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Messi, en el nombre del padre

El mensaje de despedida del astro argentino expone cómo los vínculos significativos se forjan a través de gestos sencillos que adquieren valor cuando dejan de estar

Lionel Messi posa junto a su padre Jorge Messi

Y Leo lo hizo una vez más, pero esta vez no hubo una pelota, un estadio ni una copa; hubo una carta. Y detrás de esa carta, hay solamente un hijo frente a la ausencia de su padre.

El hombre que aprendimos a mirar como la leyenda del fútbol aparece allí despojado de todo aquello que lo convirtió en una figura mundial. No habla el campeón del mundo, ni el jugador que durante más de veinte años hizo de la pelota una forma de arte; habla el niño que fue.

Y eso nos devuelve a una pregunta que excede al fútbol: ¿qué significa un padre en la vida de una persona?

Durante mucho tiempo pensamos la función paterna desde lugares demasiado rígidos. El padre como autoridad, como proveedor, como quien establece límites; una figura asociada al mandato, a la fuerza, a la distancia. Sin embargo, las nuevas formas de comprender la vida, nos llevó a establecer otros vínculos familiares

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Y un padre también es quien acompaña, quien escucha, quien sostiene cuando las cosas no salen bien, quien ayuda a transformar una posibilidad en un proyecto y también quien está allí cuando todavía nadie sabe quién seremos.

Y eso es lo que remarca el mejor del mundo en su amorosa carta a su padre. Fue quien estuvo cuando era apenas un chiquito que jugaba al fútbol en Rosario, en los primeros entrenamientos, en los momentos difíciles, en el enorme salto que significó irse a Barcelona siendo adolescente. Y continuó acompañándolo cuando aquel pequeño rosarino se convirtió en uno de los futbolistas más importantes de la historia.

Las palabras de Leo son contundentes: “Cada vez que terminaba un partido, esperaba y extrañaba tu mensaje”. No habla de contratos ni de dinero ni de títulos, sino de un mensaje, ese pequeño gesto cotidiano que, cuando desaparece, adquiere una dimensión enorme.

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Quizás allí encontremos una de las claves de los vínculos actuales. Muchas veces creemos que para acompañar a nuestros hijos necesitamos hacer grandes cosas. Y no siempre es así. A veces es llevarlos a entrenar o preguntarles cómo les fue en la escuela, es esperarlos o simplemente estar disponibles. Es celebrar un logro, pero también permanecer allí cuando llega la frustración.

Los vínculos significativos se construyen con una acumulación de pequeños gestos que no parecen importantes mientras ocurren, pero comprendemos su valor cuando ya no están.

La carta de Messi también muestra algo que solemos olvidar cuando hablamos de crianza: los hijos nunca terminan de ser hijos, aunque crezcan, aunque sean exitosos, aunque tengan cuarenta años, aunque millones de personas los admiren, aunque ya no necesiten nuestra “validación”.

Messi puede llenar estadios, pero frente a la muerte de su padre vuelve a ser aquel niño que quería que su papá lo mirara desde la tribuna. Le dice: “No sé qué voy a hacer sin vos, no sé cómo seguir. Yo solo jugaba al fútbol”

Y hay algo profundamente humano en esa escena.

Leo no necesitó grandes discursos. “Te amo, Pa”, escribió. Y en esas palabras queda lo esencial. Y lo esencial es el vínculo.

Ojalá nos sirva para reflexionar sobre la crianza de nuestros hijos. Probablemente no recuerden cada regalo, cada cosa material que compramos o cada advertencia. Pero sí recordarán – sin lugar a dudas- cómo se sintieron cuando estaban con nosotros; recordarán si pudieron llamarnos cuando tenían miedo, si los escuchamos cuando necesitaban hablar, si estuvimos cuando algo les salió mal, si celebramos sus logros sin convertirlos en una proyección de nuestros propios deseos o si pudimos acompañarlos sin intentar vivir sus vidas por ellos.

Ejercer la función paterna y materna -y esto vale para cualquier adulto, más allá del género o de la configuración familiar- no consiste en “fabricar” hijos exitosos, sino en ofrecerles un lugar desde donde puedan construir su propia vida, un lugar seguro desde el cual puedan partir y al cual puedan volver.

Quizás por eso conmueve tanto la carta de Messi. Porque detrás del jugador que es observado por millones de personas aparece una persona que necesita algo que todos necesitamos: que alguien nos haya querido, nos haya acompañado y haya creído en nosotros antes de que el mundo supiera quiénes éramos.

Jorge conoció a Leo antes de Messi, conoció al niño antes que al campeón, al hijo antes que al ídolo, al chico antes que al apellido convertido en marca mundial.

Y tal vez allí esté el verdadero legado de un padre: no haber creado una leyenda, sino haber acompañado a una persona mientras descubría quién podía llegar a ser.

Ahora Leo tendrá que aprender a vivir con una ausencia nueva, sin la llamada deseada o sin la mirada desde la tribuna.

Sin embargo, los vínculos importantes no desaparecen completamente cuando desaparecen las personas, quedan en las palabras que repetimos, en los gestos que aprendimos, en las decisiones que tomamos y en la manera en que acompañamos a nuestros propios hijos.

Quizás por eso, al final de la carta, Leo no habla del futbolista que fue gracias a su padre, sino del hombre que es. Y en ese momento comprendemos que, más allá de todos los títulos, de todas las copas y de todos los goles, hay algo que ninguna estadística puede medir: la huella que dejamos en otros.

En el nombre del padre, pero, sobre todo, en el nombre de ese vínculo que ni siquiera la muerte puede borrar.

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