El 6 de marzo de este año, hace menos de veinte días, el ministro de Economía, Luis Caputo, fue preciso. “Pudimos sacar más de once millones de argentinos de la pobreza. Todavía la pobreza está rondando el 30 por ciento, un número aberrante. Pero insisto: miremos de dónde venimos, del 57 por ciento. Estamos significativamente mejor”.
Tres días después, el 9 de marzo, la situación había mejorado abruptamente. O al menos eso dijo el presidente Javier Milei. “Hemos bajado la pobreza en más de 27 puntos, sacando de la pobreza, en la versión de frecuencia mensual, a más de 10…a más de doce millones de personas”.
Una semana después de eso, se produjo otra mejora, más significativa aún. Eso dijo el presidente en la Bolsa de Comercio de Córdoba. “Hay cerca de 15 millones de argentinos que salieron de la pobreza. ¿Estoy diciendo que estamos bien? No. Pero estoy diciendo que sacamos a 15 millones de personas de la pobreza”.
Evidentemente, hay dos posibilidades. Una es que en solo diez días, entre el primero y el tercer discurso, cuatro millones de personas hayan salido de la pobreza. Se trataría de un récord histórico, y de una curiosidad, sobre todo porque no pasó nada en estos pocos días que justificara semejante transformación social. La otra chance es que todo esto sea un ejemplo de que el Gobierno bartolea –no existe mejor término— con las cifras de la pobreza. La evidencia que se acumula a favor de la segunda hipótesis es, como se verá, apabullante y no se refiere solo a la medición de la pobreza.
La cantidad de personas que dejaron de ser pobres constituye una referencia obsesiva en el discurso presidencial desde mucho antes del supuesto subidón de este mes. La saga es muy demostrativa. El 20 de diciembre del 2024 Milei dijo: “Sacamos de la pobreza a 8 millones de personas”. Pocos días después, el 8 de enero del 2025: “subió el número a 9 millones de personas. El 8 de junio de ese año sumó un millón más: “Los desalmados liberales bajamos 22 puntos la pobreza: sacamos a 10 millones de personas de la pobreza”. El 9 de agosto, otro millón. “La pobreza cayó al 31 por ciento. ¡Y no lo muestran! Sacamos a 11 millones de personas de la pobreza”. El 19 de septiembre: “Este gobierno sacó de la pobreza a 12 millones”. El 3 de diciembre: “Bastante laburo nos costó que 13 millones de argentinos salieran de la pobreza”. El 31, en el discurso por año nuevo: “Hoy hay 14 millones de argentinos menos en la pobreza”. El 22 de febrero, finalmente: “Sacamos 15 millones de la pobreza”.
Algo parecido ocurre con los datos de desempleo y de crecimiento. El 1 de marzo, durante la tumultuosa apertura de las sesiones ordinarias, el presidente se enredó en varias peleas a gritos con las bancadas opositoras. “¡¡La alergia que le tienen a los datos!! Estudiá burro. ¡El desempleo bajó!. Primero los datos. Pero ustedes no saben sumar. ¿Qué se puede esperar de ustedes? Dedicate a la poesía. ¡Los datos dicen que el desempleo bajó!”, se enfureció el Presidente, contra alguien a quien las cámaras no toman.
No fue solo Milei. El viernes de la semana pasada, Federico Sturzenegger publicó un largo tuit en el que sostenía. “SOBRE LOS 400.000 PUESTOS DE TRABAJO CREADOS EN LOS DOS PRIMEROS AÑOS DE LA PRESIDENCIA DE JAVIER MILEI. En su incansable intento de buscar sombras en el plan económico de Javier Milei y Luis Caputo, el argumento usado por estos días es el tema del empleo: que crece sí, pero sin empleo con empleo de baja calidad. Algunos directamente dicen que los empleos están cayendo. Los datos muestran otra cosa”.
