El riesgo de dejar de pensar… y dejarlo todo en manos de la IA

Un creciente número de actividades cotidianas se ven influenciadas por recomendaciones de asistentes virtuales, lo que conlleva una disminución en la práctica de la deliberación personal y el ejercicio del pensamiento propio

El uso de asistentes de inteligencia artificial influye en decisiones cotidianas y modifica la forma de pensar en tareas simples. (Imagen ilustrativa Infobae)

Cada vez más decisiones de nuestra vida cotidiana se ven influenciadas por lo que nos pueda aconsejar un asistente virtual de inteligencia artificial (IA). Y no me refiero a dilemas que son trascendentes, sino a acciones pequeñas que parecen no tener efectos negativos: redactar un correo, plantear una propuesta creativa para un contenido, solicitar un consejo ante una disyuntiva, etc.

La escena se repite con normalidad: abrimos ChatGPT, Gemini o el asistente de IA preferido, redactamos el prompt e interactuamos con la respuesta. Por lo general, el resultado es apropiado, eficaz y tiene la calidad suficiente para satisfacer nuestro requerimiento. Por ese motivo, no lo cuestionamos mucho o, si lo hacemos, esto se soluciona luego de unos minutos de conversación.

El uso de asistentes de inteligencia artificial influye en decisiones cotidianas y modifica la forma de pensar en tareas simples (Composición Infobae: REUTERS/Dado Ruvic / Difusión)

El inconveniente es que ese gesto implica la delegación de más que solo funciones operativas como escribir. Estamos dejando de lado el ejercicio de pensar y, en muchos casos, de decidir. Estamos dejando de practicar hilvanar ideas, de saber qué priorizar o descartar. Asimismo, comenzamos a exteriorizar el juicio sin darnos cuenta.

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Durante años, la tecnología tenía un papel bastante definido: nos ayudaba a ser más eficientes, pero nosotros seguíamos siendo los responsables de la ejecución. Por ejemplo, una hoja de cálculo no pensaba por nosotros; únicamente hacía cálculos. La resolución continuaba siendo humana. Pero hoy, las herramientas actuales no solo se limitan a llevar a cabo instrucciones. Sugieren, redactan, estructuran, aconsejan y proponen rutas. No aguardan a que tomemos una decisión: se anticipan y nos ofrecen una respuesta posible.

La relación entre humanos y tecnología evoluciona al trasladar la capacidad de decidir desde la persona hacia los sistemas de IA. (Imagen ilustrativa Infobae)

Aunque ese desplazamiento parece sutil, modifica la esencia de nuestra relación con el trabajo intelectual. Dejamos de utilizar la tecnología para hacer y comenzamos a emplearla para tomar decisiones. Y lo aceptamos sin dificultad porque tomar una decisión nunca ha sido fácil. Elegir conlleva hacerse responsable, soportar la incertidumbre o afrontar la hoja en blanco. Para pensar con profundidad se necesita tiempo y una cierta fricción mental. Pero gracias a la IA, se rompe ese tenso momento. Con solo una indicación, por más básica que sea, tenemos a disposición una infinidad de recursos, evitándonos la molestia de comenzar desde cero. Esto no solo mejora nuestros tiempos de trabajo, sino que también disminuye nuestro estrés… pero también reduce la práctica de razonar y la habilidad de crear.

La delegación constante de tareas a la inteligencia artificial reduce la práctica de razonar y tomar decisiones por cuenta propia. (Imagen ilustrativa Infobae)

El correo que no escribimos, el informe que no organizamos, el artículo que no leemos en su totalidad porque preferimos un resumen o la idea a la que no le damos forma porque acogemos la primera propuesta son pequeñas acciones que estamos dejando de lado, y esta acumulación implica riesgos.

El criterio o juicio crítico no surge de forma espontánea. Se forma al experimentar, al cometer errores, al comparar opciones y sostener la incertidumbre más de lo que nos gustaría. En otras palabras, es como un músculo que se entrena por medio de la fricción. Cuando suprimimos sistemáticamente esa fricción, el músculo no se hace más fuerte: se encoge.

Y esto ya comienza a ser visible en el ámbito profesional. Cada vez están más presentes los entregables que son técnicamente correctos, pero cuya generalidad es alarmante. La ortografía puede ser impecable, pero hay patrones y lugares comunes. La paradoja es incómoda: tenemos más “productividad”, pero reflexionamos de manera menos profunda.

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