Lo que un partido de Argentina le hace a nuestro cerebro

Y lo que la educación puede aprender de eso

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El cerebro libera cortisol y adrenalina durante un partido de fútbol y pone en marcha circuitos de alerta, expectativa y recompensa. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Hay algo que me fascina cada vez que juega la Selección. Nos pasa a todos. Aunque sepamos que estamos sentados en el sillón de casa, sentimos que estamos jugando nosotros. Se nos acelera el corazón. Nos sudan las manos. Gritamos. Nos abrazamos. Nos enojamos con el árbitro como si pudiera escucharnos. Durante noventa minutos dejamos de mirar el celular, nos olvidamos del trabajo, de las cuentas, de los problemas. Solo existe una pelota y millones de personas respirando al mismo ritmo. Y entonces no puedo evitar hacerme una pregunta. ¿Qué le está pasando a nuestro cerebro para que un partido de fútbol tenga semejante poder sobre nosotros?

La respuesta es fascinante.

Cuando vivimos una experiencia que sentimos importante, nuestro cerebro pone en marcha una verdadera orquesta química. Aumenta el estado de alerta, libera hormonas vinculadas al estrés, como el cortisol y la adrenalina, y activa los circuitos relacionados con la expectativa y la recompensa. Por eso sentimos que el corazón late más fuerte, que el tiempo pasa distinto y que una jugada puede hacernos pasar de la euforia a la desesperación en apenas unos segundos.

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No es casualidad que, durante grandes eventos deportivos, distintos estudios hayan encontrado un aumento de consultas por problemas cardiovasculares e incluso más eventos cardíacos en personas con factores de riesgo. No porque el fútbol provoque infartos por sí solo, sino porque las emociones intensas también tienen efectos físicos muy concretos sobre nuestro cuerpo.

Pero hay algo todavía más interesante. ¿Por qué podemos recordar perfectamente dónde vimos una final del Mundial, quién estaba sentado al lado nuestro o qué gritamos en un gol, mientras olvidamos con facilidad algo que estudiamos apenas unas semanas atrás? Porque nuestro cerebro no guarda primero lo que más estudiamos. Guarda primero lo que más nos emocionó.

La emoción funciona como una especie de resaltador biológico. Cuando algo nos sorprende, nos desafía, nos moviliza o sentimos que realmente importa, el cerebro entiende que esa experiencia merece ser conservada. Y por eso la recordamos durante años. Y ahí es donde, inevitablemente, pienso en la escuela.

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Durante mucho tiempo diseñamos la educación como si aprender fuera un proceso puramente intelectual. Como si primero hubiera que captar la atención y después, recién entonces, aparecieran las emociones. Hoy sabemos que ocurre exactamente al revés. Las emociones no son un premio al final del aprendizaje. Son la puerta de entrada.

No estoy diciendo que tengamos que convertir cada clase en una cancha de fútbol, ni que Matemática deba generar la misma pasión que una final del Mundial. Pero sí creo que deberíamos hacernos una pregunta mucho más profunda. Si nuestro cerebro es capaz de concentrar tanta atención, tanta memoria y tanta energía alrededor de un partido... ¿por qué seguimos creyendo que aprender tiene que ser una experiencia emocionalmente neutra?

El Mundial no cambia cómo funciona nuestro cerebro. Nos recuerda cómo funciona. Nos recuerda que prestamos atención cuando algo nos importa. Que permanecemos cuando encontramos un propósito. Que aprendemos mejor cuando sentimos que somos parte de algo más grande que nosotros mismos.

Tal vez por eso el gran desafío de la educación no sea enseñar más contenidos. Sea diseñar experiencias que despierten curiosidad, compromiso, pertenencia y emoción.

Porque la atención no siempre se exige. Muchas veces se conquista. Y quizás esa sea una de las lecciones más valiosas que nos deja un Mundial. No sobre fútbol. Sobre nosotros mismos.