La verdad es que el poeta opositor al que aludió Milei y los incansables que buscan sombras tenían razón. El miércoles pasado, el Indec distribuyó su informe trimestral de empleo. Los datos son categóricos. Milei recibió una economía con 5,7 por ciento de desocupados y la llevó a otra con 7,5 por ciento. Los jóvenes desocupados eran 11 por ciento hace dos años y ahora son el 16 por ciento. Si se agregan los datos del SIPA, que distribuye el mismo gobierno, se sabe que se perdieron cerca de 300 mil trabajos en relación de dependencia, o sea, en blanco, formales. Eso fue compensado en parte por la conversión de trabajadores formales en informales: en la informalidad se gana mucho menos, pero además se pierden las vacaciones, la obra social, las indemnizaciones.
Los datos oficiales informan que la creación de puestos de trabajo en los dos años es 0. La magnitud del problema se entiende con una simple comparación: con todos los problemas que tuvo, pandemia incluida, el gobierno anterior creó 1.250.000. Si a los desocupados se le suman los ocupados que quieren cambiar de empleo, o los subocupados que necesitan más trabajo, hay un treinta por ciento de la población activa con problemas serios de empleo. Entre los jóvenes, mucho más. Nada que celebrar. En cualquier caso, los datos de Milei y Sturzenegger estaban mal: el desempleo sube.
Las confusiones numéricas no se detienen allí. El viernes pasado, el Presidente y su ministro celebraban el dato de que la economía había crecido 4.4 por ciento en 2025. Ese número, por una vez, se apoya en un informe del indec que dice exactamente eso. Un año atrás, el mismo Indec, con la misma metodología, calculó que la economía había caído 1.7 por ciento. Eso deja un número de punta a punta de alrededor del 3 por ciento de crecimiento, lo que parece meritorio dado el ajuste que realizó el Gobierno. Sin embargo, Milei, Caputo y Sturzenegger, desde el primero de marzo, han dicho muchas veces que la economía creció 10 por ciento –tres veces más—en los últimos dos años.
O sea, la pobreza bajó en 8 millones, o en 15, o en algún número intermedio, vaya a saber. El desempleo bajó aunque el Indec diga que subió, y fuerte. La Argentina de Milei creció un 10 por ciento, cuando el mismo organismo calcula ese crecimiento en el 3. El último aporte a esta confusión se produjo esta semana cuando todo el Gobierno empezó a decir que la inflación era del 0 por ciento, cuando el Indec informó que es del 2,9. La pirueta se sostiene en la creencia de que la inflación mayorista, que fue del 0.9, anticipa la inflación general. Tal vez sea así. Pero en mayo del año pasado la inflación mayorista fue negativa (-0,2%) y, desde allí, la general no paró de subir. Así que tal vez sea así: y tal vez no lo sea.
Es un clásico que ocurre en todos los gobiernos. Los presidentes y sus ministros suelen dar agotadores a inútiles batallas para convencer a la sociedad de que todo anda bárbaro y que todo irá mejor aún. El mejor ejemplo de ello fue la intervención del indec del 2007, que derivó en afirmaciones inolvidables como la que sostenía que en la Argentina había menos pobres que en Alemania. Es increíble la cantidad de energía que se invierte en esa tontería. La gente sabe cómo vive. Si vive mejor, seguramente vote al gobierno más allá de que se manipulen las cifras o no. Pero, en este caso, además de la ingenuidad, sorprende el amateurismo de la maniobra, que queda tan expuesta apenas se revisa cualquier dato concreto. Encima, todo va acompañado por bravuconerías y fanfarronadas. Da ganas de pedir que alguien ponga orden. Pero se ve que no hay tiempo o no es el estilo de la casa.
De todos modos, este contraste entre el relato oficial y la realidad, permite analizar a grandes rasgos lo que está pasando en la economía y la sociedad argentina, con el cuidado del caso porque se trata de temas complejísimos.
