y con el sistema de obras sociales, cuyo funcionamiento antes quería separar de los sindicatos.

Ahora, la fracción dialoguista del sindicalismo le muestra los dientes a Milei, pero, a la vez, le hace guiños de buena voluntad. Así sucedió con el acto de asunción de las nuevas autoridades de la Unión de Trabajadores de la Economía Popular (UTEP), el sindicato de las organizaciones piqueteras, donde la CGT amenazó con protestar si el gobierno libertario despide personal del Estado, privatiza empresas públicas o toca la legislación laboral vigente. En privado, sin embargo, mantiene contactos extraoficiales con exponentes libertarios y espera reunirse con Milei cuando asuma la Presidencia.
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Ya sucedió con Gerardo Martínez, preocupado por el anuncio de Milei de que se paralizará la obra pública y, por lo tanto, habrá despidos en la construcción, que llegó a hablar del tema con Guillermo Ferraro, designado ministro de Infraestructura. Y también se movió rápidamente José Luis Lingeri, de Obras Sanitarias, a quien le inquieta la posible privatización de AYSA y los cambios en el área de Salud que pueden afectar la incidencia sindical en la administración de fondos de las obras sociales.
Aliados a “los Gordos” e independientes también militan dirigentes moderados como Sergio Romero, líder de Unión Docentes Argentinos (UDA), con tradicionales lazos en la estructura del poder político; Rodolfo Daer, de Alimentación; Jorge Sola, del Seguro; Carlos Frigerio, de cerveceros; Amadeo Genta, de municipales porteños, y Guillermo Moser, de Luz y Fuerza, entre otros.
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De manera autónoma, además, mostró una postura conciliadora ante el gobierno libertario Facundo Moyano, secretario adjunto del Sindicato de Peajes, partidario de debatir cambios en las leyes laborales. La familia Moyano seguirá dividida: Hugo, el líder del Sindicato de Camioneros, se mantiene en silencio a la espera de que asuma Milei, pero Pablo, su hijo mayor, alineado con el kirchnerismo, ya volvió a su práctica de amenazar con resistir en la calle cualquier medida “contra los trabajadores”.
Milei ya sabe que tendrá otros opositores sindicales que se juramentaron en frenar sus medidas de gobierno y que se identifican con Cristina Kirchner: además de Pablo Moyano, en ese pelotón están Sergio Palazzo, de bancarios; Mario Manrique, de SMATA, quien asumirá su banca de diputado nacional; Abel Furlán, de la UOM; José Voytenco, de trabajadores rurales; Pablo Biró, de pilotos, y Hugo Yasky, el titular de la CTA kirchnerista, entre otros. Podrían sumarse dirigentes estatales o de empresas públicas que sufran ajustes o despidos: por ejemplo, los líderes de los sindicatos ferroviarios (como Sergio Sasia, de la Unión Ferroviaria, y Omar Maturano, de La Fraternidad), aeronáuticos (como Juan Pablo Brey, de aeronavegantes, y Edgardo Llano, de APA) o marítimos (como Juan Carlos Schmid, de Dragado y Balizamiento, y Raúl Durdos, del SOMU).
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Más rechazo tendrá Milei entre los exponentes sindicales del sector combativo o de izquierda. Uno de ellos es Hugo “Cachorro” Godoy, titular de la CTA Autónoma, quien acaba de calificar al gobierno libertario como “una experiencia neofascista peligrosísima”. En el mismo andarivel se mueve el nuevo jefe de la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE), Rodolfo Aguiar: “A días de asumir, la casta está de fiesta y los trabajadores mortificados -declaró esta semana-. Ninguna de las medidas que se anticipan son beneficiosas para los sectores populares y tocarán derechos adquiridos”.
En esa trinchera antimileísta también se ubican el líder del Sindicato Único de Trabajadores del Neumático (SUTNA), Alejandro Crespo, un reconocido cuadro trotskista del Partido Obrero, y el flamante titular de la UTEP, Alejandro Gramajo, del Movimiento Evita, quien debutó con una advertencia a los libertarios que comparten las organizaciones sociales: “Vamos a ser solidarios con todos los sectores que sufran el ajuste y vamos a estar acompañando cada una de las peleas”. Todavía no comenzó a gobernar, pero Milei ya tiene enemigos declarados en el sindicalismo. Otro crucial desafío para una época inclemente de una Argentina que encara un cambio profundo.
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