El 18 de junio, a tres meses y medio del inicio de la operación “Furia Épica” de Estados Unidos sobre Irán, se firmó una tregua de sesenta días que venció el 17 de agosto. Dicha suspensión de las acciones militares tenía una hoja de ruta que incluía la discusión de doce puntos, la mayoría de los cuales eran reclamados por el gobierno iraní. Entre ellos se encontraba la recuperación de los fondos de Irán incautados fuera del país, el pago de reparaciones de guerra y su soberanía sobre el estrecho de Ormuz. Por su parte, Washington exigía discutir el control sobre el programa nuclear iraní. Pakistán seguía ejerciendo su rol mediador, secundado por otros países como Egipto, Arabia Saudita y Turquía, aunque ello no estuviese explicitado en el acuerdo. China no participó, pero estuvo presente a través de la mediación de Pakistán, un aliado permanente de Beijing en la región.
En medio de la negociación, Trump exigió la liberación de la navegación por el estrecho de Ormuz, lo que fue rechazado por Irán. Las consecuentes operaciones militares estadounidenses no lograron hacer efectiva la decisión del presidente estadounidense. Por el contrario, el tránsito por el Mar Rojo a través del estrecho de Bab al-Mandeb comenzó a complicarse por los ataques de las milicias hutíes pro-iraníes.
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La expectativa de que la tregua fuera un marco efectivo para la negociación se fue diluyendo con el transcurso de los días y la reanudación de acciones militares que, de hecho, fueron rompiendo la tregua. Trump, en los últimos días de esta, fue reconociendo su inutilidad, y al vencer el plazo de sesenta días el 17 de agosto, la dio por terminada sin ningún intento de prolongarla o renegociar sus plazos.
Queda así un vacío hacia adelante sin ninguna vía formal de negociación o comunicación efectiva entre las partes en conflicto, que tienen como protagonistas centrales a Washington y Teherán. Mientras tanto, la descomposición de la tregua en términos efectivos fue acompañada de una extensión del conflicto en la región.
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El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, desconoció el acuerdo firmado por los representantes de Trump, encabezados por su yerno, Jared Kushner, y autoridades israelíes para retirar sus tropas de Gaza y reiniciar su reconstrucción. Estas negociaciones implicaban el retiro del 60% del territorio gazatí ocupado por Israel. También continuaban las negociaciones entre Israel y Líbano para el reemplazo de las tropas israelíes desplegadas en el sur de ese país y el desarme de Hezbollah. Una fuerza de “estabilización” de carácter multinacional iba a reemplazar al ejército israelí en el control de la Franja de Gaza, secundada por una fuerza policial palestina a organizarse, todo bajo un gobierno “técnico” palestino acordado entre las partes y supervisado por el “Consejo para la Paz” creado por Trump y sus aliados en marzo de este año.
Era el proyecto diseñado para que el presidente estadounidense pudiera salir de este conflicto con una imagen de “pacificador” efectivo, en momentos en que la guerra con Irán parece un factor importante para una eventual derrota electoral el 4 de noviembre.
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Netanyahu ha roto los acuerdos para replegar sus tropas a cambio del desarme de Hamas y Hezbollah porque ello lo favorece para ganar su elección del 27 de octubre, en la cual puede perder el poder. Pero para Trump sucede al revés: el fracaso de la negociación para suspender la guerra acentúa la posibilidad de que pierda la elección. El último sondeo publicado da cuenta que sólo el 33% de los votantes tiene una imagen positiva de la Administración Trump. Se espera su derrota y se discute si perderá el control de una de las dos Cámaras o de ambas.
La guerra escala en Gaza, al mismo tiempo que se intensifica la violencia sobre la población palestina en Cisjordania, y el gobierno británico ha rechazado de plano una iniciativa israelí para dividirla en dos. Trump amenazó a Omán con atacarlo si avanzaba en el acuerdo que está negociando con Irán para compartir el control del estrecho de Ormuz. Esta monarquía del Golfo Pérsico era un aliado militar de Washington. Si Irán cierra este acuerdo con Omán, Estados Unidos se muestra decidido a avanzar en concretar la amenaza de Trump de “anexar” el estrecho de Ormuz a la soberanía estadounidense, ocupándolo. Esto podría ser un caso similar al de la isla de Puerto Rico, la posesión española en el Caribe que a fines del siglo XIX fue incorporada a la jurisdicción estadounidense, pero sin dar a sus habitantes derecho a voto en elecciones nacionales. Trump ha manifestado su decisión de no intentar reanudar la tregua y sí, en cambio, con la idea de anexar territorialmente Ormuz. Cerrada la vía militar como alternativa, el presidente estadounidense, sin demasiadas precisiones, anunció que la ofensiva para aniquilar a Irán ahora pasa al plano económico, lo que fue ratificado por el secretario del Tesoro, Scott Bessent.
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El tratado de alianza militar firmado por Turquía, Arabia Saudita y Pakistán ha generado un nuevo actor internacional que va a incrementar su rol en el conflicto de Medio Oriente, previendo un repliegue militar de Estados Unidos en la región a consecuencia del conflicto con Irán.
Hay señales del agotamiento militar de Estados Unidos en la región. Las condiciones de vida de la dotación del portaaviones Lincoln por el despliegue prolongado son críticas. Lleva desplegado doscientos sesenta días en este escenario bélico, un récord en la historia de la Marina estadounidense. Un porcentaje importante del personal sufre estrés e incluso han comenzado a denunciarse suicidios. El portaaviones Lincoln será reemplazado por el Washington. La falta de munición crítica como misiles y drones de defensa antiaérea y su dificultad de reemplazo en el corto y mediano plazo es un hecho, aunque no haya sido confirmado oficialmente.
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Esta situación, que ha sido denunciada por legisladores demócratas, genera un malestar militar objetivo. Ello aumenta el posible protagonismo de las tres potencias medianas que firmaron su compromiso estratégico el 7 de agosto en Arabia Saudita. Netanyahu no parece dispuesto a avanzar en negociaciones con Líbano para replegar sus tropas ni tampoco en las que llevaba con Hamas. No es probable que cambie el “dejar hacer” en Cisjordania.
En este contexto, Irán mantiene una estrategia fundada en la “resiliencia” frente al poder militar estadounidense y en la idea de que el tiempo juega a su favor. Israel la tiene en prolongar el conflicto militar para obtener la victoria electoral de Netanyahu.
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La Administración Trump queda así, por el momento, sin una estrategia clara que ponga fin a la guerra para mejorar sus perspectivas electorales, y traslada la prioridad de su acción a un impreciso ámbito económico para “aniquilar” a Irán.
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