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Cuando un niño habla: reflexiones a partir de la 78.ª Asamblea y Conferencia Mundial de la OMEP

Persisten prácticas de crianza donde el respeto suele confundirse con la obediencia absoluta y el silencio infantil continúa siendo considerado una virtud

Un niño estudiante con camisa blanca y pantalón azul está concentrado en su examen en un pupitre dentro de una escuela en Costa Rica, con una pizarra verde al fondo. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Tradicionalmente, la primera infancia ha sido concebida como una etapa de preparación a la vida adulta. Esta visión ha relegado a las niñas y los niños a un lugar pasivo, como si su ciudadanía comenzara únicamente cuando adquieran determinadas capacidades, como hablar con fluidez, razonar según parámetros adultos o ejercer el derecho a voto. Sin embargo, la participación no es un privilegio que se alcanza con la madurez, sino un derecho inherente a toda persona desde su nacimiento.

Esta perspectiva recupera el legado de Janusk Korczak, precursor de la Declaración de los Derechos del Niño y uno de los primeros defensores del respeto irrestricto hacia la infancia. Su pensamiento adquiere hoy una renovada vigencia en el marco de la 78.ª Asamblea y Conferencia Mundial de la OMEP, articulada bajo el lema «Cuando un niño habla». Tanto la obra de Korczak como la propuesta de la OMEP interpelan al mundo adulto a transformar la escucha en un compromiso ético, político y pedagógico. Cuando una niña o niño se expresa mediante la palabra, el juego, el gesto, el movimiento, el dibujo, la música o cualquier otro lenguaje, debe ser reconocido como un interlocutor válido, cuya voz posee legitimidad para contribuir a las decisiones que afectan su vida y la construcción de la sociedad.

No obstante, en América Latina esta escucha democratizadora sigue enfrentándose a un entramado cultural profundamente adultocéntrico. Persisten prácticas de crianza donde el respeto suele confundirse con la obediencia absoluta y el silencio infantil continúa siendo considerado una virtud. Lejos de favorecer el desarrollo integral, estás practicas cosifican a la niñez al convertirla en objeto de protección y control, limitan su autonomía y restringen el ejercicio efectivo de su derecho a participar en la vida cotidiana.

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Otorgar valor político y moral a la palabra de las niñas y los niños exige desmontar estas inercias culturales y comprender que las múltiples expresiones de la primera infancia no son manifestaciones anecdóticas ni simulacros de participación, sino formas legitimas de ejercer la condición humana. Escuchar verdaderamente implica abandonar toda actitud condescendiente y reconocer que las infancias no son únicamente el futuro de la sociedad, sino ciudadanos del presente y copropietarios del mundo que habitan.

Convertir este principio en realidad requiere una alianza transformadora entre el Estado, las familias, las instituciones educativas y la comunidad. No basta con proclamar los derechos de la infancia; es indispensable erradicar las practicas de castigo y sumisión en la crianza, promover una pedagogía basada en el diálogo y la participación, y rediseñar los espacios comunitarios para que el juego, la creatividad y la expresión infantil tenga una incidencia efectiva. Del mismo modo, las políticas públicas deben incorporar mecanismos de participación acorde a la edad, respetando los tiempos, capacidades y lenguajes propios de la primera infancia, de manera que la protección nunca implique silenciar sus voces.

“Como sostiene Korczak, solo cuando el mundo adulto aprenda a inclinarse —no para disminuirse, sino para situarse a la altura de la dignidad de la infancia— podremos afirmar que, cuando un niño habla, su voz no solo es escuchada, sino que tiene la capacidad de transformar el presente que compartimos.” Ese reconocimiento requiere valentía política, compromiso social y una ética pública que coloque a la infancia en el centro de las decisiones, no como una promesa para el mañana, sino como una prioridad irrenunciable del hoy.

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