Desde que supe que viviría unos años fuera, en mi caso, en Suiza, hice algo muy consciente: me registré en el consulado peruano en Ginebra. No fue solo un trámite. Fue una forma de decirme a mí mismo que, aunque esté lejos, sigo siendo parte de lo que pasa en el país. Que el derecho al voto también es un deber.
Hoy domingo me levanté temprano. Antes de salir, revisé una vez más la web de la ONPE para confirmar mi local de votación, el número de mesa y el orden. Esa misma información también la había enviado el consulado días antes, lo cual ayudó bastante. Ya con eso claro, me tomé un rato para revisar, aunque sea de forma general, las listas de candidatos para peruanos en el exterior y para el Parlamento Andino. No quería llegar en blanco.
El lugar de votación fue la Maison Internationale des Associations, un espacio bastante céntrico en Ginebra. Desde que llegué, algo me llamó la atención: el movimiento. Autos que llegaban y se iban, personas entrando y saliendo, familias, gente sola… una especie de pequeña comunidad peruana que se activaba.
Al ingresar, todo fue bastante fluido. Primero, la verificación del DNI. Las personas encargadas estaban claramente identificadas y, sobre todo, muy amables. Algo que uno valora cuando está lejos. Mientras caminaba hacia mi mesa, siempre había alguien orientando, indicando por dónde ir, resolviendo dudas rápidas.
La fila no fue larga. Esperé unos tres minutos, quizá menos. Luego, el proceso fue el de siempre: identificación, entrega de la cédula, cabina, voto. Todo rápido, ordenado, sin complicaciones. Pero lo que más destaco es la sensación de organización. Había muchas personas apoyando, guiando, asegurándose de que todo funcionara.
Más allá de los resultados y de todo lo que siempre rodea a una contienda electoral en el Perú, me quedo con algo concreto: el trabajo del consulado. Antes, durante y, seguramente, después de la jornada. Se nota cuando hay planificación y compromiso.
Votar fuera tiene algo especial. No es solo cumplir. Es reconectar. Por un momento, en medio de otra ciudad, otro idioma, otro ritmo de vida, uno vuelve a sentirse cerca.
Y eso, al final, también cuenta.