Las consecuencias de la sobreexposición a las pantallas están saliendo a luz cada vez más. Debemos empezar a centrarnos en la prevención para evitar tener que reaccionar intuitivamente ante los emergentes. Es nuestra responsabilidad como adultos involucrarnos.
Cuando hablo de los peligros de la sobreexposición a las pantallas con los adolescentes, lo primero que hago es pedirles PERDÓN. En nombre de todos los adultos, me disculpo por haberles entregado los dispositivos electrónicos sin ningún tipo de preparación ni control, ya que, si bien tienen muchos usos maravillosos, pueden ser sumamente peligrosos.
Les explico también que lo hicimos porque no sabíamos de esos peligros y que nunca nos imaginamos que podían hacerles daño. Pero ahora sí sabemos. Ahora hay evidencia científica y datos estadísticos que ya no podemos ignorar. Ahora sí es nuestra responsabilidad como adultos involucrarnos. Porque está en juego nada más y nada menos que el bienestar de gran parte de una generación.
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El primer paso para eso es informarnos realmente de lo que está sucediendo, porque nadie puede protegerse frente a algo que no conoce. Aunque el tema de las pantallas está cada vez más en agenda, todavía hay mucho desconocimiento por parte de adultos y de chicos respecto de los peligros que hay detrás de ellas. Por ejemplo, no hay mucha conciencia aún de que los riesgos no terminan al apagarlas, sino que continúan, porque su consumo excesivo funciona como una droga: genera adaptaciones en el cerebro que nos afectan la vida entera. Algunas veces puede incluso hacernos perder las ganas de vivir.
Es fundamental empezar a poner foco en la prevención. Los peligros detrás de las pantallas son muchos y muy diversos. Y nos están avasallando. Estamos empezando a conocer algunos de ellos y otros se nos presentan de golpe como una cachetada que nos hace reaccionar.
Recientemente, todos empezamos a hablar de retos virales, por ejemplo, a raíz de la ola de amenazas de tiroteos que aparecieron en numerosas escuelas del país. Y claro que es urgente y necesario prestarles atención y tomar medidas al respecto… pero no podemos quedarnos solamente en eso.
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Hoy son los retos virales, antes fue el grooming y el ciberbullying, también estuvo en agenda la ludopatía…. A cada una de estas problemáticas debemos prestarles total atención, pero también tenemos que entender que hay más, muchas más, y que probablemente haya algunas que ni siquiera conocemos todavía.
En otros países, por ejemplo, se está poniendo mucho foco en la gravedad de la sobreexposición a la pornografía, en los trastornos psíquicos que puede generar en menores (ya se habla de que 9 de cada 10 chicos consumen pornografía, que inician a partir de los 8 años –o apenas tienen a su alcance un dispositivo- y que el 90% de los padres no lo sabe); en las consecuencias que tiene en las relaciones sexuales reales (como la dificultad de disfrutar, la naturalización de la violencia, la cosificación de la mujer, el lugar de héroe que ocupa el hombre); en el poder altamente adictivo que tiene; entre otros. En Argentina todavía no se habla tanto de esto.
Repito: más allá de las emergencias que nos van forzando a poner foco en distintas problemáticas, la urgencia debe estar en prevenir. El Estado deberá hacer su parte para poner límites a las plataformas, abordar estos temas en profundidad en las escuelas, generar protocolos de reacción frente a los emergentes, entre otras acciones (me consta que hay muchas entidades gubernamentales comprometidas con la problemática y ocupándose de esto). Pero los demás también podemos y debemos hacer lo nuestro.
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Qué podemos hacer los adultos
Los padres, educadores y todos los adultos a quienes nos interesa el bienestar de los niños y adolescentes, tenemos que involucrarnos. El primer paso para poder enfrentar al enemigo es conocerlo. Conozcamos nosotros los peligros detrás de las pantallas y ocupémonos de que los chicos también los conozcan.
Una buena noticia es que ya hay estudios que indican que los niños y adolescentes que conocen estos peligros y hablan de ellos con sus padres, se autorregulan mucho mejor que los que no (el informe de Unicef “Kidsonline” lo confirma).
