No estamos frente a una elección cualquiera. Esa frase puede parecer repetida en cada proceso electoral, pero hoy tiene un peso distinto, más urgente. El país llega a este 12 de abril atravesando uno de los momentos más críticos de su vida democrática reciente: instituciones debilitadas, reglas alteradas, desconfianza generalizada y una ciudadanía cansada, incluso tentada a retirarse del juego. Pero es precisamente ahí donde radica el mayor riesgo.
Cuando la política decepciona, la reacción más comprensible es tomar distancia. No votar, votar en blanco o anular. Es una forma de decir “no me representan”. Sin embargo, en contextos como el actual, esa decisión no es neutral y podría tener graves consecuencias, favoreciendo a quienes ya han capturado los espacios de poder y buscan perpetuarse en ellos.
Hoy, lo que está en juego va más allá de la elección de autoridades. Nos estamos jugando el rumbo del país. Estamos frente a un punto de quiebre: o empezamos a recuperar la democracia, o se consolida su deterioro.
En los últimos años hemos sido testigos de un proceso progresivo de vaciamiento democrático. Las instituciones, que deberían garantizar derechos y equilibrio, han sido utilizadas para fines contrarios a su propósito. Se han aprobado normas que debilitan la lucha contra la corrupción, se han cerrado caminos hacia la justicia y se ha normalizado el uso de la desinformación y el miedo como herramientas políticas.
Ante ese escenario, votar deja de ser un simple acto formal y se convierte en una forma de defender y reconstruir la democracia.
Un voto informado va más allá de marcar una opción: es una decisión consciente para proteger la democracia. Implica informarse, contrastar y decidir con responsabilidad. Implica también entender que no se trata de elegir al candidato perfecto, sino de optar por propuestas que respeten principios básicos: derechos humanos, institucionalidad, transparencia.
El desafío es enorme, especialmente en un contexto de desinformación y polarización. Pero también lo es la oportunidad. Millones de peruanos y peruanas, muchos de ellos jóvenes que votarán por primera vez, tienen en sus manos la posibilidad de inclinar la balanza.
Recuperar la democracia no ocurrirá de un día para otro. Pero este 12 de abril puede ser el inicio de ese camino. No podemos darnos el lujo de la indiferencia.
Porque cuando la democracia se debilita, no lo hace de golpe, sino en silencios acumulados, en decisiones que parecen individuales pero terminan siendo colectivas. Por eso, hoy más que nunca, votar importa. Y hacerlo informados, conscientes y vigilantes puede marcar la diferencia entre resignarnos o empezar a construir el país que queremos.
En representación de organizaciones de derechos humanos, defensa de los derechos de las mujeres en toda su diversidad y de distintas expresiones de la sociedad civil.