Cada febrero llueve en Arequipa. No es una sorpresa. Lo que sí debería alarmarnos es que, año tras año, las consecuencias sigan siendo las mismas: inundaciones, colapso urbano y pérdidas humanas que pudieron evitarse. La lluvia no es la tragedia. La verdadera tragedia es nuestra limitada capacidad para gestionar el territorio y prevenir el riesgo.
Las precipitaciones registradas este año forman parte del periodo húmedo andino. No estamos fuera del patrón estacional. Sin embargo, lo que sí ha cambiado es la intensidad y la concentración: lluvias más cortas, pero más violentas; tormentas eléctricas más frecuentes; mayor presencia de granizo. Esto coincide con lo que el Senamhi viene observando: eventos más localizados, pero más severos.
Aquí es donde el cambio climático actúa como amplificador. No modifica el calendario de las lluvias, pero sí su severidad. Aumenta la energía disponible en la atmósfera, favoreciendo tormentas más intensas y reduciendo la capacidad del territorio para absorber el agua. El resultado es un escenario más riesgoso frente a una ciudad que no se ha adaptado.
Este no ha sido un evento extremo inesperado. Ha sido un evento intenso, pero previsible. Desde la gestión del riesgo de desastres, el problema debe entenderse en tres niveles: primero, una amenaza natural conocida; segundo, una alta exposición urbana; y tercero, una vulnerabilidad acumulada que no corregimos año tras año. Cuando estas tres capas coinciden, el desastre deja de ser natural y se convierte en un desastre socialmente construido.
Arequipa es una ciudad atravesada por torrenteras naturales, sistemas hidráulicos temporales que no son espacios vacíos. Cuando los urbanizamos sin planificación, reducimos su capacidad de drenaje, incrementamos la velocidad del flujo y transformamos una escorrentía natural en un huayco urbano. El agua, ante una lluvia intensa, simplemente recupera su territorio histórico.
A esto se suma una infraestructura no adaptada: drenajes subdimensionados o sin mantenimiento, pérdida de cobertura vegetal que ayude a absorber la escorrentía y edificaciones levantadas sin considerar el clima real de la ciudad. La lluvia no es el problema; el problema es un diseño urbano que no dialoga con su entorno.
Las consecuencias son humanas. Cada muerte por arrastre de huaycos o por descarga eléctrica no es solo una tragedia familiar: es evidencia de un riesgo sistémico. Desde un enfoque técnico, cada víctima representa una falla en la cadena de protección. También revela carencias en protocolos de autoprotección y educación frente a riesgos climáticos.
Si bien durante la emergencia hubo reacción rápida por parte de municipalidades, bomberos e Indeci, lo que faltó fue anticipación. La gestión del riesgo tiene tres dimensiones: reactiva, correctiva y prospectiva. En Arequipa predomina la primera. Las otras dos —las que corrigen vulnerabilidades existentes y previenen futuras— casi no se implementan. Por eso el ciclo se repite cada año.
El cambio climático seguirá intensificando las lluvias. Si no adaptamos la ciudad, las consecuencias serán cada vez mayores. No podemos seguir llamando “desastre natural” a lo que en realidad es el resultado de decisiones —o de omisiones— humanas. La lluvia volverá el próximo febrero. La pregunta es si para entonces habremos aprendido algo.