Me gustaría compartirles los primeros resultados de una encuesta anónima que hice con más de 150 chicos que leyeron el libro. Una de las preguntas hacía referencia a si el libro les había servido o no para aprender y para lograr mejoras en su manejo de los dispositivos electrónicos. El 97% de los encuestados respondió que sí les sirvió. De ellos, el 57% dijo que efectivamente pudo implementar cambios positivos en el uso de las pantallas (40% de forma autónoma y 17% con la ayuda de un adulto). El otro 40% dijo que el libro le resultó útil y que tiene la intención concreta de mejorar sus hábitos tecnológicos, pero que le estaba costando mucho. Manifestaron necesitar ayuda para lograrlo, pero no animarse a pedirla.
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Esto da cuenta de un primer efecto positivo que les genera a los adolescentes el estar informados, pero también revela que muchas veces los chicos no pueden generar cambios solos. Los adultos debemos acompañar muy de cerca y estar atentos para poder intervenir. Aunque nos empujen y nos alejen, lo cierto es que nos necesitan cerca.
Es necesario que atrasemos la edad de inicio lo más posible (en Argentina, la edad promedio en que le damos un celular a un chico es 9,6 años). Los especialistas recomiendan no antes de los 14 años (y sin redes sociales hasta los 16). Y que acordemos en familia momentos de uso y de no uso de los dispositivos (cuándo sí/ cuándo no) y lugares de uso y no uso (ej: nunca en las habitaciones, no en el baño, no en la mesa).
Es fundamental, en este sentido, que los adultos seamos ejemplo. Hay técnicas concretas para detectar si hay un uso problemático de pantallas y también para bajar el tiempo de exposición a ellas (en el libro comparto algunas).
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La importancia del diálogo y del acompañamiento cercano
Debemos explicarles a los chicos que hoy las nuevas drogas entran por los ojos. Que el problema no es solamente la cantidad enorme de tiempo que pasan frente a las pantallas, sino que cuando las dejan, no pueden disfrutar de lo verdadero. Porque estar recibiendo excesos de dopamina provoca cambios estructurales en su cerebro que hacen que vaya disminuyendo su capacidad de sentir. Por eso, la vida real se vuelve tan oscura: todo irrita, todo duele, todo cuesta, todo angustia.
A veces puede incluso sacar las ganas de vivir. Debemos hablar de sexualidad con nuestros hijos mucho antes de lo que nos imaginábamos (si no, van a aprender a través de la pornografía, que puede tener consecuencias muy dañinas). Debemos explicarles que la ludopatía, aunque por definición sea “adicción a los juegos de apuestas”, no tiene nada que ver con un juego (no es divertido). Que las plataformas van a tentarlos a apostar todo el tiempo, pero que hacerlo puede ser sumamente peligroso. Que el peligro menor es perder grandes cantidades de dinero, pero que puede llevar incluso a perder las ganas de vivir. Es importante que también hablemos de sus signos y síntomas.
Debemos poner en palabras que las redes sociales incitan a la comparación constante y sus consecuencias (ansiedad/depresión/trastornos de la alimentación/FOMO –miedo de quedarse afuera en Inglés-). Que no todo lo que ven es verdad (estudios indican que el 60% de los chicos creen que todo lo que ven es real), que hay intereses económicos detrás, que incluso las publicaciones verdaderas son solo una selección (nadie publica la totalidad de su vida); que no alimentarse bien puede tener consecuencias graves en la salud (no es solo una cuestión de “verse” mejor); entre otros.
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Debemos enseñarles que hay distintas maneras de mirar. No es lo mismo mirar algo que nosotros hacemos en la vida real (que nos permite aprender de la acción del otro), que mirar cosas que NO HAGO, que es como un simulacro de acción… estoy valorizando algo que otro hace y yo no y eso no me suma nada, sino todo lo contrario: me resta y genera vacío.
Debemos hablar de ciberbullying, de grooming, de retos (enseñarles a frenar y a distinguir los retos divertidos de los peligrosos), de comunidades, de IA (y de los riesgos de usarla como un consejero o psicólogo). Y debemos hacerlo desde la empatía, intentando no avasallar y no juzgar. Estando cerca, disponibles de verdad. Y recordando siempre que “nada de todo esto es su culpa”.
No quiero asustarlos con toda esta información, sino todo lo contrario. Me gustaría motivarlos a involucrarse con el tema para poder entre todos hacerle frente. Estoy convencida de que, “en equipo”, podemos lograr un cambio significativo.
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