La geopolítica de la pelota

El Mundial de fútbol expone tensiones del siglo XXI como la migración, la demografía y la disputa por el talento, con Europa y África como protagonistas de un intercambio desigual

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Messi y Mbappé

El Mundial de fútbol es un hecho deportivo, social y fundamentalmente, político. Más allá de la táctica y los goles, el torneo funciona como un lente para mirar algunas de las tensiones más profundas del siglo XXI: la transición demográfica, los flujos migratorios y una reversión deportiva de la vieja Teoría de la Dependencia. Es que el fútbol de élite actual se explica, en gran medida, por el “drenaje de talentos”. Europa Occidental hace décadas que envejece a un ritmo sostenido y ve contraerse su natalidad nativa. Mientras tanto, el continente africano vive una explosión de juventud. El resultado es que África “subsidia demográficamente” al fútbol europeo, aportando la vitalidad biológica que el Viejo Continente ya no produce.

Esta división internacional del trabajo deportivo funciona con un sistema de filtros muy interesante. Europa Occidental hace una especie de “extracción de la crema” futbolística evidenciando dos niveles muy claros. En el “Tier 1” se ubican los fuera de serie absolutos, jóvenes de entre 18 y 26 años que nacieron o se criaron en las academias europeas y que son retenidos por las grandes potencias. Es el caso de Lamine Yamal (18 años, la joya de España con raíces en Guinea Ecuatorial y Marruecos) o Eduardo Camavinga (mediocampista estrella de la selección francesa de 23 años, nacido en un campo de refugiados escapando de la guerra del Congo), o Bukayo Saka (24 años, motor de Inglaterra e hijo de nigerianos). Del otro lado, el “Tier 2” queda para las federaciones africanas: jugadores excelentes, consolidados en ligas europeas pero que, al no tener lugar en las listas europeas a sus 27 o 29 años, son “repatriados” para defender la tierra de sus padres. África produce la materia prima, pero Europa selecciona y se queda con lo más jugoso.

Por supuesto, analizar esto desde las ciencias sociales nos obliga a no caer en reduccionismos. Las estructuras económicas no anulan la subjetividad. Para estos futbolistas, la identidad no es un juego de suma cero. Kylian Mbappé (27 años) se siente tan francés como el descendiente de la décima generación de normandos. Nació en París, se formó en el sistema público del Estado francés y su lealtad identitaria es genuina. No hay un dilema moral en su cabeza ni se percibe a sí mismo como un “recurso extraído”. Su arraigo pertenece al suelo donde pateó la primera pelota, independientemente de que su padre sea camerunés y su madre, de origen argelino.

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Sin embargo, esta pureza subjetiva choca de frente con la hipocresía del uso político y la tensión social en Europa. El éxito de estos futbolistas es utilizado por muchos gobiernos occidentales como el gran estandarte del multiculturalismo y la integración eficaz. Pero la realidad comunitaria tiene doble vara: cuando ganan son héroes nacionales, pero cuando pierden, las redes sociales y las tribunas les recuerdan rápidamente su condición de hijos de inmigrantes. Fuera del estadio, despojados de la camiseta de la selección, jóvenes con el mismo origen pero anónimos y sin capacidades deportivas extraordinarias enfrentan a una Europa que mira con recelo sus raíces en los barrios periféricos y que, en los casos más extremos, decide confinarlos a “centros de repatriación”, un eufemismo institucional para camuflar estructuras que según denuncian diversos organismos de derechos humanos, operan en los hechos como un confinamiento forzado de migrantes.

La paradoja del ADN argentino

En este mapa de conveniencias y desarraigos emerge la gran paradoja global: la excepcionalidad argentina. Mientras Europa retiene a sus hijos de la diáspora mediante la infraestructura y el estatus, nuestro país rompe la lógica del mercado material a pura fuerza cultural. Alejandro Garnacho (nacido en Madrid) o Nico Paz (nacido en Tenerife) son jóvenes con origen argentino nacidos y criados en la cima del fútbol mundial, rodeados de la tentación de ser parte de los clubes más poderosos de Europa. Cualquiera de los dos podría haber elegido la comodidad de la localía europea, siendo parte de la selección española. Y sin embargo, la identidad argentina “los puede”.

¿Qué hay en nuestro ADN cultural que genera ese apego magnético en chicos que jamás vivieron en nuestra tierra? Argentina no ofrece el orden institucional europeo, pero tal vez ofrece una mitología colectiva, una forma de entender la pertenencia que se transmite por canales invisibles. El sistema europeo extrae valor por peso económico, Argentina atrae valor por gravedad emocional.

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El romanticismo de elegir a la Argentina tiene un precio alto. Jugadores como Garnacho, Carboni o Soulé prefirieron ser cola de león en el país de sus afectos antes que cabeza de ratón (o titulares indiscutidos) en las potencias europeas que los pretendían. Hoy se quedaron afuera de la lista del Mundial, víctimas de la sobrepoblación de talento en una tierra que brota fútbol. Ellos, desde el living de su casa, como nosotros, van a alentar a la Selección que eligieron con el corazón. Una muestra más de que el ADN cultural argentino no entiende de conveniencias económicas ni de especulaciones de carrera. Es un acto de fe.