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Entre el fantasma de 1929 y el prebélico de 1914

Augurar un desplome económico mundial como el de 1929 es analíticamente impreciso. Lo preocupante es que el escenario contemporáneo no rima tanto con el crack financiero en sí, sino con su causa remota: la Gran Guerra de 1914

Wall Street Nueva York 1920
Crack financiero de 1929
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Bajo la luz del célebre aforismo atribuido a Mark Twain, según el cual la historia no se repite, pero rima, asoma en el debate público la conjetura de que la economía mundial se encamina hacia un colapso semejante al de 1929. Sin embargo, dicho diagnóstico revela una inconsistencia: mientras la actual exuberancia financiera remite a los años veinte, la presente crisis geopolítica parece evocar el preludio de la Guerra Mundial de 1914.

El examen del pasado permite identificar constantes, variables y circunstancias recurrentes. Pese a que estas dos últimas categorías suelen asimilarse, las circunstancias constituyen el marco sistémico que determina la incidencia de cada constante y variable, su interrelación y delimita el desenlace de los acontecimientos. Por esto, todo análisis requiere determinar las coordenadas espacio-temporales específicas y definir con precisión el escenario total de actuación.

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En ese contexto, y tal como señalaron John Kenneth Galbraith y Charles Kindleberger, las burbujas de activos obedecen a un patrón histórico cuyas particularidades dependen de cada caso: el ciclo expansivo se desencadena ante una innovación disruptiva, cuyo impulso inicial es capitalizado por nuevas generaciones de especuladores y amplificado por una conducta colectiva dominada por la asimetría informativa, comportamientos de masa y marcos regulatorios ineficientes.

No obstante, la crisis de 1929 trascendió el ámbito financiero al constituir el síntoma terminal de un orden internacional disfuncional surgido de la Paz de Versalles de 1919. Aquel escenario resulta muy distinto al panorama actual, excepto, quizás, por cierta familiaridad en las dinámicas monetarias y financieras. El colapso estructural de entreguerras se asentó sobre cuatro pilares: la asimetría financiera global que subordinó a Europa a Estados Unidos; la devastación productiva del Viejo Continente; la fractura sociopolítica impulsada por el vacío institucional y la influencia del marxismo; y las distorsiones monetarias derivadas de la restauración británica del patrón oro en 1925 a la paridad de preguerra, medida que sobrevaluó la libra y asfixió su competitividad industrial. Este frágil engranaje, basado en flujos de oro tutelados por Washington, apuntaló la efímera euforia de los roaring twenties en Nueva York y Berlín, nodos terminales del sistema.

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Si se analiza el período previo a 1914, las analogías con el presente adquieren mayor peso: tensiones diplomáticas y militares por la hegemonía global, una vertiginosa revolución tecnológica e industrial estratégica, la disputa encarnizada por recursos críticos y rutas comerciales, y una acelerada carrera armamentística espoleada por conflictos regionales. Los actores principales no difieren esencialmente de los de entonces, aunque operan bajo un clivaje distinto: al tablero tradicional configurado por Europa, Estados Unidos y Rusia, hoy se suma decisivamente China.

Por consiguiente, el análisis comparado configura un escenario dual. Si bien las variables que tipifican la euforia especulativa impiden descartar un colapso financiero, el espejo de 1929 no devuelve una imagen nítida de nuestro tiempo. Esto nos interpela sobre si el verdadero paralelismo no es el escenario previo a 1914, sustancialmente mucho más perturbador al referirse a los albores de una guerra global.

A pesar de que el análisis histórico provee herramientas para identificar regularidades y formular hipótesis, carece de la capacidad predictiva y la infalibilidad de otras disciplinas. Por ello, los diagnósticos derivados de analogías como las descritas no son concluyentes. Si la historia es magistra vitae, podemos esperar que los líderes globales sean suficientemente lúcidos para encauzar las actuales tensiones y no precipitarnos a una crisis económica profunda o, incluso, a nuestra destrucción.