
Ni bien se anunció el fallecimiento de Alberto Fujimori, una sensación de vacío se hizo presente en todo el Perú. No es que un mandatario en funciones hubiera dejado de existir; tampoco que se silenciara definitivamente una voz que estuviera presente de manera cotidiana; y menos aún la desaparición de alguien que se caracterizara por buscar intencionalmente las cámaras de televisión.
El vacío se produjo por el profundo sentimiento de pesar que solo la inesperada partida de un héroe puede generar. Las colas interminables en el velorio, los gritos en el responso y el mar de personas en el sepelio, así lo atestiguan.
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De niños gozamos leyendo historietas que retratan superhéroes que nos salvan de todo enemigo o tragedia. De jóvenes estudiamos el camino forjado por líderes invitándonos tan solo a especular cómo eran o cómo lo lograban. De adultos nos emocionamos citando frases célebres de ellos o cuando intentamos compartir el mejor relato que haga justicia a sus hazañas.
Un héroe parece ser entonces producto de la imaginación o de una historia lejana; sin embargo, en el Perú, hace tan solo 3 décadas, tuvimos la oportunidad de conocer a uno de carne y hueso; a uno cercano en tiempo y espacio; a uno a quien, sin duda, no solo la historia, sino la gratitud en el corazón de los peruanos le han reservado por siempre un espacio privilegiado.
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Reconocer a Alberto Fujimori como un Héroe no es un ejercicio de creatividad o de retórica, sino una conclusión objetiva producto de la aplicación estricta de la lógica y la razón.
En efecto, bastará recordar la manera como él encontró el país inicios de los 90, para descubrir la terrible situación que tuvo que enfrentar. Un país con una hiperinflación acumulada de más de 7,000%; una pobreza que rodeaba el 60%; 2/3 partes del territorio peruano sometido al terrorismo y constantes tensiones limítrofes con el país hermano del Ecuador, hacía que muchos pensaran que el Perú era un país inviable.
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Sin embargo, nuestro Héroe, “el Chino”, como lo llamaban —junto con el tremendo equipo técnico de patriotas que colaboraron con él— logró una hazaña increíble. Una verdadera gesta épica de nuestra época: rescatar al Perú de la pobreza, del terrorismo y de la guerra, así como devolverle la fe y la esperanza.
Para lograrlo, implantó, una forma de gobierno completa y absolutamente distinta, donde palacio de gobierno era tan solo una especie de hogar temporal, el punto de partida de innumerables visitas al interior del país. En especial a aquellas zonas en donde el Estado había estado ausente durante décadas y el terrorismo buscaba cosechar la decepción de esos millones de peruanos marginados.
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Pero su forma de gobierno, no solo se afanó en llevar el Estado al pueblo, sino en convencer al mundo entero que en el Perú se vivía una revolución a través de la cual se reconocían los créditos impagos, se restablecía el derecho a la propiedad privada, se paralizaba la emisión indiscriminada de billetes, se reducía paulatinamente la inflación, se retomaba la recaudación tributaria, se instauraba una política de austeridad donde la norma era no gastar ni un sol más del que se podía conseguir, se restablecía el principio de autoridad, se solucionaban —en forma definitiva y sin ceder territorio— importantes conflictos fronterizos que durante años se arrastraban sin una conclusión satisfactoria, generando inmensos gastos militares; y se derrotaba al terrorismo con inteligencia, coraje y determinación.
Para esto, Don Alberto tuvo que tomar dolorosas decisiones, como por ejemplo poner en práctica el denominado Fujishock, un conjunto de medidas económicas de austeridad que él mismo en campaña había prometido no se aplicarían por el alto costo social que significaban; pero la realidad le hizo comprender que no había otra forma de salir de la gravísima crisis económica que atravesaba el país. No fue una decisión sencilla; pero la tomó. Tiempo después reconoció la entereza de hombres y mujeres de las más humildes condiciones que sobrellevaron con serenidad y fortaleza este terrible momento; de ahí que en la dedicatoria de su primer libro agradeciera no solo a su familia, sino “a los valientes y esforzados hombres y mujeres que me acompañaron sin tregua y sin miedo a vencer a todos los enemigos del Perú”.
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Las proezas y logros del “Chino” Fujimori no fueron pocos, es por eso que hace solo unos días, millones de peruanos sinceramente agradecidos lamentaron su partida y lo despidieron con una oración; aunque como todos los grandes Héroes siempre estará presente en el alma de su pueblo.

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