De los sueños ideológicos al dominio de los negocios

La política argentina transitó de un debate marcado por ideales y grandes pensadores a una agenda dominada por intereses económicos y corrupción

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(Imagen Ilustrativa Infobae)

En nuestra generación, la búsqueda esencial se orientaba hacia la literatura, el cine -el gran arte de entonces- y los pensadores. La discusión entre el marxismo, el cristianismo, el socialismo, más tarde el peronismo, estaba vigente en las universidades y en la mayoría de las jóvenes generaciones. Fueron los tiempos del Mayo en París, del Cordobazo, de aquellos debates donde la Guerra Civil Española y sus exiliados todavía estaban vigentes en nuestras familias. Tiempos en que los marxistas iban asumiendo lentamente la destrucción que de sus sueños imponía Stalin, tiempos donde la isla de Cuba se convertía en un debate indispensable.

El peronismo ingresaba en la universidad a través de las cátedras nacionales y de algunas agrupaciones estudiantiles, se arriesgaban vidas, se discutía sobre la lucha armada, pero desconocíamos la discusión sobre un tema de tanta actualidad en el presente como es la corrupción.

Los diputados del ’73 no teníamos siquiera la posibilidad de nombrar a un secretario ni de disponer de una oficina. Volví en el ’83 al Parlamento y ya el clima había cambiado de raíz, el debate de ideas se había ido corriendo ante la imposición de los grandes temas económicos, es decir, los negocios.

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Mi generación, que arrastraba su fracaso con la guerrilla, se dividió entre la Coordinadora Radical y la Renovación Peronista. De ambas surgieron algunos poderes económicos, pero por desgracia, ninguna vocación de estadista o, al menos, ninguna que haya podido sobrevivir a la selección natural de esa época.

Recuerdo que al ingresar en el gobierno de Menem, solicito la Secretaría de Cultura, y uno de los miembros más conspicuos del equipo gobernante me preguntó sin vueltas dónde estaba el negocio, cuál era la rentabilidad de ese espacio. La pregunta me asombró, dado que jamás se me hubiera ocurrido unir la política a la renta. No me refiero a una cuestión de mirada personal, sino a la formación de ciertos principios que nos venían del sueño del hombre nuevo, del debate sobre la violencia. Ahora, la discusión esencial se centraba en la ética. Tardé en asumir que en aquel espacio político era importante sostener dichos principios.

Luego, vendrán los Kirchner, Mauricio Macri y Alberto Fernández, con quienes tuve debate, cercanía y distanciamiento, y podría decir, en rigor, que la privatización del Estado, desde Menem en adelante, se había convertido en la sustitución de las industrias productivas, es decir que el poder económico de los grupos que lograban espacios de privatización era mucho más importante que el viejo desarrollo industrial que lentamente se abandonaba. Fabricábamos gran cantidad de elementos que se compraban afuera, por ejemplo, los vagones o las locomotoras, porque dar trabajo no deja comisiones e importar siempre permite un jugoso espacio a la corrupción. Así, se destruyó el ferrocarril, con un sueño privatizador que no era más que una vocación destructiva, abandonando miles de experiencias laborales, de estructuras productivas y de pueblos que quedaban agonizando junto a sus vías.

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El concepto privatizador intentaba imponerle una mirada ideológica a la apropiación del Estado que la sociedad había construido con su esfuerzo y que por algún desvarío, todo lo estatal estaba mal administrado y lo privado tenía derecho a cualquier nivel de corrupción. De este modo, vimos pasar por el costado nuestro servicios, que pagamos como países desarrollados sin lograr siquiera que nos atienda una persona ante una consulta porque las ganancias de esas empresas son ilimitadas y su voluntad de dar trabajo está ligada únicamente a la rentabilidad, sin ningún Estado que las obligue a sacarnos del lugar de consumidores y devolvernos la dignidad de ciudadanos. Ya está visto que con Milei, Caputo y Sturzenegger el Estado no existe más. Inmoral destrucción lisa y llana .

Antes de que asumiera, interrogué a Mauricio Macri sobre su propuesta, y nunca recibí respuesta alguna, nunca se animó a formularla, hasta que un futuro ministro suyo me convocó para explicarme que mi pregunta era antigua, que en la modernidad los futuros los organizaba la voluntad de las empresas privadas. Queda en claro que la política dejó de conducir a la sociedad, cuando está obligada por principio a ocuparse de la responsabilidad colectiva, mientras que la ganancia es el triunfo real del egoísmo sobre la solidaridad.

En el presente y después del Papa Francisco, la Iglesia termina ocupando el lugar de última defensa de la solidaridad, la necesidad y los humildes ante un mundo que se debate entre distintas variables del egoísmo. El discurso de León XIV en España marca el peso que le devolvió Francisco a la religión que, en el presente, ocupa el lugar de la esperanza que ayer tenían las distintas variantes ideológicas.

Sigo pensando que el gran debate se da entre las patrias y los ricos y poderosos, y que aquellos países cuya dirigencia posee voluntad y dignidad mantienen su rumbo integrador, y aquellos donde los negocios se impusieron a los políticos, o estos no aportaron estadistas con estatura, caen fácilmente en riesgos coloniales. Estoy convencido de que después de esta horrible experiencia liberal y profundamente autocrática en la que se imponen los negocios, la extracción y la creación de extrema pobreza, queda claro que el crecimiento de la concentración económica es la contracara de la miseria colectiva.

Quizá resulte reiterativo recordar que hasta el ’76 fuimos una sociedad con un desarrollo industrial y una integración social superior o igual a la de Brasil y a la de México, mientras hoy estamos asistiendo a un conjunto de semejanzas con la pobreza de Bolivia y de Perú. En síntesis, la política debe recuperar su lugar y ser la que conduzca a la sociedad y les imponga sus límites a los poderes económicos, volviendo a relegar los negocios “de los coimeros” y a colocar a la producción propia por encima de las comisiones de los importadores. La imposición de la producción, de la industria y del comercio nacionales, por encima de ciertas libertades absurdas que ningún otro país serio comparte, va a ser el retorno a una dignidad hoy extraviada.