Cualquier anuncio de política pública que interfiera el libre desenvolvimiento de los actores inmersos en un mercado tiene un efecto desestabilizador. Surgen dudas, inquietudes sobre cuáles serían las nuevas reglas de juego. Incluso, propicias acciones anticipadas frente a la ejecución de medidas que vayan en contra del desarrollo de negocios y la programación de gastos de las familias. En resumidas cuentas, altera la actividad económica para bien o para mal.
Hoy nos encontramos frente a una eventual guerra comercial, producto de la política arancelaria del Gobierno de Trump en los EE. UU. Aranceles (impuestos a las importaciones) a productos provenientes de México y Canadá, en el orden del 25%, por un lado, y del 10% para los provenientes de China. A su entender, esto corregiría distorsiones comerciales, promovería inversiones y dinamizaría su economía. Nada más alejado de la realidad.
La aplicación de aranceles es una medida proteccionista. La historia económica del mundo nos ha demostrado que ninguna política proteccionista tiene los resultados que se esperan. El perjudicado termina siendo el consumidor final, que tendrá que pagar mayores precios por productos importados. Las presiones inflacionarias harían que la economía norteamericana se desacelere. Esta película ya la vimos en el primer mandato de Trump.
Entre los años 2018 y 2019, EE. UU. y China se enfrascaron en una guerra comercial de magnitudes mucho mayores a las de hoy. EE. UU. impuso aranceles a productos de origen chino sobre un total de US$ 250,000 millones en importaciones. China respondió con aranceles a productos de origen norteamericano sobre los US$ 110,000 millones. En aquel entonces, EE. UU. también impuso aranceles a productos importados desde México, Canadá y la Unión Europea. La respuesta no se hizo esperar, con aranceles a productos provenientes de EE. UU. hacia tales mercados.
La guerra comercial afectó el desempeño del comercio global, la confianza de los agentes y las perspectivas de crecimiento, de acuerdo con el Banco Central de Reserva del Perú (BCRP). El crecimiento de la economía mundial en 2019 fue de apenas el 2.9%, el menor en los 10 años previos. La economía norteamericana se desaceleró, al pasar de un dinamismo del 2.9% en 2018 al 2.3% en 2019. En ese último año, China creció un 6.1%, su ritmo más bajo en los 29 años previos.
La incertidumbre asociada a la guerra comercial, el menor dinamismo global y la consecuente afectación en los precios internacionales de nuestros principales minerales de exportación impactaron negativamente el desempeño de nuestra economía. Las exportaciones peruanas se desaceleraron en la segunda mitad de 2018, pues retrocedieron un 0.2% con respecto a la segunda mitad de 2017. En 2019, cayeron un 3.3%. Mientras que en 2018 el PBI peruano creció un 4%; en 2019, apenas lo hizo en un 2%.
A la fecha, tenemos que la aplicación de aranceles a México y Canadá se suspendió por un periodo de 30 días. China respondió con aranceles del 15% para el carbón y el gas natural licuado, y del 10% para el petróleo, la maquinaria agrícola y los vehículos. Si bien algunos comentan que las acciones de Trump serían parte de una estrategia para negociar mejoras en términos de intercambio, lo cierto es que la situación genera incertidumbre.
¿Se calmará o se agudizará la situación? Solo el tiempo lo dirá. Lo que sí queda claro es que la incertidumbre es veneno para las economías. Y diría que el proteccionismo también. Esperemos que a ningún empresario, político o académico se le ocurra promover medidas proteccionistas en el Perú, so pretexto de impulsar el desarrollo de la industria. Sería un absurdo.