Cuando se refieren a la evolución de la pobreza, Milei y Caputo sostienen que recibieron un 57 por ciento de pobres. Eso no fue así. La medición correspondiente al segundo semestre del 2023 informó que había 41 por ciento. O sea, muchos menos. Encima, el último mes ya había recibido el impacto de la fuerte devaluación decidida por Milei. Así que tal vez haya sido algo menor. Pero toman como dato de inicio el 57 por ciento porque sostienen que los efectos de la devaluación deben computarse a la cuenta del gobierno anterior. Ellos devaluaron pero los pobres que se generaron por esa medida pertenecen a la gestión anterior: una gran novedad en la historia de la estadística mundial. Dicho sea de paso, la primera medición del período de Milei arroja la cifra de 52,9 por ciento, no del 57.
Ahora, si recibieron algo menos de 41 por ciento, y la última medición es del 31, la caída sería de diez puntos, algo muy meritorio. El problema es que la canasta del indec no se actualizó como recomendaba el mismo Indec y eso genera todo tipo de debates. Si la inflación no se mide como se debe, eso impacta en las otras mediciones. La Universidad Di Tella, por ejemplo, sostiene que con una medición apropiada el número de pobres subiría seis puntos, o sea que la mejora sería mucho más moderada. Hay otras discusiones que la reducirían un poco más aún.
En cualquier caso, al menos por ahora, el Gobierno podría decir que bajó algo la cantidad de pobres lo que invierte la tendencia recibida. Y merecería reconocimiento por eso. Pero la exageración llevada hasta el nivel del disparate impide ver ese detalle. Para Milei sería toda una ofensa reconocerle que, hasta ahora, bajó cuatro o cinco puntos la pobreza, cuando él dice que fueron 27. Mejor, entonces, no decírselo.
Lo mismo ocurre con el crecimiento. Frente al discurso más tremendista que pronosticaba una catástrofe con la llegada de Milei al poder, ese crecimiento real del 3 por ciento es una buena noticia. En esas cifras se percibe, por ejemplo, el vertiginoso desarrollo del sector energético, que parece destinado a convertir a la Argentina en un país petrolero, con características muy distintas a lo que ocurrió en toda su historia. Eso generaría un ingreso de dólares muy importante. Se trata de un proceso que se inició con el descubrimiento de Vaca Muerta y los primeros planes de desarrollo puestos en marcha por Cristina Kirchner y Axel Kicillof. Este gobierno lo aceleró con múltiples incentivos. Su continuidad hasta ahora ha sido una política de estado virtuosa que va a aliviar las cuentas y, bien manejada, podría cambiar para bien el futuro argentino.
Ese proceso virtuoso va acompañado de un dato preocupante. Es muy inusual que la economía crezca y el empleo caiga. O sea, pareciera que se está produciendo un proceso de acumulación de riqueza que, al mismo tiempo, puede generar desintegración social, mucho más si desde el Estado no se establece una estrategia para mitigar los dolores de la transición. En la combinación de esos datos –crecimiento económico, crecimiento del desempleo—parecen anidar preguntas que necesitan ser abordadas con seriedad y menos griterío.
No se trata solo del país sino, en lo inmediato, también del Gobierno. Los estudios de opinión en estos días coinciden en que se produjo una caída relevante de la imagen presidencial y de las expectativas hacia el futuro. Eso va acompañado de una preocupación novedosa que deja a todas las demás atrás: lo que más angustia a los argentinos son los bajos salarios. La contracara de eso se puede ver en los balances deficitarios de las grandes empresas alimenticias o en la subida vertical de la morosidad. Todo eso, en medio de un festival de escándalos de corrupción.
Don Quijote de la Mancha era un hermoso personaje que se inventaba una realidad porque su vida gris le resultaba insoportable. Sus grandes batallas contra molinos de viento son recordadas a lo largo de generaciones. La historia política mundial está repleta de personajes que reproducen aquellos rasgos encantadores de ese personaje tan singular. Negación de la realidad, peleas tremebundas contra enemigos imaginarios. Tal vez no sean los rasgos más apropiados para gobernar un país. Pero tampoco se trata del peor de los defectos. Como se puede ver en estos días, hay peores.