Conocí a Jorge Mario Bergoglio en una fiesta patronal de la Parroquia Misericordia, en Mataderos. En su homilía hablaba mucho de ser familia: que el barrio es familia, y que estamos llamados a mirarnos como hermanos, con ternura, a los ojos, como lo hace nuestra madre la Virgen.
De a poco, en cada palabra, algo suyo me iba resonando y marcando el camino. Me enseñó a estar atenta a lo que le pasa al otro, a no pasar de largo, a involucrarme con la vida concreta de los hermanos.
En el Hogar de Cristo tuvimos la gracia de vivir el último Lavatorio de los Pies que hizo Bergoglio en CABA, en el Centro Barrial Don Bosco. Y ahí entendí por qué, para mí, Francisco es el Papa de los gestos sencillos, concretos y ocultos: gestos hechos desde el corazón, sin buscar ser visto.
Llegó mucho antes de lo previsto. Traía bajo el brazo una caja de huevitos de Pascua para los chicos del Hogar. Lo primero que dijo fue: “Esto es para los chicos. Avisame si no alcanzan, porque si no, cuando termine la celebración voy a comprar más”. (Se involucraba)
Terminada la celebración, antes de irse, volvió a decir: “Acordate de avisarme si faltan huevitos”. Pero no faltaron, porque había traído con generosidad.
Los chicos, agradecidos por haber elegido el Centro Barrial Don Bosco, le habían escrito muchas cartas. Y él hizo algo que me marcó profundamente: las respondió todas, una por una, con un pequeño mensaje personal. (Para mí sos importante)
Cada vez que lo volvía a encontrar —cuando nos cruzábamos en las calles del barrio o coincidíamos en algún lugar— su cercanía era la misma. Nunca dejaba de saludar, de mirar a los ojos, de preguntar cómo estabas. Siempre presente, siempre pastor. (Se detenía)
Por eso, cuando vimos el humo blanco, fue una verdadera fiesta. Allí estaba alguien que conocíamos, alguien que para el Hogar de Cristo nunca pasó desapercibido. Era él, el que recorría los barrios, el que nos enseñaba a recibir la vida como viene, a poner el cuerpo, a hacer lugar.
En cada Hogar, en cada Granja, no dejamos de nombrarlo. No solo por ser el Papa, sino porque lo sentimos como nuestro Papa. Porque algunos compartieron con él el Lavatorio de los Pies, a otros les regaló una estampita o una medallita… y casi todos tenemos algo sencillo, pero profundamente valioso, que guardamos con orgullo en el corazón.
Soñamos mucho con que pudiera venir a la Argentina. Nos preparamos muy sinceramente para su llegada, con la ilusión de poder contarle en primera persona todo lo que había crecido esta gran familia: cuántos pibes y pibas se fueron sumando, cuánta vida nueva iba brotando, y cómo intentábamos vivir con alegría el Evangelio, siendo una Iglesia en salida.
Pero ese 21 de abril llegó con una noticia que nos partió el corazón. Lloramos, nos abrazamos, rezamos… y de a poco nos volvimos a poner de pie. Con la certeza de que ahora nos toca a nosotros seguir su legado.
Y así, paso a paso, vamos entendiendo que su presencia en nuestras vidas —primero como Jorge, después como Francisco— nos compromete a seguir siendo una Iglesia pobre para los pobres, una Iglesia que hace lugar, que abraza, que no deja a nadie afuera.
Porque Francisco no fue solo alguien que pasó por nuestra historia. Es una huella viva que sigue marcando el camino.
Y en cada gesto sencillo, en cada abrazo, en cada pibe o piba que vuelve a empezar… ahí también sigue él, animándome a no aflojar y a seguir gastando mi vida en los barrios, en el Hogar de Cristo.
Gracias, Francisco, por cada gesto sencillo, cercano y amoroso. Porque te paraste delante de los más humildes, te involucraste con sus vidas y les dijiste a cada uno —sin palabras pero con hechos— “para mí sos importante”.