El presupuesto público en salud no puede seguir siendo una réplica del gasto pasado: las decisiones de hoy impactan los costos catastróficos de mañana. Esta reflexión surgió en el reciente CADE Salud, donde tuve la oportunidad de participar como panelista en la sesión sobre el financiamiento del sector salud y donde me quedó claro que la lógica presupuestal que el Ministerio de Economía y Finanzas (MEF) exige a cada ministerio requiere un cambio de enfoque.
Pensar el presupuesto del Ministerio de Salud como una simple continuidad del gasto anterior es un error costoso. Costoso para las personas, para el MINSA y también para el MEF. Cada sol que hoy se destina únicamente a atender enfermedades —y no a prevenirlas— se multiplica en gastos futuros: diálisis, tratamientos oncológicos, incapacidades laborales, entre otros.
Pensemos en los futuros aumentos en el gasto en salud que nos traerá en las siguientes décadas la epidemia de la obesidad que hoy afecta a adultos en edad laboral y niños, tomando en cuenta que el Perú supera los niveles de América Latina.
Según la prestigiosa revista médica, The Lancet, el gasto sanitario de una persona con obesidad puede ser dos o tres veces mayor que el de una persona con peso controlado.
Una paciente con obesidad tendrá mayor riesgo de requerir una diálisis por falla renal, tendrá una mayor probabilidad de desarrollar cáncer, cuyo tratamiento es costoso, y un largo etcétera. Esa diferencia no sólo presiona la caja fiscal, también erosiona la productividad del país.
Cada año, el MEF estima los ingresos futuros y distribuye recursos entre ministerios. Sin embargo, lo hace siguiendo la tendencia del gasto anterior, sin un verdadero ejercicio de presupuesto desde cero. Así, si el Ministerio de Salud recibió S/ 1,000 millones el año pasado, lo más probable es que el próximo reciba una cifra similar. Esta práctica ignora que ciertos gastos actuales generan obligaciones futuras mucho mayores.
El Marco Macroeconómico Multianual buscó anticipar estos efectos, pero terminó reflejando solo el corto plazo. El resultado es que los costos en el mediano plazo derivados de malas políticas de salud permanecen ocultos.
Hace 20 años, la pelea de cada ministro de Salud era lograr la universalización del aseguramiento en salud, porque se partía del entendimiento de que el sector requería de un financiamiento que hiciera posible que todos tuvieran acceso a aquello considerado como prioritario.
Hace 17 años, el 9 de abril de 2009, se aprobó la Ley Marco de Aseguramiento Universal de Salud y, al año siguiente, nació el Plan Esencial de Aseguramiento en Salud (PEAS), que representaba la promesa de beneficios que todo ciudadano debía recibir.
Lo que ahora debía estar al centro de la conversación es cómo lograr mayor acceso efectivo al PEAS, cómo reducir el gasto de bolsillo que aún enfrentan los hogares de bajos ingresos y hacer un mayor esfuerzo en políticas de prevención que mantengan sana a la población.
Como señaló Cristian Baena, experto en salud, el mayor gasto contingente de cualquier país se explica por el gasto que incurriremos a futuro por no cuidar hoy la salud de las personas.