
Bergoglio bombero no es. Los incendios los tenemos que apagar nosotros. Es una persona dúctil, con destreza manual; hasta sabe cocinar. Todos los domingos preparaba el almuerzo en la catedral para los choferes de turismo, que eran servidores de los pobres que vivían en la puerta de la curia.
Era su acción de gracias para quienes ayudaban a esas familias indigentes del barrio. Todo esto lo hace en un santiamén. Es servicio, es un talento brillante capaz de desarrollar y enseñar las teorías más complejas, de esquivar los ataques más arteros contra la Iglesia.
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Es una voluntad incansable para servir a los pobres, en quienes ve el rostro de Nuestro Señor Jesucristo. No es un hombre dedicado a la política práctica, y mucho menos a sofocar las llamas que provocan otros hasta comprometer a la Iglesia en un ámbito que no es el suyo. Eso no, jamás. Después de haber sido ungido como la cabeza universal de la Iglesia, nunca dijo con precisión que vendría a Argentina. Nunca.
Sí, extraña, siente, tiene esa nostalgia inexorable, como el paso del tiempo, por su Buenos Aires querido. Oye tangos, lo envuelve la voz de Ada Falcón y viaja con esa música para sus oídos. “Yo no sé qué me han hecho tus ojos”, ese es el tema. También sabe bailar. De joven iba a la milonga, donde el ritmo del dos por cuatro no tenía secretos para él. Cuando le preguntan si viene, responde: “La idea está, claro que la idea está. ¿Cómo no va a querer?”.
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El amor alienta la idea; su propio lema lo explica: “La realidad es superior a la idea”. Su patria es un sentimiento. Nunca lo oí decir en estos once años de pontificado que venía a Argentina. Esto no significa que Buenos Aires haya estado ausente entre nosotros.
Tenemos un papa argentino, que injustamente se lo compara con Juan Domingo Perón. Él es más que el expresidente. Estamos hablando del hombre más importante de la historia. Pobre pueblo, ¡Dios!, que lo ilusionan con el regreso. No se puede decir que iba a venir en noviembre. Uno no, varios referentes de la jerarquía eclesiástica lo hicieron.
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La intención fue buena, pero irresponsable. No lo conocen a Bergoglio. Aún más, no tienen la noción más remota de lo que significa mover a un papa: la logística, la inteligencia, su seguridad, esas personas que lo cuidan hasta cuando duerme. Seis meses antes, van al destino elegido. Tras hacer un ambiental serio, informan si es conveniente o no que Su Santidad viaje. Hay todo un engranaje que se mueve, trabaja, investiga con un profesionalismo que los ubica entre los mejores del mundo. No se puede ser tan ingenuo, ni ignorante de eso que es la envergadura de un papa. Hay que decir la verdad. Así empieza lo bueno.
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