Las recientes investigaciones en el sur de Perú han revelado que, hace más de mil años, los habitantes de la cultura Tiwanaku (Tiahuanaco) enterraban a sus perros cerca de las viviendas, como muestra de un lazo afectivo y cotidiano, mucho antes de que estos animales se convirtieran en símbolos de estatus social. Según detalló Phys.org, dos perros momificados fueron hallados en contextos domésticos, aportando un nuevo enfoque sobre la relación entre personas y animales en el antiguo mundo andino.
Un equipo dirigido por la arqueóloga Susan deFrance, de la Universidad de Florida, analizó los restos de una hembra de menos de un año y un cachorro de unos tres meses. Los hallazgos, publicados en la revista Latin American Antiquity y difundidos por Phys.org, muestran que los animales fueron depositados en pequeños pozos junto a tapetes tejidos y, posiblemente, envueltos en cuerdas, lo que sugiere un trato especial tras su muerte.
DeFrance explicó a Phys.org que la evidencia apunta a que “las personas comunes que vivían en colonias Tiwanaku tenían animales de compañía y los trataban con cuidado después de morir”. Para la investigadora, estos gestos podrían reflejar una dimensión emocional en la experiencia del duelo, aunque admite que no es posible afirmarlo con certeza absoluta.
PUBLICIDAD
Hallazgos poco frecuentes en la arqueología andina
El estado Tiwanaku dominó extensas regiones de lo que hoy es Bolivia, Perú y Chile entre los siglos VII y XI. Aunque los perros ocuparon un lugar relevante como pastores, compañeros y, en ocasiones, ofrendas rituales en sociedades andinas, el papel específico que desempeñaron en Tiwanaku sigue siendo poco claro.
Según Phys.org, los restos caninos son inusuales en los yacimientos tiwanaku, y a menudo aparecen mezclados con huesos de zorros, lo que dificulta su identificación. Por eso, los ejemplares de Rio Muerto y Omo, donde se preservaron fragmentos de pelaje, ofrecen pruebas inequívocas de su origen canino y permiten nuevas interpretaciones sobre el trato recibido por estos animales.
Los análisis de isótopos realizados en huesos, dientes y pelo permitieron reconstruir aspectos de la vida de los perros, desde su alimentación hasta su lugar de crianza. Los resultados indican que ambos eran animales locales, a diferencia de las llamas utilizadas para el transporte, que recorrían largas distancias.
PUBLICIDAD
Dieta compartida y vida doméstica
Uno de los aspectos más destacados por Phys.org es que la dieta de la perra de Rio Muerto coincidía casi por completo con la de sus dueños, compuesta por vegetales y carne, lo que sugiere que consumía restos de comida humana. La experta advierte que no se trata de una perra callejera buscando desperdicios, ya que “los conceptos de basura y desecho son muy específicos de cada cultura”. En el sitio no existía un basurero como los que se conocen hoy, por lo que el acceso del perro a los alimentos humanos implica convivencia en el mismo espacio doméstico.
En el caso del cachorro de Omo, su dieta se inclinaba hacia un mayor consumo de carne, lo que podría indicar que vagaba por zonas más alejadas de las viviendas. Esta diferencia refuerza la idea de que los perros compartían la vida cotidiana de las familias, aunque cada uno tenía experiencias distintas.
El significado de los entierros
Lo que más sorprendió a la investigadora DeFrance fue el modo y el contexto de los entierros. Mientras que en culturas andinas posteriores los perros solían ser sepultados en tumbas de élite para acompañar o proteger a los difuntos en el más allá, en Tiwanaku los ejemplares aparecieron cerca de hogares comunes, lo que sugiere una valoración más personal y menos ligada al prestigio social.
PUBLICIDAD
Phys.org señala que este hallazgo representa un “punto intermedio” en la evolución del estatus de los perros dentro de la sociedad andina, antes de que adquirieran un carácter simbólico exclusivo de las clases dominantes.
El estudio no descarta que estos perros hayan formado parte de rituales o sacrificios. Sin embargo, la proximidad a las viviendas y la disposición cuidadosa en tumbas ajustadas refuerza la hipótesis de que se trataba de animales apreciados como compañeros.
El legado emocional de los perros tiwanaku
De acuerdo con el artículo de Phys.org, la investigación sugiere que la relación entre las personas y sus perros trascendía la mera utilidad práctica. El cuidado en el entierro y la convivencia diaria apuntan a vínculos de afecto, placer y apego emocional. “Las personas valoraban a los perros de Tiwanaku tanto como guardianes de lugares sagrados como por ser compañeros domésticos merecedores de un entierro respetuoso”, concluyó el estudio citado por el medio.
PUBLICIDAD
La presencia de estos dos perros en el registro arqueológico aporta un testimonio excepcional sobre el papel de los animales en la vida de personas corrientes, más allá de las élites. Los hallazgos permiten pensar que los habitantes de Tiwanaku experimentaban sensaciones de compañía y pérdida similares a las de los dueños de perros en la actualidad.