La reestructuración de una empresa que atraviesa un proceso concursal o una crisis económica y financiera nace de la voluntad de sus accionistas y de una visión de largo plazo orientada a recuperar su viabilidad. Parte de una premisa ampliamente reconocida: una compañía en operación, es decir, funcionando como negocio en marcha, posee un mayor valor que sus activos sometidos a un proceso de liquidación, remate o venta, ya sea en conjunto o por partes.
Bajo esa lógica, se desarrolla un trabajo articulado entre accionistas, administración y consultores para replantear aquellos aspectos que requieren ser corregidos o fortalecidos. El objetivo es que la empresa recupere su capacidad de generar los flujos necesarios para sostener sus operaciones y, al mismo tiempo, atender el pago de la deuda concursal o estructural en el largo plazo. Sin estos cambios resulta inviable iniciar una negociación seria con los acreedores, basada en un plan de acción creíble y en nuevas condiciones de refinanciación. En esencia, se trata de presentar una propuesta empresarial renovada.
Este proceso previo fortalece la posición de los accionistas durante la negociación con los acreedores, al permitir la construcción de acuerdos que armonicen el reflotamiento de la empresa con la garantía de pago de las acreencias concursales. Acreedores y demás stakeholders esperan evidencias de una verdadera voluntad de cambio en aquellos aspectos que antes no funcionaban adecuadamente, ya sea en la organización, las operaciones, las finanzas o la estructura patrimonial. Solo así existen elementos concretos que sustenten la aprobación de un Plan de Reestructuración.
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Por ello, la reestructuración debe entenderse como un proceso integral que abarca dimensiones organizacionales, financieras y, en determinados casos, patrimoniales. Su finalidad es mantener a la empresa dentro del circuito económico, preservando la generación de empleo, el pago de impuestos, la continuidad de la cadena de proveedores y la creación de valor para los propios acreedores.
En esencia, una empresa en crisis económica y financiera, o en un proceso concursal orientado a la reestructuración, constituye una negociación con los acreedores para demostrar la viabilidad futura del negocio. Esta viabilidad existe cuando el valor económico de la empresa en funcionamiento supera el que se obtendría mediante la liquidación de sus activos. En otras palabras, la recuperación de los créditos resulta más eficiente a través de la continuidad operativa que mediante el remate de la compañía, salvo en aquellos activos que no aporten valor a la operación.
La negociación debe sustentarse sobre una plataforma clara de viabilidad construida por la administración y respaldada por consultores especializados. Los acreedores requieren conocer una propuesta seria y técnicamente consistente, pero el principal convencido de la reestructuración debe ser quien dirige la empresa. Son los accionistas, gerentes y asesores quienes conocen el negocio, identifican sus fortalezas y debilidades y están en condiciones de diseñar un Plan de Reestructuración sólido antes de presentarlo al mercado y a los acreedores.
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En consecuencia, la reestructuración de una empresa viable no puede nacer de una voluntad externa. Debe ser impulsada por la propia administración, que conoce la realidad del negocio y asume el compromiso de liderar su recuperación. Solo a partir de esa convicción es posible construir un Plan de Reestructuración que incorpore nuevas medidas para atender la deuda estructural, recuperar la confianza de los acreedores y conducir a la empresa hacia una salida sostenible de su crisis económica y financiera.
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