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La guerra silenciosa que está definiendo el futuro de la Amazonía

Lo que destruye hoy la Amazonía con mayor velocidad son economías ilícitas que funcionan como sectores económicos organizados

Vista con dron de la granja Turmalina en Mae do Rio, Pará, Brasil, 29 de septiembre de 2025. REUTERS/Wagner Santana

La Amazonía continental —ese territorio inmenso que se extiende por nueve países y alberga la mayor biodiversidad del planeta— vive hoy un conflicto que casi nunca aparece en los discursos públicos: una guerra silenciosa entre ecosistemas que sostienen la vida y estructuras criminales que avanzan con velocidad y precisión. No es un enfrentamiento entre Estados ni una batalla ideológica. Es un conflicto directo entre biodiversidad y crimen organizado, donde la naturaleza queda atrapada en la frontera más peligrosa del continente: aquella donde el Estado no llega.

La crisis no se explica solo por actividades extractivas legales. Lo que destruye hoy la Amazonía con mayor velocidad son economías ilícitas que funcionan como sectores económicos organizados: minería ilegal, narco-deforestación, tráfico de especies y tráfico de tierras. Son industrias criminales con financiamiento internacional, logística, maquinaria y redes de distribución, y que prosperan justamente donde la institucionalidad se debilita.

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Ahí está el punto central: la fragilidad institucional crea vacíos de gobernanza; esos vacíos abren espacio para que las economías ilegales se consoliden; y, una vez instaladas, lucran extrayendo recursos y depredando ecosistemas sin límites ni consecuencias. Es el desorden del Estado el que permite el orden del crimen. Y ese orden criminal destruye la base ecológica que sostiene a millones de personas y a múltiples economías nacionales.

Las cifras ilustran la magnitud. En ciertas zonas de la Amazonía brasileña, la narco-deforestación explica hasta el 80% de la pérdida de bosques. La minería ilegal genera niveles de contaminación por mercurio de hasta 80% en algunas comunidades indígenas, afectando su salud, su alimentación y su autonomía. El tráfico de fauna ya es la cuarta economía ilegal más grande del mundo. Todo esto ocurre en territorios sin presencia estatal efectiva, donde la ley no llega y donde la impunidad se convierte en modelo de negocio.

El impacto no es únicamente moral o ambiental, sino además es económico. La degradación de la biodiversidad no solo destruye especies o bosques: destruye pesca, agua limpia, suelos productivos, seguridad territorial y oportunidades de desarrollo. Comunidades enteras pierden medios de vida; los gobiernos pierden capacidad fiscal y control territorial; las empresas enfrentan mayores riesgos, costos y volatilidad. La erosión ecológica y la erosión económica avanzan juntas. Y cuando un ecosistema colapsa, lo hace también la posibilidad de desarrollo para quienes dependen de él.

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La Amazonía no es un patrimonio lejano: es un activo económico que sostiene a toda la región. Solo en servicios ecosistémicos y beneficios económicos genera alrededor de US$317 mil millones al año. Su degradación es un riesgo sistémico que ya golpea a países, industrias y mercados. Sin embargo, el impacto de esta discusión va mucho más allá de la Amazonía: América Latina y el Caribe albergan el 40% de la biodiversidad global, un activo estratégico cuya pérdida tendría implicancias económicas profundas. Más de la mitad del PIB mundial depende de los servicios que proveen los ecosistemas: agua, polinización, regulación hídrica, fertilidad de suelos, recursos pesqueros y estabilidad territorial. Cuando estos sistemas colapsan, no solo se pierde biodiversidad; se pierde seguridad alimentaria, productividad, empleo, inversión y gobernabilidad.

En medio de este escenario, la comunidad internacional comienza a reaccionar. En el reciente Congreso Mundial de la Naturaleza de la UICN, en Abu Dhabi, se aprobó la Moción 061: “Reconocer el crimen de ecocidio para proteger la naturaleza”, un hito histórico porque, por primera vez, Estados y organizaciones civiles votaron conjuntamente sobre esta figura. La resolución encarga estudiar cómo aplicar el ecocidio, desde la persecución penal hasta mecanismos de restauración. Más de una docena de países ya han adoptado o están desarrollando leyes en esta línea, y crece el impulso para incorporarlo como crimen internacional bajo el Estatuto de Roma.

Proteger los ecosistemas en la región implica entender que la principal amenaza es el crimen organizado. Y que la solución no puede limitarse a conservación: requiere gobernanza, vigilancia, justicia, inteligencia financiera y capacidades estatales capaces de enfrentar redes que actúan con velocidad y precisión. La seguridad ambiental, la seguridad económica y la seguridad humana son parte de la misma agenda.

Porque sin territorios seguros, la biodiversidad desaparece. Y sin biodiversidad, las economías se desploman.

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